El lado oscuro de la economía colaborativa

The sharing economy could transform our cities - but we need to see the dark side too
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La economía colaborativa: según a quién se pregunte, es el motor de una economía poscapitalista, el ejemplo emblemático de la Cuarta Revolución Industrial o el fin de la civilización de consumo tal como la conocemos. A decir verdad, hay algo de cierto en cada una de estas afirmaciones, pero también es algo único que va incluso más allá.

Durante los últimos años, como asesor de empresas colaborativas, responsables políticos, inversores y emprendedores, he tenido un asiento privilegiado en primera fila: he visto cómo «el acceso por encima de la propiedad» se ha convertido en un nuevo lema, cómo los gobiernos primero ignoraron y luego quedaron desconcertados ante las realidades de la reforma regulatoria, y cómo surgió una avalancha de términos relacionados. Ahora no solo debemos preocuparnos por la economía colaborativa, sino también por la economía de los trabajos esporádicos y la economía bajo demanda. ¿Qué vendrá después?

En esencia, la economía colaborativa consiste en compartir activos ociosos, por lo general mediante plataformas tecnológicas, de maneras que generan beneficios económicos, ambientales, sociales y prácticos. O al menos, eso es lo que se supone que debe hacer. Compartir en vez de poseer ayuda a las personas —y cada vez más también a las organizaciones— a ahorrar dinero, obtener ingresos, reducir su huella de carbono, aumentar el capital social, fortalecer la comunidad, conocer gente, generar confianza (incluida la «confianza entre desconocidos») e incluso ampliar las opciones y la comodidad. De hecho, pocos modelos de negocio, si es que hay alguno, pueden ofrecer tantos beneficios a la vez. Es una propuesta extraordinariamente poderosa para las personas, las empresas y la sociedad en general.

Y, sin embargo, estamos lejos de contar con un ecosistema de economía colaborativa que hoy funcione realmente en beneficio de la sociedad o que, sinceramente, siquiera lo tenga en cuenta en muchos casos. Podemos lograrlo, pero hará falta un esfuerzo coordinado de empresas, gobiernos, inversores, medios de comunicación y, no menos importante, de los propios participantes en la economía colaborativa. Estas son las principales razones:

Lavado de imagen colaborativo

En los últimos años, el término «economía colaborativa» se ha ampliado y transformado de manera extraordinaria. Aunque todavía hay muchas plataformas que cumplen la promesa original de la economía colaborativa —aprovechar mejor los recursos, aumentando tanto la eficiencia como el capital social—, otras añaden descaradamente el término «colaborativa» sin que tenga relación alguna con su modelo de negocio. Llamar a una nueva plataforma «el Uber de X» es una señal inmediata, y la prensa ha contribuido mucho a avivar estas llamas.

La economía colaborativa no es la economía de los trabajos esporádicos

La economía colaborativa permite que las personas obtengan ingresos de nuevas maneras, sí. Pero la economía de los trabajos esporádicos va mucho más allá: afecta a trabajadores de todas las edades, especialidades e industrias, y equiparar ambas distorsiona injustamente las dos.

El futuro del trabajo es un asunto de gran importancia. En realidad, de enorme importancia. Pero sería mucho mejor describir esos problemas con precisión, en lugar de agruparlos bajo la economía colaborativa. Por ejemplo, la creciente cantidad de demandas por clasificación errónea de trabajadores (¿los conductores de vehículos de transporte con conductor y los repartidores son contratistas independientes o empleados?), las dudas sobre si la tecnología formaliza o informaliza los mercados laborales y los esfuerzos por replantear las redes de protección social ante el aumento de los trabajadores independientes giran en torno al futuro del trabajo y a los cambios en la fuerza laboral. No son propios de la economía colaborativa ni están ligados a ella.

Los activos siguen siendo importantes

«El acceso por encima de la propiedad» ofrece innumerables beneficios. Pero no nos engañemos pensando que es una panacea. Históricamente, muchas personas han guardado su patrimonio en lo que poseían: sus viviendas y pertenencias. Esos activos también servían de respaldo en tiempos difíciles. Al entrar en una era de estilos de vida con menos activos y menos posesiones físicas, no desaparece la necesidad de otras formas de riqueza en tiempos de adversidad. Si las personas ahorran o invierten el dinero que se ahorran al compartir en vez de poseer, estupendo. Pero si nos encaminamos hacia un mundo en el que las personas tienen menos activos y menos ahorros, en realidad estamos reduciendo nuestra resiliencia como sociedad.

