Los días de crecimiento anual del 10 % de la economía china han terminado, como era inevitable. Pero hay buenas razones para creer que la verdadera historia no es la desaceleración, sino el cambio en la producción china de la cantidad a la calidad.
Siempre ha existido una obsesión por el crecimiento económico de China. Y con buena razón. Para una economía de gran tamaño, sostener tasas de crecimiento anual del 10 % durante varias décadas es algo sin precedentes. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que hizo China entre 1980 y 2011. Pero ahora el milagro ha terminado. Desde 2012, el crecimiento anual se ha ralentizado hasta el 7,2 %, y el reciente “informe anual de trabajo” fijó una meta de crecimiento de apenas el 6-6,5 % para 2019.
Para las numerosas legiones de quienes dudan de China, este es un momento de “te pillé”. Después de todo, el límite inferior de la meta del primer ministro implica una desaceleración del 40 % respecto de la tendencia del “milagro”. Esto parece dar la razón a las advertencias sobre la temida “trampa de renta media”: la tendencia de las economías en desarrollo de crecimiento rápido a volver a una trayectoria de crecimiento mucho más débil justo cuando empiezan a disfrutar de los primeros indicios de prosperidad. Los “primeros trabajos sobre este fenómeno eran precisos en cuanto a lo que cabe esperar: a medida que la renta per cápita se situaba en el intervalo de 16.000-17.000 dólares (en dólares de 2005 a paridad de poder adquisitivo), cabía esperar una desaceleración sostenida del crecimiento de alrededor de 2,5 puntos porcentuales. Como China alcanzó ese umbral de renta en 2017, según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional estimaciones, su desaceleración posterior a 2011 parece aún más preocupante.
Pero una de las primeras cosas que se enseñan a los estudiantes de posgrado de economía, incluso en mis tiempos, es a desconfiar de los peligros de la minería de datos. Y la trampa de renta media es un ejemplo clásico de los riesgos de los interminables cálculos numéricos. Dame una base de datos y un ordenador potente, y puedo “validar” casi cualquier relación económica que se haga pasar por una conjetura analítica. Hay cinco razones fundamentales para descartar el diagnóstico, hoy muy extendido, de que China está atrapada en la trampa de renta media.
En primer lugar, es posible que una trampa de renta media ni siquiera exista. Esa es la conclusión de Lant Pritchett y Lawrence Summersen su riguroso estudio empírico que abarca una muestra transversal amplia de 125 economías entre 1950 y 2010. Lo mejor que pudieron encontrar es una fuerte tendencia a las discontinuidades del crecimiento y a la reversión a la media. En el reciente Foro de Desarrollo de China celebrado en Pekín, Summers fue más allá al evaluar los resultados probables en las economías en desarrollo de crecimiento rápido, calificando cualquier desaceleración de reversión a la media como una mera tendencia a cerrar una “brecha post-milagro”. Huelga decir que la regularidad estadística de estas brechas periódicas de crecimiento es muy distinta del estancamiento permanente de una trampa de crecimiento.
En segundo lugar, un umbral fijo de la trampa de 16.000-17.000 dólares puede ser un gran recurso literario, pero tiene poco sentido en una economía mundial dinámica. Desde que se publicaron las primeras investigaciones sobre la trampa de renta media en 2012, la economía mundial ha crecido alrededor de un 25 %, lo que presumiblemente habría elevado en una magnitud comparable el objetivo móvil del umbral de renta media durante ese periodo. En gran medida por esa razón, la investigación más reciente ha planteado la trampa no en términos de un umbral absoluto, sino como convergencia relativa hacia las economías de renta alta. Desde esta perspectiva, el peligro surge cuando la renta de las economías en desarrollo per cápita se aproxima al 20-30 % del nivel de las economías de renta alta. Dado que China alcanzará alrededor del 30 % del PIB per cápita de Estados Unidos (en términos de PPA) en 2019, ¡ya es hora de preocuparse!
En tercer lugar, no todas las desaceleraciones del crecimiento son iguales. El PIB de un país es una agregación amplia de una multiplicidad de actividades en sectores, empresas y productos. Los cambios estructurales de un sector a otro pueden dar la apariencia de una discontinuidad del crecimiento que quizá no sea más que el resultado de una estrategia deliberada de reequilibrio. Esto se aplica mucho al caso actual de China, dado su paso de la industria manufacturera y otras industrias “secundarias”, de mayor crecimiento, a los servicios, de crecimiento más lento, o industrias “terciarias”. En la medida en que este cambio sea el resultado previsto del reequilibrio estratégico de China, una desaceleración del crecimiento resulta mucho menos alarmante.
En cuarto lugar, los desafíos abrumadores a los que se enfrenta China en esta etapa de su desarrollo económico son mucho más importantes que la cuestión de si su desaceleración es una brecha o una trampa. Qué viene después del proceso de convergencia con las economías avanzadas que operan en la frontera tecnológica? Aquí es donde entra en juego el objetivo declarado de China de pasar de la innovación importada a la innovación autóctona. La condición de renta media frente a la de renta alta es una comparación relativa para las economías en desarrollo que aspiran a operar en esa frontera. Sin perjuicio de los efectos temporales de perturbaciones exógenas periódicas, como el desapalancamiento, las desaceleraciones globales o incluso las guerras comerciales, alcanzar la frontera y sumarse a quienes la empujan más allá es la recompensa definitiva del desarrollo económico. Ese objetivo está consagrado en la aspiración del presidente Xi Jinping de que China alcance el estatus de renta alta en 2050.
Por último, el crecimiento de la productividad es mucho más importante que el crecimiento del PIB a la hora de determinar las perspectivas de desarrollo de un país. Por ello, me preocuparía mucho más que China cayera en una trampa de productividad que en una trampa de crecimiento del PIB. Un nuevo estudio sobre la productividad total de los factores, realizado por un equipo de investigadores chinos ofrece cierto consuelo en este sentido. Al igual que el trabajo de Pritchett y Summers, esta última evaluación del crecimiento de la PTF en China revela varias discontinuidades en los últimos 40 años. Pero la tendencia subyacente de los últimos cinco años es alentadora: un crecimiento anual de la PTF de alrededor del 3 %, con un crecimiento especialmente fuerte en el sector terciario. Así, a pesar de la reciente desaceleración del crecimiento agregado del PIB, el reequilibrio chino liderado por los servicios está aportando un impulso significativo a la productividad de la economía en su conjunto.
La cuestión ahora es si China puede mantener su reciente trayectoria de PTF, una posibilidad real a la luz de un giro cada vez más decidido hacia la innovación autóctona y de la productividad sostenida, impulsada por los servicios, de una creciente cohorte de trabajadores del conocimiento bien formados, y también si puede aprovechar los beneficios de la continua modernización de su stock de capital. Si lo consigue, el nuevo estudio chino concluye que la tasa potencial de crecimiento del PIB de China podría mantenerse cerca del 6 % durante los próximos cinco años. Un resultado así encajaría bastante bien con las ambiciones de China a más largo plazo.
Así que, sí, los días del crecimiento chino del 10 % han terminado. Era inevitable. Pero hay buenas razones para creer que la verdadera historia es el cambio en la producción china, de la cantidad a la calidad. Eso sugiere que China volverá a desafiar, una vez más, los temores generalizados ante una inminente trampa de renta media.



