El sueño americano está roto. Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, afirmó recientemente que «en nuestro país, las condiciones de tu nacimiento no determinan el curso de tu vida».
Sin embargo, es falso que todos los estadounidenses tengan las mismas oportunidades para progresar en la vida. La movilidad social ha disminuido en las últimas décadas, los salarios medianos se han estancado y se espera que la generación joven actual sea la primera en la historia moderna en ser más pobre que sus padres. La lotería de la vida —el código postal del lugar donde naciste— puede explicar hasta dos tercios de la riqueza que genera una persona.

La creciente brecha entre ricos y pobres, entre mayores y jóvenes, ha sido en gran medida ignorada por responsables políticos e inversores hasta el reciente auge del voto contra el establishment, incluido el voto a favor del brexit en el Reino Unido y de Donald Trump en Estados Unidos. Esto es un error.
La desigualdad es mucho más que un efecto secundario del capitalismo de libre mercado. Es un síntoma de negligencia política: durante décadas, el crédito y los atajos de estímulo monetario sustituyeron con demasiada facilidad a las reformas estructurales, la inversión y la estrategia económica. El capitalismo ha tenido un éxito extraordinario a la hora de generar riqueza, pero ha fracasado en redistribuirla. Hoy, sin un impulso para redistribuir la riqueza y las oportunidades, nuestro modelo de capitalismo y democracia podría autodestruirse.
El aumento de la desigualdad tiene profundas raíces históricas. Las políticas intervencionistas de Keynes funcionaron bien durante la recuperación de posguerra, ya que el estímulo fiscal para la reconstrucción impulsó la demanda de productos estadounidenses en Europa y Japón. Pero pronto se desvaneció el estímulo. Estados Unidos se encontró con un crecimiento a la baja y una inflación al alza mientras estaba empantanado en la Guerra Fría y en los conflictos de Vietnam. La generación del baby boom exigía un nivel de vida más alto. La respuesta fue el shock de Nixon de 1971: un conjunto de políticas que abandonó el patrón oro e inauguró la era del dinero fiduciario y el crédito fácil.
El crédito fue la respuesta al descenso del crecimiento y al aumento de la desigualdad: si no podías costearte la universidad, una casa nueva o un coche nuevo, el Tío Sam te prestaba la llave del sueño americano en forma del préstamo adicional que necesitabas. En las décadas siguientes, se popularizaron las subvenciones estatales al crédito privado, que se extendieron al Reino Unido y Europa.

Fue el comienzo de las democracias basadas en la deuda. En las décadas siguientes y hasta la crisis financiera de 2008, la deuda privada creció hasta cuadruplicar el PIB en Estados Unidos y Europa, acompañada por la desregulación de los mercados financieros y los bancos. Lo demás es historia: nueve largos años después de la crisis, nuestras economías todavía se recuperan del exceso de deuda y los reguladores siguen trabajando para fortalecer nuestro sistema financiero. Sin embargo, la desigualdad se ha profundizado aún más. ¿Ha fracasado el capitalismo?
El deus ex machina del capitalismo fue la competencia: una interpretación distorsionada de la mano invisible de Adam Smith. La competencia entre individuos y empresas creó mercados eficientes, aumentando la producción y el PIB. La intervención del Gobierno se volvió innecesaria: toda la riqueza generada en el proceso económico acabaría filtrándose automáticamente desde quienes más tienen hasta quienes menos tienen. La codicia, la búsqueda sin restricciones de la riqueza individual, pasó de ser un vicio a ser una virtud.
Hoy sabemos que las políticas neoliberales impulsadas por Reagan y Thatcher han logrado generar crecimiento: Estados Unidos y el Reino Unido han superado a otros países. Pero también sabemos que esas mismas políticas neoliberales han fracasado a la hora de redistribuir los recursos y las oportunidades. Si el éxito económico individual se considera el mayor logro posible, la pobreza queda justificada por la falta de esfuerzo o capacidad de cada persona. Sin embargo, con el aumento de la desigualdad social y empresarial, la productividad se ha estancado, reduciendo las tasas de crecimiento potencial de toda la economía. El resultado ha sido un círculo que se retroalimenta: menor productividad, tipos de interés más bajos, niveles de deuda más altos y una desigualdad aún mayor.
Si el efecto de filtración de la riqueza y el neoliberalismo han fracasado, la buena noticia es que hay algunas soluciones políticas. Una de ellas es la tributación, combinada con inversiones en infraestructura productiva y educación. La mala noticia es que las políticas avanzan justo en la dirección opuesta, especialmente en Estados Unidos y el Reino Unido.
