Hace diez años, en este mismo mes, el banco francés BNP Paribas decidió limitar el acceso de los inversores al dinero que habían depositado en tres fondos. Fue la primera señal contundente de la tensión financiera que, un año después, sumiría a la economía mundial en una espiral descendente. Sin embargo, las enormes perturbaciones económicas y financieras que estallarían a finales de 2008 y continuarían hasta principios de 2009 —y que llevaron al mundo al borde de una devastadora depresión de varios años— tomaron completamente por sorpresa a los responsables de formular políticas de las economías avanzadas. Claramente, no habían prestado suficiente atención a las lecciones de las crisis del mundo emergente.
Quienes hayan vivido o estudiado crisis financieras en países en desarrollo conocerán dolorosamente bien sus características definitorias. Para empezar, como argumentó el difunto Rüdiger Dornbusch , las crisis financieras pueden tardar mucho en gestarse, pero, una vez que estallan, tienden a propagarse con rapidez, amplitud y violencia, y de forma (aparentemente) indiscriminada.
En este proceso de fallos en cascada, las condiciones financieras generales pasan rápidamente de la abundancia a la escasez. Las fábricas de crédito privado que parecían indestructibles quedan de rodillas, y los bancos centrales y los gobiernos se enfrentan a difíciles decisiones de política económica, intrínsecamente inciertas. Además, los responsables de formular políticas también deben tener en cuenta el riesgo de una «parada súbita» de la actividad económica, que puede devastar el empleo, el comercio y la inversión.
Articular una respuesta suficientemente amplia ante una tensión financiera extrema resulta aún más difícil si no se hizo lo suficiente durante los buenos tiempos para garantizar un crecimiento sostenible e inclusivo. Se vuelve más difícil todavía cuando los políticos se dedican activamente a buscar culpables. Al final, los efectos sociopolíticos e institucionales de una crisis pueden perdurar mucho más que sus efectos económicos y financieros.

Todas estas lecciones habrían sido útiles para los responsables de formular políticas de las economías avanzadas hace diez años. Cuando BNP Paribas congeló fondos por valor de 2.200 millones de dólares el 9 de agosto de 2007, debería haber sido evidente que se avecinaba una mayor tensión financiera. Pero los responsables de formular políticas sacaron conclusiones equivocadas, principalmente por dos motivos.
En primer lugar, los responsables de formular políticas tardaron un tiempo en comprender el alcance de la inestabilidad latente del sistema financiero, que se había acumulado bajo su supervisión. En segundo lugar, la mayoría de ellos en el mundo avanzado desestimaba demasiado la idea de que pudieran aprender algo de las experiencias de los países emergentes.
Por desgracia, estos problemas aún no se han resuelto por completo. De hecho, crece el riesgo de que los políticos —muchos de ellos distraídos y eludiendo sus responsabilidades de gobernanza económica— pasen por alto la mayor lección histórica de todas: la importancia del modelo de crecimiento subyacente de una economía.
En efecto, los políticos de los países avanzados todavía parecen ignorar las limitaciones de un modelo económico que depende excesivamente de las finanzas para generar un crecimiento sostenible e inclusivo. Aunque esas limitaciones han quedado al descubierto durante los últimos diez años, los responsables de formular políticas no reforzaron adecuadamente el modelo de crecimiento del que dependen sus economías. En cambio, a menudo actuaron como si la crisis fuera simplemente un choque cíclico —aunque dramático— y dieron por sentado que la economía se recuperaría con una trayectoria en forma de V, como solía hacerlo tras una recesión.
Como al principio los responsables de formular políticas estaban cautivados por el pensamiento cíclico, no consideraron la crisis financiera un acontecimiento secular o de época. Por ello, diseñaron deliberadamente sus respuestas de política económica para que fueran «oportunas, focalizadas y temporales». Con el tiempo, quedó claro que el problema requería una solución estructural mucho más amplia y de largo plazo. Pero para entonces, la oportunidad política para tomar medidas audaces prácticamente se había cerrado.
En consecuencia, las economías avanzadas tardaron demasiado en volver a los niveles del PIB previos a la crisis y no pudieron liberar su considerable potencial de crecimiento. Peor aún, el crecimiento que sí lograron en los años posteriores a la crisis no fue inclusivo; por el contrario, persistieron las enormes brechas de ingresos, riqueza y oportunidades en muchas economías avanzadas.
Cuanto más persistía este patrón, más se deterioraban las perspectivas de crecimiento futuro de las economías avanzadas. Y lo que antes era impensable —tanto desde el punto de vista financiero como político— empezó a parecer posible, incluso probable.
Una década después del inicio de la crisis, las economías avanzadas aún no han abandonado de forma decisiva un modelo de crecimiento excesivamente dependiente de la liquidez y el apalancamiento: primero, de las instituciones financieras privadas y, luego, de los bancos centrales. Todavía no han invertido lo suficiente en infraestructura, educación y capital humano en general. No han abordado las distorsiones que frenan el crecimiento y socavan la eficacia de los sistemas tributarios, la intermediación financiera y el comercio. Y no han logrado mantenerse al día con la tecnología ni aprovechar los posibles beneficios de los macrodatos, el aprendizaje automático, la inteligencia artificial y las nuevas formas de movilidad, al tiempo que gestionan eficazmente los riesgos asociados.
Los responsables de formular políticas del mundo avanzado se rezagaron en la asimilación de las enseñanzas pertinentes de las economías emergentes. Pero ahora cuentan con las pruebas y la capacidad analítica para hacerlo. Está en sus manos evitar nuevas decepciones, aprovechar fuentes de crecimiento sostenible y hacer frente a los alarmantes niveles de desigualdad actuales. La pelota está en el tejado de la clase política.



