Uno de los hechos más sorprendentes y desalentadores de la economía estadounidense es que, aunque cada vez más mujeres se han incorporado a la fuerza laboral, siguen ganando menos que los hombres comparables según diversos indicadores. Aunque ahora las mujeres superan en número a los hombres en la universidad, sigue habiendo una diferencia de ingresos. Parte de esta brecha se debe a que es más probable que los hombres estudien en campos bien remunerados, como las matemáticas, las ciencias y diversas áreas de la tecnología. Pero ¿por qué existe esta brecha?
Un nuevo estudio sostiene que los sesgos de género en las primeras etapas de la educación de un niño podrían ser una causa fundamental.
Por supuesto, los economistas y sociólogos ya saben mucho sobre los sesgos de género en el ámbito laboral. Diversos estudios económicos anteriores mostraron cómo los sesgos de género, incluso los inconscientes, pueden producir resultados laborales desiguales. Consideremos un artículo publicado en 2000 por Claudia Goldin, economista de la Universidad de Harvard, y Cecilia Rouse, economista de la Universidad de Princeton. Analizaron cómo los sesgos de género podían afectar las audiciones para ocupar puestos en una orquesta sinfónica. Goldin y Rouse descubrieron que hacer que la audición fuera a ciegas, pidiendo al músico que tocara detrás de una pantalla, dio lugar a la contratación de muchas más músicas. El personal de la orquesta parecía tener un sesgo inconsciente contra las candidatas.
El nuevo artículo, de los economistas Victor Lavy y Edith Sand, de la Universidad de Warwick y la Universidad de Tel Aviv, respectivamente, analiza cómo este tipo de sesgo por parte del profesorado podría afectar la trayectoria educativa futura del alumnado. En concreto, examinan los sesgos de género implícitos del profesorado de primaria. Lavy y Sand tienen acceso a un conjunto de datos de Tel Aviv, Israel, que sigue la trayectoria del alumnado desde la escuela primaria hasta la secundaria. Así pueden ver cómo los acontecimientos de la primaria afectan la trayectoria educativa de cada estudiante.
Los autores miden el sesgo de género observando la diferencia entre dos pruebas que el alumnado realiza sobre aptitudes matemáticas y lingüísticas. Una prueba es externa y la califica un evaluador independiente. Esta persona no tiene información sobre la identidad del estudiante, incluido su género. La otra prueba es interna y la califica el profesor del estudiante, que sabe bastante sobre él o ella. Lavy y Sand toman la diferencia entre las puntuaciones de las dos pruebas, que abarcan áreas muy similares, como medida del sesgo de género.
Lavy y Sand descubren que estos sesgos de género existen y tienen efectos a largo plazo. Los alumnos varones que tuvieron profesores con más sesgos obtienen mejores resultados en pruebas estandarizadas más adelante en su etapa escolar. Y ocurre lo contrario con las alumnas: obtienen peores resultados. Además, los efectos no se limitan a las puntuaciones de las pruebas. Es más probable que los chicos con profesores de primaria sesgados cursen matemáticas en la secundaria, y menos probable que lo hagan las chicas. Dado que estos cursos sirven de base para estudios posteriores de matemáticas y ciencias, esto podría explicar las brechas futuras. Los autores muestran una fuerte correlación entre las puntuaciones de las pruebas y los ingresos futuros.
Y el efecto es mayor en ciertos tipos de estudiantes. En particular, las chicas de familias con una gran diferencia en los niveles educativos se ven más afectadas por los sesgos de género tempranos. En otras palabras, si el padre de una chica tiene más estudios que su madre, esta se verá más afectada por el sesgo de género de un profesor en las primeras etapas.
La aplicabilidad directa de este estudio —en cuanto a sus hallazgos exactos— a otros países o incluso a otras ciudades de Israel es discutible. Pero, dado lo que otros estudios han descubierto sobre el alcance de los sesgos de género implícitos en Estados Unidos, es muy posible que la idea general del artículo se sostenga. Y esto significaría que las acciones en las primeras etapas de la vida de un estudiante pueden afectar no solo sus experiencias adultas, sino también la economía en su conjunto, si los sesgos de género distorsionan la asignación de posibles científicos e ingenieros. En otras palabras, la economía podría perderse la oportunidad de contar con un gran científico.
Los estudios muestran una y otra vez que la calidad de la educación y otros factores de los primeros años de vida pueden afectar los resultados posteriores. Los hallazgos de Lavy y Sand son otra señal de que las circunstancias de los primeros años de vida requieren una atención minuciosa.
Este artículo se publica en colaboración con Washington Center for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Nick Bunker es analista de políticas del Washington Center for Equitable Growth.
Imagen: Una empresaria japonesa (C) se desplaza al trabajo en el distrito Marunouchi de Tokio el 20 de septiembre de 2006. REUTERS.