Primero, las personas y la comunidad

A medida que ha crecido la economía colaborativa, se ha producido un claro desplazamiento hacia la facilidad y la eficiencia, a menudo a costa de las relaciones y la construcción de comunidad. Algunos han llamado a esta tensión «transacciones por encima de la transformación».

Curiosamente, cuando se entrevista a las personas sobre por qué empiezan a participar en la economía colaborativa —compartiendo su coche o incorporándose a un espacio de trabajo compartido—, la gran mayoría señala los beneficios económicos. Sin embargo, cuando se les pregunta por qué permanecen y/o se involucran más en la economía colaborativa con el tiempo, la respuesta cambia y los beneficios para la comunidad pasan a ser lo más importante: a las personas les gusta conocer a otras y formar parte de algo más grande que ellas mismas. La conclusión es que, aunque la economía importa, cualquier plataforma que no se centre en la comunidad tendrá muchas más dificultades para prosperar con el tiempo.

¿Realmente inclusiva?

Es fácil afirmar que la economía colaborativa es más inclusiva. Sin duda, si más personas pueden acceder a algo —sobre todo si quizá no pueden permitirse comprarlo—, eso es inclusivo, ¿verdad? A menudo sí, pero no necesariamente.

Debemos recordar que la inclusión no es una sola cosa: hay inclusión geográfica, étnica y racial, financiera, digital, etaria y muchas otras. Además, existen barreras a la inclusión posibilitadas por la tecnología —y normalmente involuntarias—, como los sesgos ocultos en los algoritmos que utilizan las plataformas.

Personalmente, he dedicado mucho tiempo a analizar el potencial de la economía colaborativa para ayudar a las personas con bajos ingresos. No cabe duda de que puede ayudarlas a ahorrar dinero, lo que aumenta sus ingresos disponibles y les abre camino hacia más ahorros y oportunidades. Pero si para participar en estas plataformas se necesita un acceso fiable a internet y una tarjeta de crédito, y en muchas partes del mundo muchas personas carecen de estos recursos, ¿es realmente inclusiva la economía colaborativa? En cambio, debemos abordarla de manera integral y reconocer que invertir en infraestructura digital y servicios financieros —factores esenciales para posibilitar el acceso— es necesario para que la economía colaborativa beneficie verdaderamente a todos.

La cultura empresarial, el liderazgo y la ética importan

Las empresas de economía colaborativa habilitadas por la tecnología son dos cosas: tecnología y personas. Para aprovechar la tecnología de manera responsable, necesitamos un liderazgo adecuado, una cultura empresarial sólida y principios éticos.

Este año, no hemos visto estas características puestas a prueba en ningún otro lugar tanto como en Uber. (Irónicamente, Uber no se considera parte de la economía colaborativa: siempre ha sostenido que es una plataforma tecnológica y logística, dejando de lado el aprovechamiento de recursos y la creación de comunidad; pero la prensa y el público parecen haber pasado por alto este punto). Uber ha sufrido un contratiempo tras otro, desde escándalos de acoso sexual hasta la pérdida de su licencia en Londres (porque la empresa «no es apta para operar»), la situación de conductores que luchan contra sus deudas en muchos mercados y un enfrentamiento público para destituir a su fundador y director ejecutivo.

No puedo evitar ver una y otra vez los paralelismos con la comercialización de las microfinanzas, hace unos diez años. En aquel entonces, algunas instituciones de microfinanzas (IMF) comenzaron a perseguir el crecimiento a cualquier precio, incluso concediendo préstamos sin educación financiera y anteponiendo las exigencias de los inversores de capital de riesgo a las necesidades de los clientes. Su objetivo era salir a bolsa. Sin embargo, con el tiempo, quienes lo hicieron perdieron la confianza de sus clientes y empujaron a muchos de ellos a graves dificultades personales, entre ellas la bancarrota y el suicidio.

