En un momento en que los riesgos de la participación internacional son más evidentes que nunca, China se enfrenta a importantes interrogantes sobre si debe – y en qué medida – seguir abriendo su economía al resto del mundo. Lo que está en juego podría ser un valor económico de entre 22 y 37 billones de dólares, o entre el 15 y el 26 % del PIB mundial, para 2040.
Durante casi 40 años de reformas económicas, China ha cosechado extraordinarios beneficios por abrirse al mundo. La integración en la economía global, si bien es un elemento de apoyo del giro histórico más amplio del país hacia el mecanismo de mercado, ha permitido que millones de ciudadanos chinos salgan de la pobreza, al tiempo que convirtió a China en la economía más grande del mundo en términos de paridad del poder adquisitivo. Y el potencial de esta participación está lejos de agotarse, como muestra nuestra nueva investigación.
Por ejemplo, mientras que China concentra el 11 % del comercio mundial de mercancías, solo representa el 6 % del comercio mundial de servicios. Además, aunque los mercados bancario, bursátil y de bonos de China se encuentran entre los tres primeros del mundo por tamaño, las entidades extranjeras representan menos del 6 % de su valor. Y aunque China tiene 110 empresas en la lista Global Fortune 500, menos de una quinta parte de sus ingresos se obtiene en el extranjero, frente al 44 % de las empresas del S&P 500.
Incluso antes de las actuales tensiones comerciales, la relación entre China y el resto del mundo ya estaba cambiando. La exposición relativa de China al resto del mundo, en términos de comercio, tecnología y capital, alcanzó su punto máximo en 2007 y ha ido disminuyendo desde entonces, lo que ha provocado un descenso general entre 2000 y 2017. Esto refleja en parte el creciente énfasis de la economía en el consumo interno, una tendencia que se aceleró después de que la crisis financiera mundial redujera drásticamente la demanda extranjera de las exportaciones chinas.
Sin embargo, durante el mismo período, la exposición del resto del mundo a China aumentó, lo que pone de relieve la creciente importancia del país como mercado, proveedor y fuente de capital. Esta divergencia podría reflejar la dinámica desequilibrada que alimenta las tensiones comerciales con Estados Unidos. La enorme escala del impacto de China también puede ser un factor. Los estrechos vínculos económicos con el mundo han impulsado el crecimiento de China, ya que el país aprendió las mejores prácticas de los actores globales y ofreció productos competitivos en costos. Pero también ha habido pérdidas, sobre todo en forma de empleos manufactureros tanto en China como en las economías avanzadas.
En cualquier caso, China y el mundo se enfrentan a importantes interrogantes sobre la trayectoria de su participación mutua. Según nuestra simulación, lo que está en juego podría ser un valor económico de entre 22 y 37 billones de dólares, o entre el 15 y el 26 % del PIB mundial, para 2040. Cabe señalar que estas estimaciones son el resultado de una simulación basada en un conjunto específico de condiciones y supuestos, y no deben considerarse previsiones. Por ejemplo, para los escenarios, hemos realizado supuestos sobre la forma en que diversos factores podrían afectar a la productividad total de los factores de la economía. Nuestro análisis es sensible al grado de liberalización que se produciría en el sector de servicios chino, a los aumentos de la productividad del capital como resultado de una mayor globalización financiera y a las mejoras de productividad derivadas de la transferencia de tecnología. La simulación se centra en el impacto a largo plazo. No pretendemos predecir el resultado de los debates actuales sobre comercio y aranceles.
Más que predicciones, son posibilidades; nuestra simulación ofrece una visión de las implicaciones de las decisiones de China y del mundo en cinco áreas clave.
1. Crecimiento como destino de importaciones: China podría retirarse del comercio internacional, y el mundo podría no lograr reformar el sistema comercial multilateral, lo que provocaría una disminución de los flujos comerciales mundiales totales. Por el contrario, China podría avanzar y consolidarse como un importante destino para las exportaciones de las economías emergentes y avanzadas. Según nuestra simulación, el valor total en juego entre ahora y 2040 es de entre 3 y 6 billones de dólares.
2. Liberalización de los servicios: China podría mantener las restricciones actuales en su sector de servicios, que crean una brecha de productividad frente a las economías desarrolladas, o podría eliminar estas restricciones, atrayendo a más actores extranjeros y, así, impulsando el crecimiento del sector y su competitividad global. En este caso, podrían estar en juego entre 3 y 5 billones de dólares.
3. Globalización de los mercados financieros: China y el mundo pueden integrar sus mercados financieros, ampliando así la oferta para los inversores y mejorando la asignación de capital, o pueden mantener el statu quo, con el riesgo de una mayor volatilidad y un bajo crecimiento de la productividad. Estimamos que podrían estar en juego entre 5 y 8 billones de dólares en valor.
4. Colaboración en bienes públicos mundiales: Los desafíos globales, como el cambio climático, y la provisión de bienes públicos adecuados, como la infraestructura, dependen de la colaboración entre China y el mundo. Una mayor o menor colaboración podría poner en juego alrededor de entre 3 y 6 billones de dólares en valor, e incluso mucho más, ya que es probable que el impacto del cambio climático sea mucho mayor después de 2040.
5. Flujos de tecnología e innovación: El aumento de los flujos de tecnología (y conocimiento) entre China y el resto del mundo respaldaría el desarrollo de soluciones globalmente competitivas que mejoran la productividad; una reducción de estos flujos minaría la productividad mundial. El mundo también puede decidir cómo facilitar más o menos flujos de tecnologías cada vez más sujetas a revisiones de seguridad. Según nuestra simulación, podrían estar en juego entre 8 y 12 billones de dólares, en función de la medida en que los flujos tecnológicos desaten la innovación y el crecimiento de la productividad.
Es importante señalar que estas decisiones no son solo de China; el mundo también tiene decisiones que tomar. Por ejemplo, trabajando juntos para reformar el sistema comercial mundial de forma que se fortalezcan la resolución de controversias y la inclusividad, los países podrían garantizar que los beneficios del aumento del comercio con China (y con otros países) se compartan ampliamente.
Además, si China avanza en la globalización de su sector financiero, el resto del mundo debe estar abierto a la inversión china. Y, por supuesto, todos los países deben desempeñar un papel en la provisión de bienes públicos mundiales; en el caso del cambio climático, en particular, deben comprometerse a alcanzar hitos específicos acordes con sus capacidades y sus contribuciones al problema. Por último, los países deben asegurarse de que sus políticas comerciales y de inversión favorezcan la transferencia continua de tecnología y conocimientos técnicos.
Todavía queda mucho por ganar gracias a la integración continua de China en el sistema global. La cuestión es si los líderes mundiales harán lo necesario para lograr ese resultado. Todas las partes deberían tomarse ahora un respiro e intentar averiguar dónde y cómo avanzar en una mayor integración, y cómo abordar los aspectos más complejos o controvertidos de ese desafío.




