La verdad impactante sobre la desigualdad hoy

A farmer harvests rice on a field in Lalitpur, Nepal October 26, 2016. REUTERS/Navesh Chitrakar TPX IMAGES OF THE DAY - D1BEUJDWLRAA
Bitter harvest: The poorest half of humanity got poorer last yearImage: REUTERS/Navesh Chitrakar
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Cada mes de enero me asomo a un mundo diferente. Un mundo de multimillonarios y de élites empresariales y políticas que se reúnen en la localidad turística suiza de Davos, en las montañas, para la Reunión Anual del Foro Económico Mundial.

Mis amigos curiosos me preguntan a menudo si alguna vez he conocido a un multimillonario y cómo son. Les digo que nacieron con suerte. Con suerte por nacer hombres: 9 de cada 10 multimillonarios son hombres; con suerte por nacer en una familia adinerada, ya que una tercera parte de la fortuna de los multimillonarios procede de herencias; con suerte por poder recibir una educación digna en un mundo en el que 262 millones de niños no van a la escuela.

Para Oxfam, Davos es una oportunidad para hacer balance de la crisis de la desigualdad extrema.

Nuestros informes sobre desigualdad han documentado el auge continuado de un grupo afortunado en los últimos años. Nuestro informe más reciente, «Riqueza privada o bienes públicos», muestra que la riqueza de los multimillonarios del mundo aumentó un doce por ciento, o 2500 millones de dólares al día, el año pasado. Entre 2017 y 2018 se creó un nuevo multimillonario cada dos días.

Mientras tanto, la mitad más pobre de la humanidad, 3800 millones de personas, vio cómo su riqueza se reducía un once por ciento. Casi la mitad de la población mundial subsiste con menos de 5,50 dólares al día, a una cuota escolar o una factura médica de caer en la pobreza extrema.

Aunque el trabajo de las mujeres es la base de nuestras economías, ellas no ven los beneficios. A escala mundial, los hombres ganan un 23 por ciento más que las mujeres y poseen un 50 por ciento más de riqueza.

Esta brecha extrema y creciente entre ricos y pobres no es fruto del azar. Es el resultado de decisiones políticas adoptadas por los gobiernos. Sobre todo, de las decisiones sobre cómo los gobiernos recaudan y gastan nuestros impuestos.

Pensemos en cómo se han reducido o eliminado los impuestos sobre la riqueza en muchos países ricos, mientras que apenas se aplican en los países pobres. En 2015, solo cuatro centavos de cada dólar de ingresos fiscales recaudados a escala mundial procedieron de impuestos sobre la riqueza, como los impuestos sobre herencias o sobre la propiedad.

Pensemos en cómo se han reducido drásticamente los tipos impositivos de las personas adineradas y de las empresas. Los multimillonarios pagan tipos impositivos más bajos que sus secretarias. En algunos países, como Brasil, el 10 por ciento más pobre de la sociedad paga una proporción de sus ingresos en impuestos superior a la que paga el 10 por ciento más rico.

Los gobiernos agravan el problema cuando no logran poner freno a la evasión fiscal, lo que permite que las grandes empresas y las personas adineradas se embolsen miles de millones en impuestos no pagados. Los países pobres pierden alrededor de 170 000 millones de dólares al año como consecuencia de la evasión fiscal de personas adineradas y empresas.

Al mismo tiempo, los gobiernos permiten que servicios públicos esenciales para reducir la pobreza, como la sanidad y la educación, se deterioren por falta de fondos, o externalizan estos servicios a empresas privadas que excluyen a los más pobres. Estos servicios son los cimientos sobre los que las personas pueden salir de la pobreza, y se les están arrebatando a la gente corriente.

Las consecuencias de estas decisiones políticas quedan grabadas en la vida de millones de personas en todo el planeta, incluidas las 10 000 personas que mueren cada día por falta de atención sanitaria.

Siempre son las mujeres y las niñas las más golpeadas. Pienso en las niñas que conozco en mi aldea de Uganda, que abandonan la escuela cuando no hay dinero para pagar las cuotas, o en las mujeres que dedican incontables horas a cubrir las carencias, cuidando de los niños, los enfermos y los ancianos cuando fallan los servicios públicos.

La humanidad no puede vivir con esto. Y no tiene por qué hacerlo. Las políticas gubernamentales crearon esta crisis; pueden resolverla garantizando que las empresas y las personas adineradas paguen su parte justa de impuestos e invirtiendo este dinero en una atención sanitaria y una educación gratuitas y de calidad para todos.

Sabemos que esto es posible. Cuando el gobierno de Ghana eliminó las tasas de la educación secundaria superior en septiembre de 2017, 90 000 estudiantes más cruzaron las puertas de las escuelas.

Y sabemos que un pequeño cambio puede tener un gran impacto. Oxfam calcula que un ligero aumento del 0,5 por ciento en el impuesto sobre la riqueza del uno por ciento más rico podría recaudar más de lo que costaría educar a todos los niños que actualmente no están escolarizados y proporcionar una atención sanitaria que salvaría la vida de 3,3 millones de personas.

Estas ideas no son extremas: son de sentido común. Incluso el Fondo Monetario Internacional defiende los impuestos sobre la riqueza y afirma que unos tipos impositivos más altos sobre la renta ayudarían a reducir la desigualdad sin perjudicar el crecimiento. Se están sumando a las personas de todo el mundo que saben que ir a la escuela o acudir al médico cuando se está enfermo no debería ser un privilegio de una minoría afortunada.

Son derechos básicos de todas las personas y el fundamento de sociedades estables y economías sólidas. Ese es el mensaje que transmitiré en Davos esta semana.

Winnie Byanyima, directora ejecutiva de Oxfam Internacional, asistirá al Foro Económico Mundial en Davos (Suiza) en enero de 2019.

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