Los niveles persistentemente altos de desigualdad de ingresos o de riqueza perjudican la cohesión social, la inclusión política y la delincuencia. Las pruebas al respecto son abrumadoras. A menudo, la persistencia de una elevada desigualdad de ingresos refleja en parte profundas injusticias históricas. Afortunadamente, la historia también ofrece algunas pistas sobre cómo podríamos afrontarla.
En algunos países occidentales avanzados, la desigualdad de ingresos es mucho mayor que hace 37 años. En 1980 se había mantenido estable y en niveles bajos en el Reino Unido durante tres décadas. El período posterior a la Segunda Guerra Mundial fue una etapa de crecimiento económico inclusivo. Esta edad de oro de baja desigualdad es un período de referencia para muchos de nosotros: fue cuando crecimos. Pero hoy pocos recuerdan los tiempos que la precedieron. Los años treinta quedan demasiado lejos.
Los datos estadísticos sobre la desigualdad anteriores a la década de 1950 son bastante escasos, aunque las investigaciones siguen mejorándolos. Tenemos bastante certeza de que la desigualdad de ingresos disminuyó y se mantuvo baja en la mayoría de los países occidentales aproximadamente entre 1910 y 1980. ¿Qué hizo que disminuyera? Por supuesto, hubo más de una causa y, sin duda, las causas fueron distintas en cada lugar. Pero hay algunos elementos comunes.
Guerra y salarios
En los primeros años del siglo XX se observó una clara tendencia a la intervención estatal en la economía, aunque se institucionalizó de manera distinta en cada país. La impulsó una combinación de factores: la solidaridad social generada por las guerras, la experiencia de gestionar la economía en tiempos de guerra, el desempleo de los años treinta y el auge de las ideas socialistas. La tendencia se aceleró durante aproximadamente una década después de la Segunda Guerra Mundial.
Entre sus rasgos principales estaban la nacionalización, la ampliación de la provisión de bienestar social, salud pública y educación, y el desarrollo de servicios públicos. Los estudiosos han identificado variantes regionales: el modelo nórdico, el capitalismo renano y otros. Podría decirse que los aspectos más importantes que incidieron directamente en la desigualdad de ingresos fueron la intervención estatal en la fijación de salarios y los impuestos y transferencias redistributivos.
En muchos países se tomaron medidas para centralizar la negociación colectiva sobre salarios y condiciones laborales. En el Reino Unido, los Consejos de Salarios que regulaban los salarios en los sectores peor remunerados se crearon en 1909, y la fijación nacional de salarios se introdujo durante las dos guerras mundiales. A partir de 1945, los topes a los aumentos salariales impuestos por el Gobierno y acordados con sindicatos y empleadores estuvieron vigentes durante gran parte del tiempo hasta 1979.
En otros países, el proceso fue distinto. En Suecia, en 1938 se acordó inicialmente la negociación a nivel nacional entre las federaciones de empleadores y los sindicatos para evitar la intervención gubernamental. En Alemania Occidental, después de la Segunda Guerra Mundial, las confederaciones de empleadores y los sindicatos se reorganizaron por sectores, y la negociación salarial se llevó a cabo a nivel nacional, por industria. En Francia, los sindicatos y las organizaciones de empleadores, junto con el Gobierno, se reunieron en Le Conseil Economique en 1946.
Cambio de clima
A estas alturas ya se hacen una idea. Incluso en Estados Unidos, el Tratado de Detroit de 1945 creó un sistema tripartito destinado a mantener la paz laboral. La moderación y el sentido del deber eran virtudes dignas de elogio. Los historiadores cuentan que en los años sesenta la Casa Blanca podía criticar públicamente a los ejecutivos que se concedían grandes aumentos salariales. En los años setenta, esta tendencia intervencionista fue criticada, con cierta razón, por contribuir a la estanflación de esa década. A mediados de los años ochenta, el clima político había cambiado, especialmente en el Reino Unido y Estados Unidos.
En esos países, el nuevo clima era contrario a la intervención, sobre todo en las relaciones laborales. Tanto el presidente Ronald Reagan como la primera ministra Margaret Thatcher se enfrentaron a los sindicatos en vez de buscar un compromiso. En Gran Bretaña se desmantelaron las instituciones de consulta. En Estados Unidos, se permitió que los salarios mínimos cayeran en relación con los salarios medios.
La desigualdad en los ingresos laborales aumentó rápidamente durante los años ochenta en ambos países. La tendencia fue más lenta en el resto de Europa occidental, donde las instituciones de fijación salarial se mantuvieron, en general, más intactas. La mayoría de los comentaristas sostiene que el aumento de la desigualdad se debió a las fuerzas de cambio tecnológico y globalización, de evolución lenta, que favorecieron a los trabajadores cualificados y con formación. Sin embargo, en el Reino Unido y Estados Unidos, el cambio del clima político hizo que las instituciones de fijación salarial dejaran de moderar esas fuerzas.
La fiscalidad también estaba cambiando. En la mayoría de los países occidentales, el impuesto sobre la renta se convirtió en una importante fuente de ingresos públicos a comienzos del siglo XX. Al cambiar la orientación política, Reagan y Thatcher redujeron considerablemente la progresividad del impuesto sobre la renta, es decir, el grado en que la tasa impositiva aumenta con los ingresos.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) calcula en qué medida los impuestos y las transferencias moderan la desigualdad de ingresos en sus países miembros. Sus cálculos ilustran lo que el historiador económico Peter Lindert denomina la paradoja de Robin Hood: los niveles más altos de redistribución se dan en los países con menor desigualdad antes de impuestos. Por ejemplo, entre los países de la OCDE, los mayores niveles de redistribución se encuentran en los países escandinavos y los menores, en México y Chile.
Una cuestión de moda
¿Podemos deducir de esto que la redistribución funciona? ¿Podría el Gobierno mexicano eliminar una desigualdad enorme, con profundas raíces históricas, simplemente aumentando la progresividad de los impuestos y las transferencias? Sus programas Progresa y Prospera han condicionado las transferencias de efectivo a las personas pobres a que garanticen que sus hijos asistan a la escuela y que la familia reciba atención sanitaria preventiva. Los análisis de estos programas indican que funcionan bien.
También hay pruebas internacionales de que aumentar la progresividad de los impuestos y las transferencias reduce directamente la desigualdad de ingresos. Mis propios cálculos han demostrado que los cambios en la progresividad y los cambios en la desigualdad de ingresos en los países de la OCDE entre 2007 y 2014 están fuertemente correlacionados de forma negativa.
Este mensaje de los últimos 100 años ha pasado de moda. En Gran Bretaña y Estados Unidos, pocos partidos políticos con aspiraciones electorales serias defenderían hoy un enfoque colectivista para fijar salarios y remuneraciones o aumentar la progresividad de los impuestos y las transferencias. Aún menos se pronunciarían contra los salarios elevados. Pero las modas cambian.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation.


