Conferencia McKenna de 2015 :: Claremont-McKenna College
En 1959, Arthur Burns, republicano de toda la vida y alto funcionario responsable de políticas públicas, presidente del Consejo de Asesores Económicos durante la presidencia de Eisenhower, gran amigo y asesor de la Casa Blanca del presidente Nixon, y presidente de la Reserva Federal de 1970 a 1978, pronunció el discurso presidencial ante la Asociación Estadounidense de Economía. En él, concluyó que Estados Unidos y muchos otros países tenían muchas decisiones que tomar en cuanto a sus futuras instituciones y políticas económicas. Y dijo:
Estas… decisiones tendrá que tomarlas el pueblo de Estados Unidos; y los economistas —mucho más que cualquier otro grupo— ayudarán, en última instancia, a tomarlas…
Ese grupo son ustedes. «Economistas», eso es. Y me alegra estar aquí, porque me alegra que se unan a nosotros. Porque nosotros —todos nosotros en Estados Unidos— los necesitamos. Arthur Burns tenía razón: ustedes están mejor posicionados que cualquier otro grupo para ayudarnos a tomar las decisiones acertadas, a escala mundial y del país en su conjunto, pero también a escala del estado, la ciudad, la empresa, el distrito escolar, la ONG que intenta averiguar cómo gastar sus limitados recursos: lo que sea.
¿Por qué dijo esto Arthur Burns? ¿Y por qué tenía razón? A dos manzanas, en Harvey Mudd College, la gente dirá que entiende de tecnologías y que ustedes, nosotros, como Jon Snow de «Juego de tronos» (de quien creo firmemente que en realidad es Jon Targaryen-Stark, pero dejemos eso de lado), no sabemos nada.
Yo diría:
Aunque los principios de ingeniería que conocen en Harvey Mudd perdurarán, el conocimiento que tienen de las tecnologías concretas estará en gran medida obsoleto en una década y completamente obsoleto en dos.
Los economistas saben de sistemas y de cómo funcionan:
Oferta y demanda
Costo de oportunidad
Equilibrio general
Incentivos y comportamiento
Si entienden mal cómo funciona el sistema, sus conocimientos tecnológicos apuntarán en la dirección equivocada: serán peor que inútiles.
Si entienden bien cómo funciona el sistema, habrá muchas oportunidades de averiguar cómo utilizar y aplicar las tecnologías, entre otras cosas porque la gente aprenderá que puede ganar dinero ofreciéndose a enseñarles.
Pero, aunque deberían engreírse, no quiero que se engreían demasiado. Así que permítanme contarles una historia de hoy y de cómo los economistas como grupo, incluyéndome sin duda a mí, nos equivocamos por completo.
Volvamos a Arthur Burns y a su discurso presidencial. En él, su primer punto y el principal fue que un episodio del ciclo económico como el que acabamos de atravesar no era una posibilidad realista. Cito extensamente:
Han transcurrido más de veinticinco años desde la última vez que experimentamos un pánico financiero o una depresión profunda de la producción y el empleo. Han transcurrido más de veinte años desde la última vez que sufrimos una recesión económica grave… No existe paralelo para una sucesión semejante de ciclos moderados… al menos durante los últimos cien años… El carácter del ciclo económico en sí parece haber cambiado… La evolución de las prácticas empresariales, así como el propio crecimiento de las empresas, ha contribuido a reducir la influencia de una contracción cíclica… sobre el flujo de ingresos… La expansión y los medios de financiación de la actividad gubernamental… han tenido un efecto similar… En el ciclo económico clásico… una vez que la inversión empresarial empezaba a disminuir… pronto le seguía una reducción del gasto de los consumidores… Las medidas específicas adoptadas por el gobierno para hacer frente a las recesiones de la posguerra han variado… En todas ellas, las políticas monetaria, fiscal y de gestión presupuestaria desempeñaron algún papel… [y] la parte más constante de la política anticíclica… se dio en el ámbito monetario… la influencia… se ejerció solo en parte mediante la reducción de las tasas de interés. De mayor importancia… es que el crédito se vuelve más fácilmente disponible… aumenta la oferta monetaria… [y] mejora la liquidez de los activos financieros… El resultado neto ha sido una menor intensidad de las fluctuaciones cíclicas de la producción… Parece razonable esperar que los cambios estructurales… que han servido para moderar y humanizar el ciclo económico sigan haciéndolo… Últimamente, muchos economistas han hablado… de forma persuasiva, aunque no siempre con tono sombrío, de un futuro de inflación secular. La advertencia llega a tiempo…
Ese es el final de la cita.