No hacer los deberes o olvidarse de hacerlos

La mentalidad de propiedad está muy arraigada en muchas sociedades, sobre todo en los mercados desarrollados. Crear mercados bilaterales exige conocer a fondo ambas partes. Construir una comunidad requiere cultivar relaciones con el tiempo. Todo esto requiere tiempo, esfuerzo e investigación; en otras palabras, hacer los deberes.

A medida que ha crecido la economía colaborativa, algunos emprendedores e inversores se han vuelto cada vez más laxos a la hora de hacer los deberes. Esto ocurre especialmente en China, donde el gobierno ha declarado la economía colaborativa «prioridad nacional» y se ha desatado una carrera por lanzar iniciativas. Esta no siempre ha ido acompañada de la diligencia debida adecuada.

Un ejemplo reciente muy claro es el uso compartido de bicicletas sin estaciones, que se inició en China. En menos de un año, las empresas emergentes han recaudado cientos de millones de dólares y se han expandido a Estados Unidos y América Latina. Sin embargo, parece que lo han hecho sin prestar suficiente atención a los importantes problemas que ya afrontaban en China, desde los robos hasta los montones de bicicletas abandonadas que congestionan las calles de las ciudades. No es cuestión de «construirlo y vendrán»; quizá vengan, pero poco a poco y a su debido tiempo. Mientras tanto, tanto los inversores como las plataformas deberían prepararse para un camino largo y accidentado.

Recuperar todo el potencial de la economía colaborativa

Los desafíos que afronta hoy la economía colaborativa se deben en gran medida a su éxito y, como muchos estarían de acuerdo, ha llegado para quedarse. No hace falta decir que hay mucho que mejorar. ¿Qué pasos debemos dar para garantizar que la economía colaborativa sea una fuerza para el bien y tenga un año excepcional en 2018?

Volver a lo básico: sin duda, la economía colaborativa es compleja, pero no debemos incluir en ella cosas que simplemente no implican colaboración. Hay que frenar el uso excesivamente amplio de los términos.

Asumir la responsabilidad: la economía colaborativa es muy poderosa y ofrece muchos beneficios, pero no es una panacea. Debemos aprovecharla de manera responsable. Colectivamente, nosotros —las plataformas, los responsables políticos y los usuarios— debemos hacer los deberes. Es hora de que las alianzas de todo el sector inviertan en nuevos enfoques para las redes de protección social. Es hora de que los responsables políticos den un paso al frente y hagan el arduo trabajo de reformar las políticas de manera significativa, justa y adecuada. Y es hora de crear nuevas alianzas entre los sectores privado, público y social que ayuden a mantener la tecnología como un medio para alcanzar un fin, y no como un fin en sí misma.

Reformar los modelos de negocio: la economía colaborativa nos ha demostrado que hay muchas maneras nuevas, antes inimaginables, de crear una empresa. Ahora debemos llevar este conocimiento al siguiente nivel. Desde las cooperativas de plataforma hasta las empresas cebra (como alternativa a los unicornios), ha llegado el momento de invertir en modelos que, por su propio ADN, sean más equitativos y resilientes, y que ofrezcan beneficios a todas las personas que participan en su crecimiento con el tiempo.

Adoptar una perspectiva integral: para que la economía colaborativa prospere —y sea verdaderamente inclusiva—, también debe vincularse a iniciativas de inclusión digital, financiera y cultural. Invirtamos en consecuencia.

Exigir responsabilidades a la prensa y a los políticos: la prensa se ha dado un festín usando términos incorrectos y avivando debates equivocados. Los políticos están preocupados, entre otras cosas porque quedan muchas incógnitas por resolver y mucho trabajo por hacer. Pero esas excusas no pueden servir de escudo. Es hora de despertar, implicarse y ponerse manos a la obra.

En esencia, la economía colaborativa es una herramienta extraordinaria en nuestro repertorio económico. También es una parte cada vez más importante del conjunto de la economía. Así que preparémonos para su mejor año hasta ahora: uno que, ¡por fin!, la llame por lo que es, ponga a las personas en el centro y alcance todo su potencial.

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