La economía mundial en 2018, según un premio Nobel

An employee of a foreign exchange trading company looks at a monitor showing the Japanese yen's exchange rate against the U.S. dollar in Tokyo August 4, 2011. Japan sold one trillion yen ($12.6 billion) and its central bank eased monetary policy on Thursday, joining Switzerland in efforts to tame currencies buoyed by safe-haven demand from investors fretting about the health of the global economy. REUTERS/Kim Kyung-Hoon (JAPAN - Tags: BUSINESS POLITICS)
Labor-market mismatches are likely to grow, sharpening inequality as a result.Image: REUTERS/Kim Kyung-Hoon
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A los economistas como yo nos plantean una serie de preguntas recurrentes que pueden orientar las decisiones de empresas, personas e instituciones en ámbitos como la inversión, la educación y el empleo, así como sus expectativas en materia de políticas. En la mayoría de los casos, no hay una respuesta definitiva. Pero, con suficiente información, se pueden discernir tendencias en las economías, los mercados y la tecnología, y hacer estimaciones razonables.

En el mundo desarrollado, probablemente se recordará 2017 como un período de marcados contrastes: muchas economías experimentaron una aceleración del crecimiento, mientras se daban fragmentación, polarización y tensión políticas, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. A largo plazo, es poco probable que el desempeño económico sea inmune a las fuerzas políticas y sociales centrífugas. Sin embargo, hasta ahora, los mercados y las economías han hecho caso omiso del desorden político, y el riesgo de un revés importante a corto plazo parece relativamente pequeño.

La única excepción es el Reino Unido, que ahora afronta un proceso del Brexit caótico y divisivo. En otras partes de Europa, la canciller alemana, Angela Merkel, muy debilitada, lucha por formar un gobierno de coalición. Nada de esto es bueno para el Reino Unido ni para el resto de Europa, que necesita con urgencia que Francia y Alemania trabajen juntas para reformar la Unión Europea.

Un posible shock que ha recibido mucha atención está relacionado con el endurecimiento monetario. Dada la mejora del desempeño económico en el mundo desarrollado, no parece probable que una reversión gradual de la política monetaria sumamente expansiva suponga un lastre importante o un shock para el valor de los activos. Quizá esté al alcance la tan esperada convergencia al alza de los fundamentos económicos que validaría las valoraciones del mercado.

En Asia, el presidente chino Xi Jinping está en una posición más sólida que nunca, lo que hace prever una gestión eficaz de los desequilibrios y un crecimiento más impulsado por el consumo y la innovación. India también parece encaminada a mantener el impulso de su crecimiento y sus reformas. A medida que crezcan estas economías, también lo harán otras de la región y más allá.

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En cuanto a la tecnología, especialmente la digital, China y Estados Unidos parecen destinados a dominar durante los próximos años, pues siguen financiando la investigación básica y obtienen grandes beneficios cuando se comercializan las innovaciones. Estos dos países también albergan las principales plataformas de interacción económica y social, que se benefician de los efectos de red, del cierre de brechas informativas y, quizá lo más importante, de capacidades y aplicaciones de inteligencia artificial que utilizan y generan enormes conjuntos de datos valiosos.

Estas plataformas no solo son lucrativas por sí mismas; también generan numerosas oportunidades relacionadas para nuevos modelos de negocio que operan en ellas y a su alrededor, por ejemplo, en publicidad, logística y finanzas. Por ello, las economías que carecen de plataformas de este tipo, como la UE, están en desventaja. Incluso América Latina cuenta con un importante e innovador actor nacional del comercio electrónico (Mercado Libre) y un sistema de pagos digitales (Mercado Pago).

En los sistemas de pagos en línea desde dispositivos móviles, China lleva la delantera. Como gran parte de la población del país pasó directamente del efectivo a los pagos móviles en línea —sin usar cheques ni tarjetas de crédito—, los sistemas de pago chinos son sólidos.

A principios de este mes, durante el Día de los Solteros, un festival anual de consumo orientado a los jóvenes que se ha convertido en el mayor evento de compras del mundo, Alipay, la principal plataforma de pagos en línea de China, procesó hasta 256.000 pagos por segundo mediante una sólida arquitectura de computación en la nube. También hay un margen considerable para ampliar los servicios financieros —desde la evaluación crediticia hasta la gestión de activos y los seguros— en la plataforma Alipay, y su expansión a otros países asiáticos mediante alianzas está muy avanzada.

En los próximos años, las economías desarrolladas y en desarrollo también tendrán que esforzarse por avanzar hacia patrones de crecimiento más inclusivos. En este sentido, preveo que los gobiernos nacionales podrían ceder protagonismo a las empresas, los gobiernos subnacionales, los sindicatos y las instituciones educativas y sin fines de lucro a la hora de impulsar el progreso, especialmente en lugares afectados por la fragmentación política y una reacción contra el establishment político.

Es probable que esa fragmentación se intensifique. Se prevé que la automatización mantenga e incluso acelere los cambios en el lado de la demanda de los mercados laborales, en ámbitos que van desde la manufactura y la logística hasta la medicina y el derecho, mientras que las respuestas del lado de la oferta serán mucho más lentas. Como resultado, aunque los trabajadores reciban un mayor apoyo durante las transiciones estructurales —en forma de ayudas a los ingresos y opciones de reconversión profesional—, es probable que aumenten los desajustes en el mercado laboral, agravando la desigualdad y contribuyendo a una mayor polarización política y social.

Aun así, hay motivos para un optimismo prudente. Para empezar, sigue existiendo un amplio consenso entre las economías desarrolladas y emergentes sobre la conveniencia de mantener una economía mundial relativamente abierta.

La excepción más destacada es Estados Unidos, aunque por ahora no está claro si la administración del presidente Donald Trump realmente pretende retirarse de la cooperación internacional o simplemente se está posicionando para renegociar condiciones más favorables para Estados Unidos. Lo que sí parece claro, al menos por ahora, es que no se puede contar con Estados Unidos como principal promotor y artífice del sistema mundial basado en normas que está evolucionando para gestionar la interdependencia de forma justa.

La situación es similar en lo que respecta a la mitigación del cambio climático. Estados Unidos es ahora el único país que no está comprometido con el acuerdo climático de París, que se ha mantenido pese a la retirada de la administración Trump. Incluso dentro de Estados Unidos, ciudades, estados y empresas, así como numerosas organizaciones de la sociedad civil, han manifestado un compromiso creíble con el cumplimiento de las obligaciones climáticas de Estados Unidos, con o sin el gobierno federal.

Aun así, queda mucho camino por recorrer, ya que el mundo sigue dependiendo en gran medida del carbón. Financial Times informa que la demanda de carbón en India alcanzará su máximo dentro de unos diez años, con un crecimiento moderado hasta entonces. Aunque este escenario ofrece margen para una evolución más favorable, en función de reducciones más rápidas de los costos de la energía verde, aún faltan años para que las emisiones de dióxido de carbono comiencen a disminuir.

Todo esto indica que la economía mundial afrontará graves desafíos en los próximos meses y años. Además, se cierne sobre el horizonte una montaña de deuda que inquieta a los mercados y aumenta la vulnerabilidad del sistema ante shocks desestabilizadores. Sin embargo, el escenario de referencia a corto plazo parece ser de continuidad. El poder y la influencia económicos seguirán desplazándose de oeste a este, sin cambios repentinos en los patrones de polarización laboral, de ingresos, política y social, principalmente en los países desarrollados, y sin convulsiones evidentes en el horizonte.

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