Entre 1959 y 2007 —durante casi medio siglo—, la abrumadora mayoría de los economistas habría respaldado las conclusiones de Arthur Burns. De hecho, las cosas mejoraron desde el punto de vista del desempleo. Tras dos recesiones moderadas a mediados y justo después del final de la década de 1970, la magnitud del ciclo económico en el empleo y la producción volvió a reducirse, dando lugar a lo que se denominó la «Gran Moderación». La advertencia de Arthur Burns de que la gran amenaza económica había pasado a ser la inflación llegó casi una década demasiado pronto para ser oportuna, pero era correcta. Y en 2007, la inmensa mayoría de los economistas seguía atenta a los problemas inflacionarios causados por demasiado dinero persiguiendo demasiado pocos bienes: depreciaciones del tipo de cambio provocadas por cambios en los flujos de capital deseados; legislaturas incapaces de reunir el valor necesario para reducir programas y prestaciones a lo que los impuestos podían financiar adecuadamente o aumentar los impuestos a lo necesario para financiarlos adecuadamente; o, sencillamente, bancos centrales víctimas del optimismo sobre el crecimiento y que, por tanto, no subían debidamente las tasas de interés durante un auge.
Así pues, lo que ocurrió después de 2007 en el Atlántico Norte sorprendió enormemente a casi todos los economistas. Economistas como Nouriel Roubini, mi coautor Paul Krugman y yo habríamos dicho «se lo advertimos» si un agotamiento del flujo de financiación procedente de China hubiera provocado un desplome del gasto de inversión en Estados Unidos, una fuerte caída del dólar, la quiebra de grandes bancos neoyorquinos insuficientemente regulados que habían apostado su futuro a un dólar estable y un estallido inflacionario que causara un doloroso episodio de estanflación, con alto desempleo, tasas de interés elevadas y un aumento de la inflación que dejara al gobierno solo opciones de política dolorosas. Economistas como mi maestro Marty Feldstein y Michael Boskin habrían dicho «se lo advertimos» si la falta de aumento de impuestos o de aprobación de una reforma de las prestaciones sociales hubiera impuesto a la Reserva Federal la desagradable elección entre subir las tasas de interés para evitar la inflación y aceptar un mayor desempleo, o bajarlas para preservar el empleo a costa de una mayor inflación. Solo unos pocos —como mi coautor Dean Baker— vieron el sector de la vivienda como una posible fuente de grave peligro. Y lo ocurrido desde 2007 ha sido un orden de magnitud peor que incluso lo que Dean imaginó en sus peores pesadillas.
Incluso hoy, ha desaparecido simplemente el 8 % de la riqueza que en 2007 esperábamos con confianza que tuviera el Atlántico Norte. Nuestros trabajadores tienen menos empleos y son menos productivos. Nuestras empresas tienen capacidad ociosa. No se han creado los vínculos productivos en la división mundial del trabajo que se habrían establecido normalmente desde 2007. Se han roto vínculos productivos de la división mundial del trabajo que existían en 2007. Este año aún puedo decir que quienes se gradúan y son hombres afrontan el peor mercado laboral de la historia de Estados Unidos para los hombres recién graduados de la universidad, aunque es algo mejor que en 2012-2014 y algo mejor que en 2009-2011, pero peor que en cualquier otro año o años.
