Davos vuelve a estar entre nosotros. Miles de personas subirán la mágica montaña y debatirán los desafíos más apremiantes del mundo, protegidas por un número igual, si no mayor, de militares y policías suizos.
Perturbar Davos solía ser un deporte anual, con manifestantes jugando al gato y al ratón con el atento equipo de seguridad del evento. Hoy, las protestas han disminuido, ya que los líderes de las principales organizaciones de campaña se han sumado a Davos para disfrutar de canapés y conversar. Durante un tiempo, el movimiento Occupy reavivó el impulso de protestar. Sin embargo, al igual que el movimiento Occupy, ese impulso se ha disipado en gran medida.
Perturbar Davos tenía más sentido cuando se centraba en hacer negocios en un mundo convulso. Hoy, tiene menos sentido, pues la atención se centra más en cómo superar los propios problemas. El programa de Davos parece una recopilación de las agendas de Greenpeace, Oxfam, Transparency International y las Naciones Unidas, con una pizca de las rutinas diarias de Avaaz, Alibaba y Angelina Jolie.
Davos ha cambiado durante la década en la que he subido a la montaña. El Foro Económico Mundial ha evolucionado: de ser una institución suiza sin ánimo de lucro que organizaba una serie de eventos anuales encabezados por Davos, ha pasado a ser un proceso internacional continuo en el que participan miles de personas e instituciones y cientos de iniciativas emergentes sobre temas que van desde los derechos de las mujeres hasta la corrupción, y desde la educación hasta el clima. Davos y el Foro se han convertido en parte integral de la forma en que gestionamos nuestros asuntos globales. Presidentes, directores ejecutivos y estrellas de rock van y vienen, y Davos les ha sobrevivido a todos. Esa supervivencia no se debe solo al glamour, sino también a que el Foro ofrece el mercado más sofisticado del mundo para forjar iniciativas colaborativas disruptivas concebidas para superar desafíos tóxicos y arraigados.
Mi Davos de este año encaja con este panorama. Codirijo una investigación de dos años, creada por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, sobre cómo transformar los mercados financieros y de capitales para alinear el comportamiento de prestamistas e inversores con nuestra necesidad de vivir de forma inclusiva dentro de los límites planetarios. Hoy, su comportamiento dista mucho de lo necesario, pues siguen canalizando dinero hacia empresas que destruyen el medio ambiente y exigiendo rendimientos financieros a corto plazo que llevan a las empresas a recortar costes y puestos de trabajo, en vez de invertir en competencias y en futuros beneficios económicos.
Nuestra labor no consiste solo en idear soluciones interesantes, sino en catalizar medidas ambiciosas por parte de los bancos centrales, los organismos reguladores financieros, los ministerios de finanzas, las organizaciones internacionales y los organismos normativos que establecen las reglas. Las prácticas ejemplares muestran el camino. El Dr. Atiur Rahmen, gobernador del banco central de Bangladesh, ha sido reconocido como el principal gobernador de Asia en 2014 por su liderazgo en la configuración de prácticas inclusivas y ecológicas en la banca central. Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, ha iniciado una revisión del impacto del cambio climático en el sector financiero del Reino Unido. Las bolsas de Brasil y Sudáfrica tienen requisitos estrictos de presentación de informes de sostenibilidad, y el Banco Popular de China está impulsando la integración de criterios ecológicos en el desarrollo del sistema financiero chino.
A pesar de este liderazgo, las normas y prácticas habituales, especialmente en los principales centros financieros, siguen relegando la sostenibilidad. Los guardianes del sistema financiero no consideran que promover la sostenibilidad sea parte de su trabajo, y los intereses establecidos se resisten a los desafíos a sus modelos de negocio. En tales situaciones, Davos despliega todo su potencial. Allí estarán la mayoría de los principales gobernadores de bancos centrales, reguladores financieros y ministros de finanzas, junto con los líderes de las instituciones financieras más poderosas del mundo. En una situación poco habitual, se mezclarán con agentes disruptivos que normalmente tratan de evitar, entre ellos nuevos actores financieros impulsados por nuevas tecnologías y activistas que trabajan por la transparencia, la gobernanza y el medio ambiente.
Davos reunirá a estos actores durante varias jornadas de 18 horas, que suelen empezar con desayunos de debate y terminar con conversaciones hasta bien entrada la noche, tomando algo. La mano invisible de Davos dirige este proceso y traza caminos seguros que organizan esos encuentros fortuitos en momentos productivos con próximos pasos definidos. No se puede obligar a un caballo a beber, pero pocos se van de Davos sin haber cambiado de perspectiva sobre algunas cosas.
La Investigación viajará a Davos con el propósito de involucrar a las personas adecuadas, en la combinación adecuada, en el entorno informal adecuado y con una agenda cuidadosamente preparada y adecuada. Aportará sus propios contenidos y conocimientos a la reunión, sumándose a la riqueza de conocimientos orquestada, y tratará de forjar las relaciones necesarias para catalizar medidas en cumplimiento de su mandato.
Sin Davos, la vida seguiría y se encontrarían e inventarían otros caminos. Sin embargo, en un mundo con Davos, resulta un poco más fácil impulsar cambios disruptivos por el bien común.
Este artículo se publica en colaboración con The Huffington Post. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Simon Zadek es codirector de la Investigación del PNUMA sobre el Diseño de un Sistema Financiero Sostenible
Imagen: Vistas aéreas de la estación de montaña de Davos, Suiza, donde el Foro Económico Mundial celebra su Reunión Anual.


