Oriente Medio está plagado de tantos problemas —graves dificultades económicas, guerras civiles y la amenaza de grupos armados radicales— que es fácil relegar el cambio climático al final de la agenda de todos. Pero la magnitud de los desafíos que el calentamiento global provocado por el ser humano plantea a la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA) podría cambiar esta situación.
Además, parece que ya empezamos a presenciar el cambio climático. Desde que comenzó el registro de las temperaturas globales hace 130 años, 14 de los 15 años más calurosos registrados han sido muy recientes, entre 2000 y 2015. No es de extrañar, pues, que los fenómenos meteorológicos extremos también hayan aumentado considerablemente. En 2010, las sequías y los incendios forestales azotaron regiones exportadoras de cereales de Rusia y Europa del Este; las graves inundaciones en Pakistán causaron tantos daños a los cultivos que los precios de los alimentos subieron un 40 %. En 2011, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura publicó un informe que advertía del «impacto catastrófico» del calentamiento global y señalaba que los países en desarrollo que dependían de las importaciones de alimentos serían los más afectados.
El aumento del nivel del mar puede incrementar la salinidad de fuentes esenciales de agua dulce potable, así como la salinidad del suelo de las tierras agrícolas. Las sequías, las estaciones irregulares, las temperaturas más altas y la pérdida de tierras fértiles podrían reducir la producción agrícola hasta en la mitad. La salud humana es otra preocupación: se espera que la malaria y la esquistosomiasis aumenten en Egipto, Sudán y Marruecos, mientras que un mayor número de tormentas de arena podría hacer más comunes las enfermedades respiratorias. El aumento de las temperaturas amenaza con reducir aún más los escasos recursos hídricos de la región. El volumen y el caudal de agua podrían disminuir hasta un 70 % en el río Nilo, un 80 % en el río Jordán y un 30 % en el río Éufrates antes de 2100, el final de este siglo.
La idea de una catástrofe inminente me impulsó a poner en marcha Shagara («árbol» en árabe) en 2011, ¡principalmente para compensar mis propias emisiones de carbono! La idea de Shagara es actuar plantando árboles y plantas dentro de las ciudades para compensar los problemas, aumentar la conciencia ambiental y, por último, pero no menos importante, ayudar a las personas en situación económica desfavorecida. Para ello, Shagara integra vegetación en las zonas urbanas, combinando conceptos de diseño con técnicas agrícolas modernas y arquitectura.
La vegetación aporta enormes beneficios ambientales: mitiga los efectos del cambio climático al actuar como una gran «esponja» o reserva de dióxido de carbono (C02). Un árbol sano puede absorber casi 5 kg de CO2 al año.
Sin embargo, como la pobreza sigue siendo un desafío, también necesitábamos encontrar una forma de compensar las emisiones y reducir la pobreza.
Shagara busca que las plantas aporten un poco más a las personas con pocos recursos. Por eso, las materias primas que utilizamos requieren mucha mano de obra y tienen la menor huella ambiental posible. Algunos ejemplos son las hojas de palma, la tierra compactada, la paja de arroz y las botellas de plástico reutilizadas.
Nuestro proyecto insignia es «Shagara en la escuela». Las escuelas públicas egipcias ya afrontan diversos problemas. Su entorno educativo general no es muy bueno. Las infraestructuras son deficientes y mantener la higiene es un problema. A menudo faltan actividades para empoderar al alumnado y mejorar sus habilidades. Los docentes de asignaturas consideradas secundarias, como la agricultura, reciben salarios bajos.
Sin embargo, Shagara se dio cuenta de que las escuelas públicas tenían algunos recursos que podía aprovechar para crear valor compartido en beneficio del bien común. Las escuelas cuentan con espacios relativamente amplios, incluidos los tejados y, en algunos casos, mucho espacio vacío a su alrededor. También tienen clases de agricultura y docentes de esa materia. Por último, cada año ingresan nuevos estudiantes en las escuelas.
Los tejados pueden transformarse en huertos productivos que actúen como sumideros de carbono, proporcionen ingresos al personal peor pagado de la escuela, aumenten el suministro de alimentos y sirvan de plataforma para las actividades del alumnado. Las zonas vacías alrededor de las escuelas, que actualmente atraen basura, pueden utilizarse en cambio para cultivar especies vegetales autóctonas que consumen menos agua que las exóticas, favoreciendo ecosistemas más saludables y compensando las emisiones de carbono. Los docentes de agricultura podrían dirigir los equipos de jardinería, necesarios para mantener el proyecto. Gracias a él, los estudiantes podrían aprender sobre el cambio climático y, potencialmente, ayudar a difundir esta práctica en otros lugares.
El proyecto Shagara se llevó a cabo por primera vez en una escuela de la gobernación de Al-Qalyubia, en Egipto, en febrero de 2013. Despertó un entusiasmo extraordinario entre estudiantes y docentes; algunos aplicaron en casa lo que habían aprendido en la escuela. Iniciado en 2013, el proyecto sigue en marcha: en 2015, la escuela lo amplió con recursos propios, tras recibir por segundo año consecutivo un premio a la calidad.
Con un éxito como este, no veo por qué no podría llevarse a cabo un proyecto de este tipo en escuelas de todas partes, no solo en Egipto, sino en todo el mundo.
Este artículo se publicó originalmente en el blog Voces y perspectivas del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Mohamed Ashraf Abdel Samad es un emprendedor social que intenta promover el concepto de capitalismo responsable y proactivo.
Imagen: Una vista general muestra el río Nilo y el puente 6 de Octubre en el centro de El Cairo, Egipto, el 3 de junio de 2015. REUTERS/Amr Abdallah Dalsh.