Las pérdidas totales debidamente descontadas de la Gran Depresión llegaron a 1,4 veces el PIB del año inicial en Estados Unidos y a la mitad de esa cifra en Europa occidental; y quizá ese total sea una enorme subestimación si se cree que, de no haber ocurrido la Gran Depresión, se habría evitado la caída de Europa en el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Durante la Segunda Guerra Mundial en Europa, 40 millones de personas murieron o quedaron condenadas a morir de hambre; seis millones de ellas eran judías. Durante la Segunda Guerra Mundial en Asia, 10 millones de personas murieron o quedaron condenadas a morir de hambre; siete millones de ellas eran chinas. Limitémonos, sin embargo, a los totales más acotados. Supongamos que, de no haber ocurrido la crisis financiera de 2007-8 y lo que vino después, la producción de todo el Atlántico Norte habría seguido su tendencia anterior a 2007. Entonces, en algún momento del próximo año, las pérdidas totales causadas por la situación actual en Europa superarán a las de la Gran Depresión como proporción del PIB. Y si seguimos la trayectoria actual en Estados Unidos, en lugar de encontrar alguna manera de restablecer las tendencias de crecimiento anteriores a 2007, para 2026 la Gran Depresión habrá dejado de ser la mayor depresión de Estados Unidos.
Las explicaciones de cómo llegamos a este desastre y de por qué seguimos atrapados en él —aunque en un grado sustancialmente menor que en 2009, y mucho menor que el que temíamos en 2009 que alcanzaríamos en 2010— varían. Permítanme ofrecerles mi interpretación, que es discutible y, de hecho, se discute a menudo. Sigo el criterio de mi vecino de oficina en Berkeley, Barry Eichengreen, y considero que uno de los muchos factores importantes que nos han llevado a nuestra situación actual fue el éxito intelectual de un libro: el libro de Milton Friedman y Anna Jacobsen Schwartz, Una historia monetaria de los Estados Unidos. Pueden leer la versión del argumento de Barry en su excelente y recién publicado libro, La sala de los espejos. Esta es mi versión:
En las décadas de 1960 y 1970, los economistas monetaristas, basándose en el análisis de Friedman y Schwartz en su libro Historia monetaria de los Estados Unidos , defendieron su interpretación histórico-económica particular: que la Gran Depresión de la década de 1930 se debió a una política monetaria inadecuada y no neutral, es decir, contractiva. Se les opusieron otros. Algunos, llamémoslos keynesianos, se centraron en las fluctuaciones de los «espíritus animales» irracionales de las empresas y, por tanto, en su disposición a realizar gastos de inversión; en el poder limitado de la política monetaria para contrarrestar cambios coordinados en la psicología; y, por ello, consideraron que la Gran Depresión se originó en un sector privado inestable y en la falta de voluntad o capacidad del gobierno para dirigir y controlar directamente el flujo del gasto en la economía. Otros más —llamémoslos minskyistas, aunque siempre fueron una secta pequeña— veían la inestabilidad del sector privado como una inestabilidad del sector financiero, impulsada por la falta de una regulación, un control y una limitación adecuados del crédito. Como dice mi amigo minskyista Bill Janeway, de Warburg-incus: den demasiado crédito sin regular al sistema bancario y saben lo que acabará haciendo; lo que no saben es contra qué pared lo hará.
Friedman y su coautora Anna Jacobson Schwartz sostenían que, en su raíz, la Gran Depresión fue un fracaso del gobierno. Se debió única y completamente a que la Reserva Federal no expandió de manera adecuada y enérgica la base monetaria entre 1929 y 1933 para mantener estable la masa monetaria de la economía. Mantener estable la masa monetaria es una política monetaria neutral. Y sin una reducción de la masa monetaria, no habría Gran Depresión. El fracaso del gobierno en seguir una política monetaria «neutral» —la perturbación activa, causada por la incompetencia gubernamental, de lo que por naturaleza era una economía de mercado estable y de pleno empleo— fue la única razón por la que la recesión de la década de 1930 se convirtió en la Gran Depresión.
