La caída del imperio de los economistas

A bird flies past The Bank of England in the City of London, Britain, December 12, 2017. REUTERS/Clodagh Kilcoyne - RC1622356BA0
The goal of economics is to replace certain languages that obstruct discovery of general laws with mathematics.Image: REUTERS/Clodagh Kilcoyne
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El historiador Norman Stone, fallecido en junio, siempre insistió en que los estudiantes de historia debían aprender lenguas extranjeras. La lengua da acceso a la cultura de un pueblo, y la cultura a su historia. Su historia nos dice cómo se ve a sí mismo y cómo ve a los demás. El conocimiento de las lenguas debería, por tanto, ser un componente esencial del equipamiento técnico de un historiador. Es la clave para comprender el pasado y el futuro de las relaciones internacionales.

Pero esta convicción sobre la importancia fundamental de conocer lenguas concretas se ha desvanecido, incluso entre los historiadores. Todas las ciencias sociales, en mayor o menor medida, parten del anhelo de una lengua universal en la que puedan encajar los detalles particulares que se ajusten a su visión de las cosas. Su modelo de conocimiento aspira, así, a la precisión y generalidad de las ciencias naturales. Una vez que entendemos el comportamiento humano en términos de algún principio universal y, sobre todo, ahistórico, podemos aspirar a controlarlo (y, por supuesto, a mejorarlo).

Ninguna ciencia social ha cedido más a esta tentación que la economía. Su lengua universal preferida son las matemáticas. Sus modelos del comportamiento humano no se construyen a partir de una observación detallada, sino de hipótesis que, si no se extraen exactamente del aire, sí se extraen inconscientemente del entorno intelectual y político de los economistas. Estas hipótesis constituyen luego las premisas de un razonamiento lógico del tipo: «Todas las ovejas son blancas, por tanto, la próxima oveja que encuentre será blanca». En economía: «Todos los seres humanos son maximizadores racionales de la utilidad. Por tanto, en cualquier situación, actuarán de manera que maximicen su utilidad». Este método dota a la economía de un poder predictivo único, sobre todo porque las utilidades pueden expresarse y manipularse cuantitativamente. Esto convierte a la economía, en palabras de Paul Samuelson, en la «reina de las ciencias sociales».

En principio, los economistas no niegan la necesidad de contrastar sus conclusiones. En este punto, cabría pensar que la historia sería especialmente útil. ¿Es realmente cierto que todas las ovejas son blancas, en todos los lugares y climas? Pero la mayoría de los economistas desdeña las «pruebas» que ofrece la historia, considerándolas poco mejores que la anécdota. Abordan la historia por una sola vía: la econometría. En el mejor de los casos, el pasado es un campo para la investigación estadística.

El economista Robert Solow ofrece una crítica demoledora de la identificación de la historia económica con la econometría, o «ceguera histórica», como él la llama:

«Los más brillantes de la profesión proceden como si la economía fuera la física de la sociedad. Existe un único modelo universalmente válido. Solo hay que aplicarlo. Se podría dejar caer a un economista moderno desde una máquina del tiempo… en cualquier época, en cualquier lugar, junto con su ordenador personal; podría montar un negocio sin siquiera molestarse en preguntar en qué época y en qué lugar está».

En resumen, gran parte de la modelización histórica que hacen los economistas supone que las personas del pasado tenían esencialmente los mismos valores y motivaciones que nosotros hoy. El economista y premio Nobel Robert Lucas lleva este enfoque a su conclusión lógica: «la construcción de un mundo mecánico y artificial, poblado por… robots que interactúan…, capaz de exhibir un comportamiento cuyos rasgos generales se asemejan a los del mundo real».

El objetivo de la economía es reemplazar los lenguajes particulares que obstaculizan el descubrimiento de leyes generales por el lenguaje universal de las matemáticas. Elon Musk lleva los robots interactivos de Lucas un paso más allá, con su ambición de conectar directamente el cerebro humano con el mundo (que incluye otros cerebros humanos). Nuestros pensamientos se socializarán directamente, sin la intermediación de ningún lenguaje. Cuando pienses «¡puerta, ábrete!», se abrirá. Mientras que los economistas sueñan con poner a Dios en sus modelos, los utópicos robóticos sueñan con revertir la caída del hombre creando seres humanos semejantes a dioses.

Para dejarlo claro, esta es la apoteosis de una presunción occidental. Occidente sigue considerándose portador de la civilización universal, mientras que el resto del mundo no es más que un indicador cultural rezagado. En el propio Occidente, la autoridad de la economía ha disminuido, pero esto no ha mermado la propensión de Occidente a exportar su civilización. La «buena economía» ha sido reemplazada en parte por el compromiso con los derechos humanos universales como medio para salvar al mundo de sí mismo, pero el propósito es el mismo: sermonear a todos los demás sobre sus defectos.

Aquí nos encontramos ante una paradoja. El triunfo del universalismo llega justo cuando el poder occidental se derrumba. Y fue precisamente ese poder el que hizo que el pensamiento occidental pareciera universal en primer lugar. Fue la conquista, no los misioneros, la que extendió el cristianismo por el mundo.

Lo mismo ocurre con la ciencia social occidental y los valores occidentales en general. El resto del mundo aceptó el modelo occidental de progreso, especialmente el progreso económico, porque quería liberarse de la tutela occidental. Esto sigue dando a la economía (una invención occidental) su ventaja. Es una especie de magia del hombre blanco. Pero sin el poder y la autoridad que respaldan esa magia, su atractivo está destinado a desvanecerse. El resto del mundo seguirá queriendo emular el éxito de Occidente, pero lo perseguirá por sus propios medios. La Universidad de Chicago y el MIT cederán terreno ante universidades de China o la India, y el resto del mundo elegirá qué valores occidentales adoptar.

Sin embargo, el mundo necesita algo universal que nos dé un sentido de humanidad compartida. El gran desafío, por usar esa palabra tan gastada, es desarrollar lo que el filósofo Thomas Nagel llamó una «visión desde ninguna parte» que trascienda tanto el fetichismo cultural como el cientificismo, y que no nos obligue a elegir entre ellos. Esta es una tarea para la filosofía, no para la economía.

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