El mundo actual está más conectado que nunca gracias a la tecnología. Las nuevas oportunidades económicas en todos los continentes han acercado a personas de culturas diferentes. En este escenario, la apertura y la aceptación se han convertido en cualidades indispensables. Saber adaptarse en un equipo intercultural es hoy fundamental para las empresas. Del mismo modo, saber convivir en armonía en un vecindario intercultural es fundamental para una sociedad sana. Por ello, es importante encontrar puntos de conexión entre las personas, y lo que une a las culturas de todo el planeta son los valores humanos.
El término «derechos humanos» da la impresión de que nuestros derechos deben protegerse mediante una ley. El movimiento por los derechos humanos cobró impulso después de que salieran a la luz las atrocidades del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, si los derechos humanos necesitan preservarse mediante una ley, eso no es señal de una sociedad muy desarrollada. Por supuesto, las leyes son necesarias, pero son una medida correctiva, un factor disuasorio. Si observamos cualquier caso, veremos que lo que conduce a las violaciones de los derechos humanos en cualquier lugar del mundo es una mentalidad estrecha y prejuiciosa. Para garantizar que los derechos humanos se preserven y respeten en todas partes, debemos ofrecer formas de sustituir esta mentalidad estrecha por una perspectiva amplia de la vida.
Las leyes pueden reprimir, hasta cierto punto, lo malo que hay en las personas, pero la bondad de las personas no puede imponerse por ley. Debemos cultivarla, alentarla y hacerla manifiesta con el entorno y la orientación adecuados. Diría que el acceso a la paz y la felicidad interiores es el derecho humano más básico. Está presente en forma de semilla en todas las personas y necesita nutrirse antes de convertirse en una realidad cotidiana de la vida. Veo que hoy los gobiernos de todo el mundo dedican todo su tiempo y recursos a crear factores de disuasión —más leyes y más armamento— en lugar de cultivar la bondad.
Las tendencias negativas de una persona, que pueden llevar a actos de crueldad contra sus semejantes, solo están en la superficie. Nuestra experiencia trabajando con reclusos de todo el mundo nos ha demostrado que dentro de todo culpable hay una víctima que pide ayuda. La práctica de técnicas para aliviar el estrés y una enseñanza hecha con cuidado y paciencia producen una transformación en ellas, y estas personas renuncian voluntariamente a la violencia para siempre. Son numerosos los casos de personas que se han convertido en ciudadanos constructivos de la sociedad convencional; las mismas personas que en su día vulneraron los derechos humanos hoy defienden los valores humanos.
No hace falta esperar a que alguien cometa un delito para empezar a educarlo. Otra cosa que defiendo con firmeza es una educación multicultural en las escuelas. Hay que enseñar a nuestros hijos que toda la Tierra, con todas sus culturas y religiones, les pertenece, y no solo una parte de ella. Del mismo modo que las distintas partes del mundo ofrecen gastronomías, tipos de música y estilos de vestimenta diferentes, también tienen sabiduría que ofrecer. Esta perspectiva no surgirá de repente en los últimos años de universidad, sino que debe cultivarse desde el principio.
Si nuestro legado a las generaciones futuras es un conjunto de leyes por las que regirse en el mundo, seguirán luchando por los derechos. Pero si pudiéramos mostrarles los valores correctos por los que vivir, dejaremos una herencia que sabrán apreciar.
Autor: Sri Sri Ravi Shankar es un líder humanitario y maestro espiritual. Es cofundador del Foro Mundial de Ética en los Negocios y fundador de The Art of Living Foundation, una organización sin ánimo de lucro y basada en el voluntariado que se dedica a iniciativas de gestión del estrés y de servicio.
Imagen: Un miembro de una organización benéfica sirve una comida de mediodía REUTERS/Morteza Nikoubazl