Esta interpretación tenía sentido coherente. Sin embargo, se apoyaba en una premisa concreta: que la llamada velocidad del dinero, es decir, la rapidez con que la gente gastaba el efectivo que llevaba en los bolsillos y los depósitos a la vista de sus cuentas bancarias, variaría poco ante cambios en las tasas de interés. Además, esta interpretación recurría a una explicación apresurada y a maniobras retóricas para definir qué era una política monetaria «neutral». La política monetaria que Friedman y Schwartz calificaban de «neutral» durante la Gran Depresión habría exigido que la Reserva Federal inundara el mercado de liquidez, comprara bonos e imprimiera efectivo a un ritmo nunca antes imaginado; de hecho, la Reserva Federal ni siquiera lo imaginó durante la Gran Depresión.
Pero ¿bastaría una política monetaria «neutral»? Supongamos que la velocidad del dinero fuera elástica con respecto a las tasas de interés. Entonces, las operaciones de mercado abierto emprendidas para ampliar la oferta monetaria habrían reducido las tasas de interés. Eso habría provocado una nueva caída de la velocidad monetaria. Y, por tanto, habría vuelto impotente la solución de Friedman y Schwartz. Si los cambios psicológicos keynesianos en los espíritus animales de los empresarios o los temores provocados por una crisis financiera minskyista hubieran reducido suficientemente las tasas de interés, y si la elasticidad de la demanda de dinero hubiera sido suficientemente alta, la Gran Depresión habría ocurrido incluso si la oferta monetaria se hubiera mantenido estable, e incluso si la política monetaria hubiera sido «neutral» según la definición de Friedman y Schwartz. Para detener con éxito la Gran Depresión en seco, habría sido necesario entonces aplicar políticas fiscales expansivas keynesianas y políticas de apoyo al mercado crediticio minskyistas.
Los monetaristas ganaron el debate histórico-económico y macroeconómico en las décadas de 1960 y 1970. El libro de mi maestro Peter Temin, ¿Causaron las fuerzas monetarias la Gran Depresión? señalaba convincentemente que no hubo ninguna gran contracción inesperada en las medidas de la Reserva Federal: ningún momento en que las tasas de interés se dispararan al desviarse de lo que la gente esperaba, y, como mucho, una presión a la baja sobre la liquidez, menor e irregular. Otros cuestionaron detalles de la tesis de Friedman y Schwartz. Pero eso no importó.
¿Por qué no? Creo que no importó porque, en realidad, eran dos debates:
En un primer nivel, el debate entre monetaristas, keynesianos y minskyistas era una simple cuestión empírica de interpretar las pruebas: ¿Era baja la elasticidad de la demanda de dinero con respecto a las tasas de interés durante una recesión grave, como afirmaba Milton Friedman, o alta, como en la trampa de liquidez de John Maynard Keynes y John Hicks? ¿Eran los mercados financieros casi un velo, porque la masa monetaria era un indicador casi suficiente para predecir el gasto total, como afirmaba Milton Friedman, o eran decisivos el canal del crédito y su funcionamiento, como advertía Minsky?
Sin embargo, en un segundo nivel, el debate trataba de si el mayor peligro era el fallo del mercado o el fallo del gobierno.
Antes de la Historia monetaria de Friedman y Schwartz, la Gran Depresión se había considerado un argumento irrefutable de que el fallo del mercado podía ser tan grave que exigiera que el gobierno asumiera la dirección de toda la economía. Y eso generó la presunción de que otros fallos del mercado, de menor escala, también podrían exigir que el gobierno interviniera de verdad, no solo en la macroeconomía, sino también en la microeconomía. Pero si la Gran Depresión podía entenderse como un fallo del gobierno, podía eliminarse la disonancia cognitiva entre su realidad y la presunción de los economistas de centro-derecha de que el fallo del gobierno era siempre la amenaza mayor.
