En los últimos años, la creciente preocupación por el medio ambiente y la sociedad ha cambiado nuestra forma de entender el desarrollo económico.
En el ámbito social, acontecimientos como la Primavera Árabe y el aumento persistente del desempleo juvenil en muchas economías avanzadas han puesto en duda hasta qué punto las cifras de crecimiento económico, por sí solas, cuentan toda la historia.
En el ámbito medioambiental, las consecuencias de la escasez de recursos han ocupado titulares destacados: por ejemplo, las tensiones políticas en toda la cuenca del Nilo tras las disputas por el acceso al agua, o el efecto perjudicial que las actividades mineras en China y Mongolia han tenido sobre la disponibilidad de agua.
Estos acontecimientos han cambiado las agendas de desarrollo predominantes y han dejado a ciudadanos, responsables políticos y empresas con la contundente sensación de que el medio ambiente debe incorporarse a la ecuación del crecimiento.
El medio ambiente y la pobreza están estrechamente relacionados. La presión sobre los recursos naturales eleva el coste del acceso al agua, los alimentos y la energía, agrava los niveles de pobreza y somete a presión los planes de desarrollo internacional. El Banco Mundial estima que 44 millones de personas cayeron recientemente en la pobreza como consecuencia del aumento de los precios de los alimentos provocado por los desastres naturales.
En este contexto, el Foro publicó su marco de competitividad sostenible en su Informe de Competitividad Global 2012-2013. Parte de la premisa de que la competitividad —definida como la capacidad de un país para impulsar la productividad, la eficiencia y la innovación— sigue siendo el factor más decisivo para el crecimiento económico a largo plazo.
Sin embargo, cuando incorporamos consideraciones sociales y medioambientales a esta idea de competitividad, llegamos a un concepto más amplio de prosperidad a largo plazo, en el que los dividendos económicos se distribuyen equitativamente entre todos los ciudadanos que contribuyen y que incluye un medio ambiente y un ecosistema saludables.
Tanto los responsables políticos como las empresas han asimilado los fundamentos de la competitividad sostenible. Por ejemplo, el marco del «comercio de agua virtual», propuesto hace 10 años, sostiene que los países con abundantes recursos hídricos deberían producir y exportar bienes con un mayor contenido de agua a regiones donde escasea.
Este intercambio indirecto de agua tiene más sentido que transportarla físicamente a través de las fronteras con un coste elevado.
En otro ejemplo, la División de Estadística de las Naciones Unidas está promoviendo nuevas normas de contabilidad nacional agregada que incluyen el impacto medioambiental en el sistema de cuentas nacionales.
Aunque algunos economistas consideran que las regulaciones y las normas frenan la competitividad de las empresas, el sector empresarial está empezando a darse cuenta de la importancia económica de las prácticas empresariales responsables.
La escasez de recursos es ya una preocupación real para las empresas, pues la ciencia demuestra cada vez con más claridad el vínculo entre la disponibilidad de recursos y la prosperidad. La escasez de agua, por ejemplo, reduce la cantidad de energía que puede producir una central hidroeléctrica y, por tanto, eleva los costes operativos. Del mismo modo, la competencia por las materias primas y los productos básicos puede aumentar los precios y reducir los beneficios, especialmente en épocas de dificultades económicas, cuando la demanda de los consumidores es baja.
Según Forbes, la información medioambiental se está convirtiendo en «un nuevo imperativo empresarial», a medida que los inversores empiezan a comprender la importancia del desempeño medioambiental de las empresas. Además, la ciudadanía conoce mejor las normas medioambientales y ejerce más presión sobre las empresas: boicotea y protesta contra las que considera irresponsables.
En consecuencia, algunas empresas —entre ellas Oracle y Toshiba— han empezado a utilizar métodos de contabilidad y presentación de informes medioambientales para hacer un seguimiento de sus impactos ambientales. Esta práctica no solo demuestra que la empresa se preocupa por el medio ambiente, sino que también garantiza que las consideraciones medioambientales orienten la estrategia empresarial.
A medida que aumenta el desempleo, se pide a las empresas que reconsideren el papel que desempeñan en la sociedad. En lugar de limitarse a esperar a que la economía se recupere y repunte la demanda general, ahora se las anima a crear oportunidades de empleo incluso en periodos de recesión.
Encontrar un equilibrio entre la prosperidad económica, la inclusión y la responsabilidad medioambiental plantea muchos desafíos y exige un cambio de mentalidad. Los gobiernos nacionales deben cooperar y escuchar las voces y necesidades del sector empresarial y de la sociedad civil.
El Foro Económico Mundial espera que su trabajo inicial sobre competitividad sostenible se convierta en una plataforma de debate para definir un nuevo modelo de desarrollo más equilibrado.
Autor: Roberto Crotti es gerente y economista cuantitativo del equipo de Global Benchmarking Network del Foro Económico Mundial.
Imagen: Una mujer de una aldea lleva leña mientras otras personas descansan bajo un árbol, después de migrar debido a la escasez de agua, en las afueras de la localidad de Sami, en el estado indio occidental de Guyarat. REUTERS/Ahmad Masood