Las rebajas fiscales del Gobierno de Trump pueden impulsar los mercados, pero probablemente aumentarán aún más la deuda pública y exigirán nuevos recortes en educación y sanidad.
Los defensores de las políticas neoliberales, como el señor Ryan, sostienen que la igualdad de oportunidades es justa, mientras que la igualdad de resultados —que Milton Friedman calificó de socialismo— es injusta y no se basa en el mérito. La realidad es que la desigualdad de riqueza y la de ingresos están estrechamente vinculadas. Los padres más ricos pueden permitirse enviar a sus hijos a mejores escuelas: casi la mitad de las diferencias salariales entre los hijos varones en Estados Unidos puede explicarse observando los salarios de sus padres una generación antes. En países relativamente igualitarios y con educación gratuita como Finlandia, Noruega y Dinamarca, esa proporción es inferior al 20 %. La situación es similar en el Reino Unido, donde más de la mitad de los jueces, parlamentarios y directores ejecutivos de empresas británicas asistieron a costosas escuelas privadas, mientras que alrededor de un tercio de los niños vive por debajo del umbral de pobreza; entre ellos, el 67 % pertenece a familias trabajadoras. Una educación mejor significa más oportunidades y mayor riqueza más adelante: el ciclo se refuerza de generación en generación.
Pero hoy este ciclo podría estar a punto de romperse. Si las políticas de «que coman crédito» permitieron que el 99 % pidiera préstamos y mejorara su bienestar durante las últimas décadas, los tipos de interés han llegado ahora a mínimos históricos y la deuda privada está en su nivel más alto. Hay indicios de que la política monetaria podría haber alcanzado sus límites —al crear burbujas de activos y mantener con vida a las empresas zombis— y quizá ya no pueda sostener esta montaña de deuda, que no deja de crecer.
El riesgo es que el aumento de la desigualdad, la menor movilidad social y la pérdida de representación de las generaciones más jóvenes den lugar a una política aún más polarizada y cortoplacista, creando una trampa populista. Estados Unidos y el Reino Unido podrían estar ya atrapados: muchas de las políticas que se barajan en ambos países distan mucho de ser sostenibles y perjudican a las personas que debían proteger. El brexit y una salida del TLCAN son dos ejemplos destacados.
La Europa continental y Escandinavia —aunque están lejos de ser perfectas— han evitado hasta ahora lo peor de la amenaza populista del Frente Nacional, Alternativa para Alemania, los Verdaderos Finlandeses o el Partido Popular Danés, quizá gracias a sus redes de protección social y políticas de bienestar más sólidas. Sin embargo, estos partidos siguen ganando terreno, como demuestran las recientes elecciones en Alemania y Austria.
Creemos que hay dos maneras de que el mundo salga de este ciclo de creciente desigualdad, polarización política y políticas cortoplacistas. Una consiste en enriquecer a los pobres mediante la educación y la inversión. La otra, en empobrecer a los ricos.
El año pasado, el FMI abandonó el neoliberalismo y recomendó medidas para redistribuir la riqueza y las oportunidades. Esta combinación de políticas podría reducir la desigualdad, impulsar la estabilidad política y mejorar el crecimiento a largo plazo. En su plan quinquenal, el liderazgo de China anunció recientemente un renovado énfasis en reducir la desigualdad. Estados Unidos y el Reino Unido también deberían reconocer que tienen un problema estructural, no cíclico, que no se puede resolver con otra ronda de estímulo monetario. La redistribución debería ir acompañada de una reforma del sistema financiero, aún demasiado centrado en la asunción de riesgos y los incentivos a endeudarse, así como de cambios en el sistema tributario, que sigue imponiendo una carga excesiva sobre los ingresos y demasiado baja sobre los activos.
La alternativa a la redistribución es la inestabilidad y la crisis. La desigualdad ofrece un terreno fértil para que los partidos populistas cosechen apoyos. Estados Unidos, por ejemplo, ha sido recientemente degradado de democracia plena a democracia defectuosa. Con el tiempo, las políticas populistas pueden desestabilizar las democracias y orientarlas hacia el nacionalismo, el militarismo y el anticapitalismo. En la historia, los resultados de los regímenes populistas abarcan desde subidas de impuestos hasta nacionalizaciones y violaciones de la propiedad privada, así como conflictos comerciales y militares.
La teoría neoliberal y sus derivaciones políticas han fracasado. Promover la felicidad individual como nuestro máximo ideal es contraproducente, pues las sociedades profundamente divididas se vuelven inestables e infelices. Necesitamos un nuevo sueño americano basado en la igualdad y el crecimiento sostenible. El coste de compartir las oportunidades y la riqueza puede ser alto para las élites actuales, pero la alternativa es mucho peor.