Y, por supuesto, la solución monetarista de manual se aplicó a ultranza durante 2008-2010 y resultó insuficiente. La política monetaria que aplicó Ben Bernanke fue Friedman-Schwartz en su máxima expresión. Amortiguó la recesión: a Estados Unidos le fue mejor que a Europa occidental, en la medida en que Bernanke fue más agresivo al reducir las tasas de interés y comprar bonos a cambio de efectivo que su homólogo europeo Trichet. Eso demuestra también que Friedman y sus monetaristas se equivocaban sobre la Gran Depresión. Por eso hoy son pocos quienes han hecho debidamente sus deberes y dirían, como Ben Bernanke dijo a Milton Friedman y Anna Schwartz en 2002:
Tienen razón, lo hicimos. Lo lamentamos mucho. Pero gracias a ustedes, no volveremos a hacerlo.
Y ahora Ben Bernanke, que está en la Brookings Institution, ha cambiado de opinión. Ahora aboga por soluciones keynesianas —política fiscal expansiva, especialmente gasto en infraestructuras— como la mejor vía a seguir.
Pero incluso en la década de 1970, las pruebas empíricas no favorecían suficientemente a los monetaristas como para explicar su victoria decisiva. Creo que la contundencia de la victoria debe atribuirse al hecho de que la economía nunca es una disciplina tecnocrática: siempre es economía política, que siempre es política. Y eso significa, como lamentaba el economista y filósofo moral británico John Stuart Mill en el siglo XIX, que no hay postura tan absurda que no haya sido defendida por algún economista político de renombre y reputación.
Admitir que la solución monetarista era inadecuada equivaldría a admitir que la Gran Depresión tenía raíces más profundas que un fallo de gestión tecnocrática por parte de los bancos centrales, encargados de mantener una política monetaria neutral.
Esas raíces más profundas en graves fallos del mercado no serían plenamente compatibles con la creencia, extendida en las décadas de 1970 y 1980, de que se había exagerado el valor de la socialdemocracia y de que el fallo del gobierno era casi siempre un peligro mayor que el fallo del mercado. Así pues, existía una afinidad electiva extremadamente fuerte entre una profesión económica dominante, atrapada en las corrientes neoliberales crecientes de la época, y la interpretación friedmanita de la Gran Depresión.
Y, como la victoria intelectual de las décadas de 1970 y 1980 fue absoluta, en 2008-2010 los responsables de formular políticas dudaron y se mostraron reacios a aplicar con suficiente entusiasmo y a una escala suficientemente grande las soluciones keynesianas y minskyistas a las recesiones graves para hacer frente adecuadamente a los problemas que surgieron. Cuando se produjo el colapso, los economistas que asesoraban a los gobiernos y bancos centrales del Atlántico Norte no estaban preparados.
¿Por qué se produjo el colapso? Empecemos por el enorme aumento de la riqueza entre el 0,1 % y el 0,01 % más ricos del mundo desde la década de 1970 hasta la de 2000, y la consiguiente presión para que las personas, los gobiernos y las empresas asumieran niveles de deuda cada vez más insostenibles. Sigamos con los responsables de formular políticas, adormecidos por la aceptación generalizada de la «hipótesis de los mercados eficientes» y convencidos de que los inversores en mercados financieros desregulados evaluaban el riesgo relativamente bien. Terminemos con la arrogancia: la confianza en la Reserva Federal y en otros ámbitos que creció porque el colapso de Penn Central de 1970, la crisis financiera latinoamericana de 1982, el crac bursátil de 1987, la crisis de las S&L de 1991, la crisis mexicana de 1995, la crisis de Asia Oriental de 1997, la crisis rusa/LTCM de 1998 y el crac de las puntocom de 2000 no habían causado problemas a la Reserva Federal que esta no pudiera manejar suficientemente bien como para evitar que la tasa de desempleo aumentara más de dos puntos porcentuales.
Así pues, en 2008 el Atlántico Norte tenía una tasa tendencial de inflación del 2 % anual, demasiado baja para que la gente sintiera que debía gastar su efectivo incluso en un momento de gran incertidumbre. Había una gran cantidad de deuda subprime y una cantidad aún mayor de deuda que podía ser subprime, porque la capacidad de pago de la contraparte que supuestamente tenía grado de inversión dependía de que sus deudores subprime le pagaran. A eso se suman los problemas particulares de Europa, que ahora es una moneda única, pero no un único gobierno, un único sistema financiero ni un único pueblo. No eran problemas que pudieran resolverse con la sencilla solución friedmanita.
