En un mundo donde hay una cantidad abrumadora de información disponible, a veces no es fácil saber cómo aplicarla.
Los modelos de negocio basados en los ingresos publicitarios y las herramientas de marketing, como el contenido de influencers, han reducido nuestra confianza en la información de internet. Tenemos que evaluar mentalmente si la información es creíble, ya que muchos sitios web incluyen contenido patrocinado por marcas y empresas. Las recomendaciones de las reseñas en línea también son cuestionables, pues se sabe que algunas empresas pagan a desconocidos para que escriban reseñas positivas. (De hecho, quienes escriben reseñas falsas pueden ser contratados por entre $5 y $10 por reseña en Fiverr.com). Del mismo modo, la credibilidad de las respuestas en sitios de preguntas y respuestas como Quora también se deteriora con el tiempo, a medida que más empresas publican respuestas en la plataforma como parte de su estrategia de marketing.
Necesitamos abrirnos paso entre todo ese ruido de forma eficiente. En general, en lugar de jugárnosla con Google, podemos beneficiarnos de hablar con la persona adecuada, que tenga conocimientos pertinentes y capacidad para aplicar la información basándose en su experiencia y conocimientos especializados. Dentro de poco surgirán sistemas que permitirán compartir y monetizar conocimientos de forma instantánea y a gran escala. Podría ser algo tan ubicuo y sencillo como lo es hoy una búsqueda en Google.
La persona adecuada, con la respuesta correcta, ya está ahí fuera. Solo tenemos que catalogar los conocimientos prácticos de las personas y encontrar la manera de ofrecer acceso a ellos bajo demanda.
¿Cuál es la mejor manera de compartir conocimientos?
Los conocimientos prácticos se adquieren con la experiencia directa y se almacenan en nuestra mente. Entonces, ¿cómo los transmitimos?
Compartir conocimientos debe basarse en la comunicación. Tradicionalmente, la transferencia de conocimientos se ha realizado mediante contenidos estructurados, como informes, libros, blogs, pódcast, vídeos o cursos en línea. Algunas empresas tienen la suerte de poder recurrir en cualquier momento a especialistas de consultoras y firmas de asesoría para aprovechar sus conocimientos y experiencia, pero el precio de ese acceso suele ser prohibitivo para la mayoría de las empresas y las personas.

En un futuro no muy lejano, podremos compartir y monetizar conocimientos mediante conversaciones en directo o mensajes de texto en pequeñas dosis. Las consultas pertinentes —como la manera de hacer crecer una empresa pequeña o de introducir un producto en una plataforma de distribución importante en concreto— se te derivarán sin complicaciones, con la misma facilidad con que un amigo te llama para hacerte una pregunta rápida. La compensación por compartir tus conocimientos se abonará de inmediato, en cuanto des el consejo, ya sea en una cartera digital o como crédito que podrás usar para acceder, a cambio, a los conocimientos prácticos de otra persona. La comunicación será a la vez informal y contextual, lo que permitirá aprender y crear valor durante el trabajo y justo cuando haga falta.
Pero ¿no deberían ser gratuitos los conocimientos? ¿Deberían pagarnos por los conocimientos que tenemos en la cabeza?
Si tenemos conocimientos pertinentes para necesidades concretas y estamos dispuestos a compartirlos, deberíamos recibir una compensación por hacerlo, ya sea monetaria o en especie. Podría decirse que el tiempo es nuestro recurso más valioso, por lo que deberíamos recibir una recompensa por ofrecerlo. Siempre podemos compartir conocimientos altruistamente y de forma gratuita, igual que los médicos y abogados, que suelen cobrar por las consultas, pero pueden optar por trabajar gratuitamente. Sin embargo, para exigir responsabilidad y desincentivar la autopromoción, es necesario que, por defecto, la transferencia de conocimientos se base en transacciones.
Como el valor de los conocimientos depende del contexto, su precio puede ajustarse dinámicamente según la oferta y la demanda. ¿Necesitas una respuesta de inmediato? Paga un recargo por urgencia. Si tienes conocimientos prácticos muy especializados y singulares que tienen mucha demanda, puedes cobrar una tarifa más alta. El precio también puede reflejar la credibilidad en función del nivel y la duración de la experiencia, por ejemplo, en el caso de altos ejecutivos o especialistas con 20 años de experiencia.
Conocimiento bajo demanda
Así podría funcionar: has creado desde cero una popular línea de ropa. Recibes un mensaje de texto de alguien que no conoces, que te pide consejo sobre estrategias de venta minorista omnicanal. Revisas su perfil y conversas brevemente con esa persona para compartir tu experiencia y lo que has aprendido. Recibes créditos en tu cartera digital justo después de la conversación. Más adelante, usas esos créditos para hablar con un experto en ciencia de materiales cuando buscas nuevos tejidos sostenibles para tu empresa.
Es evidente que la confianza es indispensable para compartir conocimientos; solo con ella esta práctica puede extenderse de forma sostenible. Algunas personas pueden oponerse a compartir sus conocimientos porque temen que otros les roben sus ideas o que estas acaben beneficiando a sus competidores. Tanto quien aporta los conocimientos como quien los recibe deberán ejercer su criterio y asumir la responsabilidad por los conocimientos compartidos.
Al dirigir las consultas a las personas adecuadas para responderlas, los sistemas inteligentes filtrarán automáticamente los posibles conflictos de intereses y evitarán que se comparta información confidencial. Por ejemplo, aparecerá una advertencia cuando una consulta proceda de un competidor, o podrás cambiar la configuración para rechazar por defecto todas esas consultas. Los sistemas también analizarán las consultas para señalar el riesgo de que incluyan información confidencial y podrán sancionar a quienes lo hagan. Eliminar estos desincentivos es crucial; compartir conocimientos no debería hacerse indiscriminadamente.
Compartir conocimientos no solo ayuda a quien los recibe, sino que también puede contribuir al bien común. Las investigaciones muestran que, pese a la publicación de patentes, los conocimientos prácticos de un inventor sobre su campo están limitados por los horizontes de su propia red de colaboración. Es probable que las personas de nuestras comunidades moldeen nuestro marco de referencia, y que la capacidad de las personas para acceder a perspectivas externas y mostrarse receptivas a ellas sea fundamental para resolver problemas y fomentar la creatividad. Compartir conocimientos puede permitir que las personas, en conjunto, tomen mejores decisiones y encuentren soluciones ante los desafíos.
En esta visión del futuro —en el que podemos monetizar los conocimientos prácticos de los demás y acceder a ellos sin complicaciones, con la misma facilidad que hacemos una búsqueda en Google—, nos liberamos colectivamente de nuestras limitaciones individuales. Como el futuro que Ray Dalio describe en Principles: «Imagina un mundo en el que puedas usar la tecnología para conectarte a un sistema, plantear el problema que afrontas e intercambiar ideas sobre qué deberías hacer y por qué con los pensadores mejor valorados del mundo».
El resultado es una mayor productividad y más tiempo libre para desarrollar aún más nuestra experiencia personal y nuestros conocimientos prácticos. En última instancia, esto nos permitirá formar una red de inteligencia humana en la que podamos complementarnos y empoderarnos mutuamente bajo demanda.



