Las crisis posteriores a la crisis

Las crisis posteriores a la crisis
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Premio Nobel de Economía, es profesor universitario en la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es The Price of Inequality: How Today’s Divided Society Endangers our Future.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es catedrático universitario en la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es The Price of Inequality: How Today’s Divided Society Endangers our Future.

NUEVA YORK – En la sombra de la crisis del euro y del abismo fiscal de Estados Unidos, es fácil pasar por alto los problemas a largo plazo de la economía mundial. Pero, mientras nos centramos en las preocupaciones inmediatas, estos problemas siguen enconándose, y descuidarlos nos pone en peligro.

El más grave es el calentamiento global. Aunque el débil desempeño de la economía mundial ha provocado una desaceleración correspondiente en el aumento de las emisiones de carbono, solo supone un respiro breve. Además, llevamos un gran retraso: como hemos tardado tanto en responder al cambio climático, alcanzar el límite objetivo de un aumento de dos grados centígrados en la temperatura global exigirá reducciones drásticas de las emisiones en el futuro.

Algunos sugieren que, dada la desaceleración económica, deberíamos dejar el calentamiento global en un segundo plano. Por el contrario, readaptar la economía global al cambio climático ayudaría a restablecer la demanda agregada y el crecimiento.

Al mismo tiempo, el ritmo del progreso tecnológico y la globalización exige cambios estructurales rápidos tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo por igual. Tales cambios pueden ser traumáticos, y los mercados a menudo no los gestionan bien.

Del mismo modo que la Gran Depresión surgió en parte de las dificultades para pasar de una economía rural y agraria a una economía urbana y manufacturera, hoy los problemas surgen en parte de la necesidad de pasar de la manufactura a los servicios. Deben crearse nuevas empresas, y los mercados financieros modernos son mejores para la especulación y la explotación que para proporcionar fondos a nuevas empresas, especialmente a las pequeñas y medianas.

Además, realizar la transición exige inversiones en capital humano que las personas a menudo no pueden costear. Entre los servicios que la gente desea están la salud y la educación, dos sectores en los que el gobierno desempeña naturalmente un papel importante (debido a las imperfecciones inherentes del mercado en estos sectores y a las preocupaciones sobre la equidad).

Antes de la crisis de 2008, se hablaba mucho de los desequilibrios globales y de la necesidad de que los países con superávit comercial, como Alemania y China, aumentaran su consumo. Esa cuestión no ha desaparecido; de hecho, el fracaso de Alemania para abordar su superávit externo crónico forma parte integral de la crisis del euro. El superávit de China, como porcentaje del PIB, ha disminuido, pero sus implicaciones a largo plazo aún no se han desplegado.

El déficit comercial global de Estados Unidos no desaparecerá sin un aumento del ahorro interno y un cambio más fundamental en los acuerdos monetarios mundiales. Lo primero agravaría la desaceleración del país, y ninguno de los dos cambios está previsto. A medida que China aumente su consumo, no necesariamente comprará más bienes a Estados Unidos. De hecho, es más probable que aumente el consumo de bienes no comerciables, como la atención sanitaria y la educación, lo que provocaría graves perturbaciones en la cadena de suministro mundial, especialmente en los países que habían suministrado insumos a los exportadores manufactureros de China.

Por último, existe una crisis mundial de desigualdad. El problema no es solo que los grupos de ingresos más altos se lleven una porción mayor del pastel económico, sino también que los de clase media no participen del crecimiento económico, mientras que en muchos países la pobreza aumenta. En Estados Unidos, la igualdad de oportunidades ha quedado expuesta como un mito.

Si bien la Gran Recesión ha agravado estas tendencias, ya eran evidentes mucho antes de su inicio. De hecho, yo (y otros) hemos sostenido que la creciente desigualdad es una de las razones de la desaceleración económica y, en parte, una consecuencia de los profundos y continuos cambios estructurales de la economía mundial.

Un sistema económico y político que no beneficia a la mayoría de los ciudadanos no es sostenible a largo plazo. Con el tiempo, la fe en la democracia y en la economía de mercado se erosionará, y se pondrá en duda la legitimidad de las instituciones y los acuerdos existentes.

La buena noticia es que la brecha entre los países emergentes y los avanzados se ha reducido considerablemente en las últimas tres décadas. No obstante, cientos de millones de personas siguen en la pobreza, y ha habido solo un pequeño avance en la reducción de la brecha entre los países menos desarrollados y el resto.

Aquí, los acuerdos comerciales injustos, incluida la persistencia de subsidios agrícolas injustificables, que deprimen los precios de los que depende el ingreso de muchos de los más pobres, han desempeñado un papel. Los países desarrollados no han cumplido con su promesa en Doha en noviembre de 2001 de crear un régimen comercial orientado al desarrollo, ni con su compromiso en la cumbre del G-8 en Gleneagles en 2005 de proporcionar considerablemente más asistencia a los países más pobres.

El mercado no resolverá por sí solo ninguno de estos problemas. El calentamiento global es un problema típico de «bienes públicos». Para realizar las transformaciones estructurales que el mundo necesita, necesitamos que los gobiernos asuman un papel más activo, en un momento en que las exigencias de recortes aumentan en Europa y Estados Unidos.

Mientras lidiamos con las crisis actuales, deberíamos preguntarnos si estamos respondiendo de maneras que agravan nuestros problemas a largo plazo. El camino trazado por los halcones del déficit y los defensores de la austeridad debilita la economía actual y socava las perspectivas futuras. La ironía es que, dado que la insuficiente demanda agregada es la principal fuente de debilidad mundial hoy, existe una alternativa: invertir en nuestro futuro, de maneras que ayuden a abordar simultáneamente los problemas del calentamiento global, la desigualdad y la pobreza mundiales, y la necesidad de un cambio estructural.

Las opiniones expresadas aquí son las del autor, y no necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con http://www.project-syndicate.org.

Imagen: Torres de refrigeración de una central nuclear REUTERS/Regis Duvignau

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