Así que, cuando estalló la crisis financiera de 2008 y los responsables de formular políticas intentaron aplicar al presente las soluciones que Friedman había propuesto para la Gran Depresión, esas soluciones no bastaron. No es que fueran contraproducentes. Las políticas fueron suficientes para evitar que la recesión posterior a 2008 se convirtiera en una depresión en toda regla.
Pero desde nuestra perspectiva actual, tenemos motivos para temer que el éxito parcial resulte ser una victoria pírrica. Políticos —Obama, Cameron, Merkel y otros— declaran que la crisis se ha superado y que la economía es sólida. Sin embargo, según el nivel anterior a 2007, tenemos un nivel deprimido y un crecimiento anémico, junto con la aceptación de ambos como la nueva normalidad. Así, el Atlántico Norte va camino de haber desperdiciado el 10 % de su riqueza potencial. Y no se han producido cambios suficientes en la regulación del sector financiero, los estabilizadores automáticos ni otras instituciones para impedir que el Atlántico Norte vuelva a desarrollar las vulnerabilidades que resultó tener en 2007.
Ese es el final de mi historia.
¿La pequeña lección de esta historia? No deberíamos conformarnos con el estado actual de la economía. Deberíamos impulsar políticas no solo para estabilizar la situación, sino también para revertir los daños y recoger los frutos que en 2007 pensábamos que tendríamos hoy, pero que siguen pendientes.
¿La gran lección de esta historia? Que nuestra ideología, como el fuego y (esperemos) la fusión, resulta ser una buena sirvienta, pero una pésima ama. Las ideologías dan sentido al mundo entero. Las necesitamos: nuestro cerebro no puede manejar demasiada complejidad, pues apenas hemos evolucionado lo suficiente como para haber llegado hasta aquí. Pero se nos rompen entre las manos precisamente porque fuerzan al mundo a tener sentido, y a tener un único tipo de sentido, y quizá el mundo no lo tenga, o quizá no tenga ese tipo de sentido en particular.
Así pues, podemos aceptar la conclusión de que las economías de mercado descentralizadas y la propiedad privada, como instituciones sociales, están entre nuestras mayores bendiciones. Es lo que John Maynard Keynes llamó «individualismo». Y escribió:
las ventajas tradicionales del individualismo seguirán siendo válidas. Detengámonos un momento para recordar cuáles son [sus] ventajas… La ventaja en términos de eficiencia de la descentralización de las decisiones y de la responsabilidad individual es incluso mayor, quizá, de lo que suponía el siglo XIX… El individualismo… es la mejor salvaguarda de la libertad personal, en el sentido de que, comparado con cualquier otro sistema, amplía considerablemente el ámbito para ejercer la elección personal. También es la mejor salvaguarda de la variedad de la vida, que surge precisamente de ese campo ampliado de elección personal y cuya pérdida constituye la mayor de todas las pérdidas del Estado homogéneo o totalitario. Pues esta variedad preserva las tradiciones que encarnan las elecciones más seguras y acertadas de las generaciones anteriores; colorea el presente con la diversidad de su fantasía; y, al ser aliada tanto de la experimentación como de la tradición y la fantasía, es el instrumento más poderoso para mejorar el futuro…
Pero Friedman comenzó allí y construyó un puente hacia la conclusión de que, por lo tanto, episodios como la Gran Depresión eran imposibles si el banco central mantenía únicamente una masa monetaria constante y, por consiguiente, una política monetaria neutral, y de que esa política monetaria neutral bastaría por sí sola para proteger contra grandes depresiones. Y ese puente iba demasiado lejos.
Este artículo se publica en colaboración con The Washington Centre for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Brad DeLong es profesor de Economía en U.C. Berkeley, investigador asociado del NBER y fue subsecretario adjunto del Tesoro de EE. UU. entre 1993 y 1995.
Imagen: Nubes oscuras pasan sobre el centro de Miami, Florida. REUTERS/Carlos Barria.



