Promover la igualdad para las mujeres en los países en desarrollo no solo es lo correcto, sino que tiene sentido económico.
La igualdad de género aumenta la productividad, mejora el bienestar y hace que los órganos de gobierno sean más representativos. Y, sin embargo, en todo el mundo, las leyes, preferencias y normas sociales discriminatorias hacen que las niñas y las mujeres estudien menos, ganen menos, posean menos, tengan muchas menos oportunidades de alcanzar su potencial y sufran de manera desproporcionada en épocas de escasez o crisis.
Esto perjudica no solo a las personas, sino también a las familias, las comunidades y las economías. A menudo, la pobreza y la desigualdad se cruzan y dan lugar a decisiones imposibles, que ningún padre debería tener que tomar: ¿Mi hija saldrá a trabajar o irá a buscar agua? ¿Quién está lo bastante enfermo, o es lo bastante valioso, para recibir una cantidad limitada de antibióticos? ¿Qué hijo tendrá agua limpia y cuál irá a la escuela? ¿Asistirá mi hija a clase mientras menstrúa aunque no haya baños privados, o debería quedarse en casa para evitar la vergüenza? ¿Se arriesgará a pasar vergüenza al hacer sus necesidades al aire libre durante el día, o a una posible violación si espera a tener privacidad después del anochecer?
Una de las principales medidas que pueden adoptar los gobiernos para abordar la desigualdad de género —y algunas de estas terribles decisiones— es mejorar el saneamiento y el abastecimiento de agua en los hogares. La mejora de estos servicios reduciría el exceso de muertes de niñas y mujeres durante la lactancia, la primera infancia y los años reproductivos, como ocurrió en los países ricos a principios del siglo XIX y en países como Bangladesh, China y Vietnam durante las últimas dos décadas.
El saneamiento mejorado también beneficia a toda la comunidad al reducir los casos de diarrea, permitir que los niños retengan mejor los nutrientes y mejorar las habilidades cognitivas de los niños, su salud a lo largo de la vida y sus ingresos futuros.
Por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo.
Casi 1.000 millones de personas carecen de acceso a agua segura y, en todo el mundo, 2.500 millones carecen de acceso al saneamiento, como un inodoro o una letrina de pozo. Mil millones todavía practican la defecación al aire libre, en su mayoría en zonas rurales. El desafío de eliminar esta práctica para 2030 es importante, pero ahora sabemos qué hace falta, y seguimos siendo optimistas: este objetivo puede alcanzarse con una firme voluntad política, un enfoque centrado en cambiar los comportamientos, soluciones que ofrezcan más valor que la defecación al aire libre, sistemas locales de prestación de servicios del sector público más sólidos y estructuras de incentivos adecuadas.
En las zonas urbanas, reforzar la rendición de cuentas, la gestión y la regulación de los proveedores de servicios de saneamiento y agua mejora la prestación de servicios a los hogares y elimina algunas de las peores opciones. Algunos países en desarrollo están utilizando un enfoque similar para lograr mejores resultados en salud y educación.
Las inversiones en un mejor saneamiento benefician a las mujeres
Haití está invirtiendo en mejores servicios de saneamiento y agua para fortalecer la resiliencia frente a la propagación de enfermedades como el cólera. En las zonas rurales de China, un importante programa de tratamiento del agua potable demostró ser eficaz para impulsar la educación, al aumentar en un promedio de 1,08 años la escolaridad completada. Un estudio concluyó que las niñas se beneficiaron mucho más que los niños del mejor tratamiento del agua en cuanto al nivel educativo alcanzado, y que el programa puede explicar las brechas de género en el nivel educativo.
La relación entre la igualdad de género y los servicios de saneamiento y agua es recíproca. Así como invertir en servicios de saneamiento y agua beneficia la equidad de género, las mejoras en esta pueden, a su vez, impulsar mejores servicios de saneamiento y agua. En Bangladesh, un programa ofreció incentivos en efectivo para que las niñas asistieran a la escuela y para que las escuelas aumentaran la matrícula de niñas. La matrícula aumentó y, lo que es importante, las escuelas invirtieron en baños, sabiendo que muchas niñas no se matricularían sin instalaciones sanitarias privadas.
En Papua Nueva Guinea, el Programa de Agua y Saneamiento del Grupo Banco Mundial respaldó una política que ayudó a las mujeres a tener más voz en las decisiones sobre la cantidad y el tipo de baños que se construirían y dónde se ubicarían, lo que mejoró la calidad general de los servicios. En algunas zonas de la India, estudios anteriores han constatado que otorgar poder a las mujeres a nivel local mediante cuotas políticas ha propiciado una mayor provisión de bienes públicos —como saneamiento y agua— que eran más importantes para las mujeres.
Poner fin a la pobreza para 2030 e impulsar la prosperidad compartida —los dos objetivos institucionales del Grupo Banco Mundial— solo será posible si seguimos esforzándonos por comprender plenamente estos obstáculos a la equidad de género y a la prestación de servicios.
El Día Mundial del Retrete, el 19 de noviembre, ofrece la oportunidad de poner de relieve estos impedimentos a la dignidad y el desarrollo y ampliar los esfuerzos para abordarlos de una vez por todas. Junto con los países clientes y nuestros asociados del ámbito académico, organismos de las Naciones Unidas, el sector privado y grupos de la sociedad civil, como BRAC, Water.org, WaterAid y ONE DROP, estamos trabajando para lograrlo: no podemos esperar.
Esta publicación apareció originalmente en el Blog del Banco Mundial
Autor: Junaid Ahmad, ciudadano bangladesí, es director sénior de la Práctica Global de Agua del Grupo Banco Mundial.
Imagen: MaryJoy, de diez años, hija mayor de Arnold y Nancy Bolata, se prepara para bañarse antes de ir a la escuela en su casa, en un asentamiento informal de la ciudad de Quezon, Metro Manila, el 12 de julio de 2013. REUTERS.

