Cómo puede el sector bancario afrontar con éxito la disrupción digital

The headquarters of the European Central Bank (ECB) is pictured in Frankfurt, Germany, June 28, 2015. The European Central Bank should not cut off support to Greek banks even if the country misses a June 30 deadline for debt repayments it cannot afford to make, French Prime Minister Manuel Valls said on Sunday. REUTERS/Ralph Orlowski TPX IMAGES OF THE DAY - GF10000142172
As technology becomes an increasingly significant component in society, will banks be able to adapt?Image: REUTERS/Ralph Orlowski
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Los equipos de supervisión bancaria del Banco de Inglaterra «reciben ahora cada semana el equivalente a dos veces la obra completa de Shakespeare para leer». Así lo afirma Huw van Steenis, autor de un nuevo informe, «El futuro de las finanzas», encargado por Mark Carney, gobernador saliente del Banco.

Se podría cuestionar la palabra «equivalente». Pocos informes regulatorios rivalizan con la obra del Bardo por su atemporalidad o su uso vívido del lenguaje: si lo hicieran, probablemente el Banco de Inglaterra los devolvería volando a sus autores. Pero el señalamiento de van Steenis sobre el volumen de informes es válido. El sistema de supervisión bancaria se ha vuelto muy complejo, con el riesgo de que el bosque desaparezca por completo de la vista entre miles de árboles.

El equipo que elaboró el informe encargó a McKinsey and Company que evaluara el costo de todos esos informes para los bancos del Reino Unido. Su estimación es de entre 2.000 y 4.500 millones de libras (entre 2.500 y 5.700 millones de dólares) al año: un rango bastante amplio, pero incluso el límite inferior es una cifra elevada, con un impacto significativo en la rentabilidad.

Van Steenis sostiene que un mejor uso de la tecnología —la tecnología regulatoria (regtech)— podría marcar la diferencia. Los reguladores deberían utilizar la inteligencia artificial y el aprendizaje automático para analizar las declaraciones regulatorias e identificar riesgos y anomalías. También señala que gran parte de la complejidad se origina en las prioridades superpuestas y a veces contradictorias de distintos reguladores. En comparación con Estados Unidos, el sistema del Reino Unido está relativamente simplificado, pero los bancos aún deben cumplir los requisitos del Banco de Inglaterra, la Autoridad de Conducta Financiera, la Autoridad de Competencia y Mercados, el Regulador de Sistemas de Pago y la Entidad de Implementación de la Banca Abierta. No siempre es fácil conciliarlos.

El problema es especialmente agudo en el sistema de pagos, cuya supervisión se ha vuelto mucho más compleja debido a la llegada de nuevos participantes —entre ellos quizá pronto Facebook, con su moneda Libra—. Como resultado, varios reguladores imponen sus propios requisitos.

Van Steenis defiende «una estrategia coordinada para mejorar nuestra infraestructura y regulación de pagos» y un enfoque que describe como análogo al control del tráfico aéreo, para garantizar que las exigencias de los distintos reguladores no recaigan sobre los bancos y otros actores de manera inmanejable y descoordinada. El Gobierno del Reino Unido ha respondido favorablemente a esa idea, pero no será fácil lograr mayor coherencia entre una serie de reguladores que tienen, cada uno, sus propias obligaciones legales y autoridades políticas. Los controladores aéreos pueden ordenar a un avión que entre en un circuito de espera, como bien sabe cualquiera que haya volado a Heathrow en los últimos años. ¿Quién puede decirle a un regulador establecido por ley que vuelva a su casilla y espere a que los demás terminen su trabajo? Debemos esperar que el Gobierno pueda responder a esa pregunta.

Las partes más interesantes de «El futuro de las finanzas» tratan sobre cómo están cambiando los medios de pago. El efectivo está en declive en muchos países, aunque el ritmo varía notablemente de un lugar a otro. Su uso ha caído más del 80 % en Suecia durante la última década y ahora disminuye un 10 % al año en el Reino Unido, mientras que apenas cambia en Alemania. Van Steenis advierte que la «experiencia sueca demuestra que, sin un plan coordinado, el ritmo del cambio corre el riesgo de excluir a algunos grupos de la sociedad».

También es escéptico respecto de las criptomonedas: «los criptoactivos que no están respaldados por una moneda son una reserva de valor poco fiable, un medio de intercambio ineficiente y, sencillamente, no dan la talla». Tampoco ve argumentos convincentes a favor de una moneda digital de banco central, lo que lo enfrenta a otras voces del ámbito de la banca central que ven ventajas en la idea, entre ellas un mayor margen para imponer tasas de interés negativas.

Sin embargo, pese a su escepticismo sobre la viabilidad de las criptomonedas, los banqueros no encontrarán tranquilizadora la lectura de «El futuro de las finanzas». El informe señala que Ant Financial, que visité en Shanghái la semana pasada, es ahora la mayor empresa de servicios financieros del mundo, con más de mil millones de clientes y ni una sola sucursal física. Cada año se realizan en China más pagos móviles y sin contacto —por valor de 15,4 billones de dólares— que los que gestionan Visa y MasterCard juntas. En respuesta al informe, el Banco de Inglaterra anunció que en el futuro se permitirá a los proveedores de pagos no bancarios mantener cuentas remuneradas en el banco central, un privilegio que antes solo tenían los bancos comerciales.

Cualquiera que trabaje en finanzas sabe que está en marcha una revolución impulsada por la tecnología disruptiva. Por ahora, apenas se comprenden plenamente sus consecuencias para quienes ofrecen servicios financieros y para quienes los regulan. El informe del Banco de Inglaterra arroja luz valiosa sobre algunos aspectos de esa revolución. Examina la amenaza que pesa sobre las principales fuentes de ingresos de los bancos tradicionales en un mundo analógico.

Es correcto hacer frente a esa amenaza y sentir inquietud. Como le dijo Laertes a Ofelia cuando ella se embarcó en su desventurado idilio con Hamlet: «Desconfía, pues; la mayor seguridad está en el temor». Probablemente esa advertencia no figure entre las lecturas semanales de los supervisores del Banco de Inglaterra, cuyo volumen equivale a la obra de Shakespeare. Quizá debería.

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