De izquierda a derecha: Andrew Sheng es presidente del Fung Global Institute. Xiao Geng es director de investigación del Fung Global Institute.
HONG KONG – Dada la crisis que lastra la economía mundial y los mercados financieros, no sorprende que esté en marcha una reconsideración sustancial de los principios de la economía moderna. Las voces disidentes de la profesión, al parecer, por fin están llegando a un público más amplio.
Por ejemplo, el premio Nobel Ronald H. Coase ha criticado que la microeconomía está llena de modelos de caja negra que no estudian las relaciones contractuales reales entre las empresas y los mercados. Señaló que, cuando los costes de transacción son bajos y los derechos de propiedad están bien definidos, los contratos privados innovadores podrían resolver problemas de acción colectiva, como la contaminación; pero los responsables de políticas recurren en gran medida a instrumentos fiscales, debido a la obsesión de los economistas por una teoría de los precios simplista.
Otro premio Nobel, Paul Krugman, ha afirmado que la macroeconomía de las últimas tres décadas ha sido, en el mejor de los casos, inútil y, en el peor, perjudicial. Sostiene que los economistas se volvieron ciegos ante los fallos macroeconómicos catastróficos porque confundieron la belleza o la elegancia de los modelos teóricos con la verdad.
Tanto Coase como Krugman lamentan el abandono del patrimonio de su profesión –una tradición que se remonta, como mínimo, a Adam Smith– que valoraba las teorías grandes y unificadoras de la economía política y la filosofía moral. La obsesión contemporánea por los modelos reduccionistas y mecánicos parece haber alejado a la profesión de la teoría y acercado a la ideología, distanciándola de la economía real.
La simplicidad y la elegancia de los modelos micro y macro los hacen útiles para explicar el mecanismo de precios y el equilibrio o desequilibrio de las principales variables económicas agregadas. Pero ambos modelos son incapaces de describir o analizar el comportamiento real de los principales participantes en el mercado.
Por ejemplo, la teoría de la empresa de los manuales no examina la estructura de los contratos corporativos y delega el estudio de los activos, pasivos, ingresos y gastos en la «contabilidad». ¿Cómo pueden entenderse las empresas sin examinar los contratos corporativos que reúnen a sus partes interesadas –es decir, sus accionistas, banqueros, proveedores, clientes y empleados–, cuyas complejas relaciones se manifiestan en los balances y los flujos de transacciones de las compañías? Al concentrarse en los flujos de producción y consumo, las cuentas nacionales agregan o compensan dichos datos, descuidando así la importancia de la financiación, el apalancamiento de los balances y las fragilidades.
En efecto, los modelos microeconómicos y macroeconómicos dominantes actuales son insuficientes para explorar las interacciones dinámicas y complejas entre los seres humanos, las instituciones y la naturaleza en nuestra economía real. No logran responder a lo que Paul Samuelson identificó como las preguntas clave de la economía –qué, cómo y para quién se producen, distribuyen y venden bienes y servicios– y rara vez abordan el «dónde» ni el «cuándo».
La división de la economía en macroeconomía (el estudio del desempeño, la estructura, el comportamiento y la toma de decisiones económicas a nivel nacional, regional o mundial) y microeconomía (el estudio de la asignación de recursos por parte de hogares y empresas) es fundamentalmente incompleta y engañosa. Sin embargo, existen al menos otras dos divisiones de la economía que han sido descuidadas: la mesoeconomía y la metaeconomía.
La mesoeconomía estudia los aspectos institucionales de la economía que no son abarcados por la microeconomía ni por la macroeconomía. Al presuponer competencia perfecta, información completa y costes de transacción nulos, la economía neoclásica descarta la necesidad de instituciones como los tribunales, los partidos y las religiones para abordar los problemas económicos a los que se enfrentan las personas, las empresas y los países.
En cambio, los economistas Kurt Dopfer, John Foster y Jason Potts han desarrollado una teoría macro-meso-micro de la economía evolutiva , según la cual «un sistema económico es una población de reglas, una estructura de reglas y un proceso de reglas». La característica más importante de un marco mesoeconómico es estudiar la red real de contratos, formales o informales, presentes en las instituciones familiares, corporativas, de mercado, civiles y sociales. Hacerlo proporciona un vínculo natural entre la micro y la macro, ya que las reglas e instituciones de nivel micro suelen tener consecuencias de nivel macro.
La metaeconomía va aún más allá, al estudiar los aspectos funcionales más profundos de la economía, entendida como un sistema vivo complejo, interactivo y holístico. Se plantea preguntas como por qué una economía es más competitiva y sostenible que otras, cómo y por qué evolucionan las estructuras de gobernanza de las instituciones y cómo China desarrolló cuatro cadenas de suministro de escala mundial en la manufactura, la infraestructura, las finanzas y los servicios gubernamentales en un periodo de tiempo tan breve.
Para estudiar los principios ocultos más profundos que rigen el comportamiento humano, la metaeconomía nos exige adoptar un enfoque abierto, sistémico y evolutivo, y reconocer la economía real como un sistema vivo complejo dentro de otros sistemas. Esto resulta difícil, porque las estadísticas oficiales miden mal –o simplemente pasan por alto– muchas de las reglas y prácticas ocultas de la economía real.
Por ejemplo, las mediciones del PIB actualmente descuidan los costes de la reposición de recursos naturales, la contaminación y la destrucción de la biodiversidad. Además, es habitual suponer en las políticas públicas que aquello que no se puede medir fácilmente de forma estadística es insignificante o no existe. Los análisis estáticos, lineales y cerrados aplicados a sistemas abiertos, no lineales, dinámicos e interconectados están condenados a ser erróneos e incompletos.
El economista británico Fritz Schumacher comprendió que las instituciones humanas, como estructuras complejas con una gobernanza dinámica, requieren un análisis sistémico. Definió la metaeconomía como la humanización de la economía al tener en cuenta el imperativo de un medio ambiente sostenible; así, incluyó elementos de la filosofía moral, la psicología, la antropología y la sociología que trascienden los límites de la maximización del beneficio y la racionalidad individual.
De forma similar, Eric Beinhocker, en el recién creado Institute for New Economic Thinking, defiende «una nueva forma de ver y entender el mundo económico». Este enfoque requiere incorporar la psicología, la antropología, la sociología, la historia, la física, la biología, las matemáticas, la informática y otras disciplinas que estudian los sistemas adaptativos complejos.
Creemos que el marco de la «micro-macro-meso-metaeconomía» –lo que denominamos «sistemonomía»– es una forma más completa de analizar las economías humanas, entendidas como sistemas vivos complejos que evolucionan dentro de sistemas naturales complejos y en cambio dinámico. Este marco resulta especialmente útil para analizar la evolución de economías antiguas pero que vuelven a emerger, como China e India, cuyo tamaño es suficiente para tener un profundo impacto en otras economías y en nuestro entorno natural.
Las opiniones expresadas aquí son las del autor, y no necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con Project Syndicate.
Imagen: panel de visualización en un edificio comercial que muestra el precio de cierre de distintas acciones. REUTERS/Stringer




