En todos los niveles, nuestro discurso global está cada vez más teñido de interés propio. Por ejemplo, cada vez más Estados buscan retirarse de acuerdos internacionales. Las empresas invierten en nuevas tecnologías para avanzar e impulsar el crecimiento, pero no siempre muestran el mismo entusiasmo a la hora de llevar a su gente consigo.
Y, como individuos, a menudo perseguimos nuestros sueños sin pensar lo suficiente en construir economías y sociedades más sostenibles e inclusivas mientras lo hacemos. Esta erosión gradual de nuestro compromiso compartido con un progreso más equitativo está creando un mundo profundamente dividido. Pero no tiene por qué ser así: podemos crear prosperidad compartida si abrazamos plenamente la tecnología digital.
Quizá esto parezca debatible. Al fin y al cabo, el papel de la tecnología en el aumento de la desigualdad general ha sido objeto de acalorados debates en los últimos tiempos. Y, sin embargo, es innegable que esta misma tecnología también mejora el acceso de las personas a todos los factores clave que hacen posible la oportunidad económica, ya sea la información, el aprendizaje o la financiación. Pero no le corresponde a la tecnología determinar el destino que ayudará a forjar. Al fin y al cabo, no es más que una herramienta que hemos creado. Por tanto, podemos elegir el futuro que esa herramienta construirá para nosotros. Depende de nosotros tomar ahora las decisiones que permitirán que la tecnología nos una, nos iguale y nos empodere a todos en los días venideros.

En el centro de esta convicción está el inmenso potencial de progreso que encierra conectar a cada vez más personas a través de internet y del acceso a la tecnología. Por ejemplo, los agricultores del África subsahariana ahora pueden gestionar los riesgos y aumentar considerablemente sus cosechas porque tienen acceso a pronósticos meteorológicos fiables y oportunos; o la población de América Latina que hasta ahora no tenía acceso a servicios bancarios, y que ahora puede demostrar su solvencia crediticia con datos obtenidos del uso de servicios de telecomunicaciones. También los artesanos de zonas rurales de India pueden competir hoy en el mercado mundial de la moda gracias a las innovaciones digitales en las cadenas de suministro.
El gran obstáculo ahora es ampliar estas historias de éxito. Debemos conectar a internet al 52% de la población mundial que aún no tiene acceso. Debemos cerrar las enormes brechas en las velocidades de conexión a internet en todo el mundo. En todas las regiones del planeta, los hombres siguen superando en número a las mujeres entre quienes usan la web; esto también debe cambiar. Y puede cambiar si las empresas globales, los gobiernos, la sociedad civil y los inversores realizan un esfuerzo concertado para conectar a la mitad olvidada de nuestro mundo. Un primer paso importante sería considerar internet una infraestructura tan básica como las carreteras, el alcantarillado, el agua y los sistemas eléctricos.
La mayor ventaja de esta unificación digital llegará cuando todos aprendamos a crear y producir con tecnología, en vez de limitarnos a consumirla. No me refiero solo a formar a la fuerza laboral actual, aunque, por supuesto, sus integrantes se beneficiarán de esta competencia profesional esencial. Me interesa especialmente que empecemos antes y enseñemos a nuestros hijos a programar. Lo digital se ha convertido en el lenguaje de nuestro mundo. En el futuro, desconocer el lenguaje de las computadoras será tan incapacitante como no saber leer ni escribir. Si podemos llevar este «superpoder» a todas las personas, a través de las divisiones globales, económicas, sociales, profesionales, de género y de edad, creo que tiene el potencial de convertirse en el gran factor igualador de nuestra humanidad y en el amplificador de nuestro potencial.
Si bien las competencias digitales pueden amplificar el potencial individual de manera equitativa, la creación de ecosistemas digitales dinámicos y la participación en ellos pueden desempeñar un papel enorme a la hora de empoderarnos como humanidad. Un ejemplo reciente es el del Gobierno de India y su sistema de verificación de identidad en líneaAadhaar que, pese a algunos problemas iniciales, hoy rivaliza con Facebook en cuanto a su uso por parte de los indios. Con más de mil millones de personas incluidas, Aadhaar permite a gobiernos, empresas, startups y desarrolladores utilizar una infraestructura digital completamente nueva para resolver algunos de los problemas más difíciles del país mediante la prestación de servicios sin papel, sin efectivo e incluso sin necesidad de presencia física.
Aprovechar el poder de la tecnología digital para unir, igualar y empoderar a las personas a escala global no es tarea fácil. Pero los problemas que merece la pena resolver rara vez lo son, y aun así hay que abordarlos. Si todos ponemos de nuestra parte, todos nos beneficiaremos de vivir en una auténtica aldea global. Cuando el filósofo canadiense Marshall McLuhan introdujo por primera vez elconcepto de aldea globalen 1989, predijo un mundo tan unido por un sistema nervioso electrónico que la experiencia humana de vivir en cualquier lugar del mundo estaría marcada por una profunda conexión y cohesión social, muy parecida a la vida en pequeñas aldeas. La digitalización puede ofrecer esa tan necesaria sensación de unidad a nuestro mundo fracturado. Depende de nosotros abrazarla.



