La próxima crisis alimentaria ya está en marcha

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  • La última Perspectiva de los economistas jefe expresa «grave preocupación» por la interrupción de la producción de alimentos a raíz del cierre del estrecho de Ormuz.

  • Máximo Torero, economista jefe de la FAO, escribe que las «crisis en cascada» exigen que quienes toman decisiones actúen ahora para evitar las peores consecuencias posibles, tanto de esta crisis como de las inevitables crisis que vendrán.

El mundo está entrando en una era de crisis, en la que estas ya no son acontecimientos aislados, sino perturbaciones interconectadas con consecuencias globales. La COVID-19 puso al descubierto las vulnerabilidades de las cadenas de suministro mundiales. La guerra en Ucrania ha perturbado los mercados de alimentos y energía. Ahora, la crisis del estrecho de Ormuz está revelando hasta qué punto se han interconectado los mercados de energía, fertilizantes y alimentos.

Lo que comenzó como una crisis geopolítica regional se está convirtiendo en una perturbación sistémica de los sistemas agroalimentarios mundiales. Es un recordatorio reciente de que, a medida que las crisis se vuelven la norma, los países deben desarrollar resiliencia en lugar de responder a cada crisis de forma aislada.

El estrecho de Ormuz es uno de los cuellos de botella críticos del mundo. Antes del conflicto, por este estrecho paso marítimo transitaba alrededor del 35 % de las exportaciones mundiales de petróleo crudo, el 20 % de las exportaciones de gas natural licuado y hasta el 30 % de las exportaciones de fertilizantes, además de azufre, esencial para la producción de fertilizantes fosfatados. El bloqueo ha perturbado gravemente las cadenas mundiales de suministro de fertilizantes justo cuando avanzan las temporadas de siembra en ambos hemisferios.

A medida que los agricultores afrontan aumentos del 20 % al 60 % en los precios de los fertilizantes de urea, además del alza de los costos del combustible, el transporte y el riego, el mayor riesgo no son las carencias inmediatas de alimentos, sino las crisis en cascada que reducen la producción alimentaria futura. Todo empieza con picos en los precios de la energía y perturbaciones logísticas, seguidos de escasez de fertilizantes y luego menores rendimientos, cuyos efectos diferidos terminan provocando precios más altos de los alimentos y volatilidad del mercado meses después.

A medida que aumenta el riesgo de una crisis alimentaria mundial durante los próximos seis meses a un año, las decisiones que tomen los países determinarán la gravedad que alcanzará.

Ante todo, quienes formulan políticas deben proteger a las poblaciones más vulnerables. A diferencia de la COVID-19, que generó un choque de demanda cuando se paralizó la economía mundial, la crisis de Ormuz es un choque de oferta que perturba el suministro de energía y fertilizantes. Los subsidios generalizados no garantizarán el suministro ni reducirán la demanda. Además, tienen un alto costo fiscal y son regresivos. En cambio, los gobiernos deberían activar programas muy focalizados para los hogares vulnerables, especialmente en las zonas rurales, que aprovechen las lecciones de América Latina mientras los mercados y los consumidores más acomodados se adaptan a la escasez de oferta.

Las prioridades inmediatas están claras. Los gobiernos deben asegurar corredores comerciales alternativos y evitar restricciones a la exportación de energía e insumos agrícolas que solo agravan la escasez mundial. Se deben proteger los flujos de alimentos con fines humanitarios mediante mecanismos de respaldo financiero que compensen el aumento de los costos logísticos.

Los agricultores y las empresas agroalimentarias pequeñas y medianas necesitan apoyo en efectivo y acceso al crédito. El financiamiento debe llegar rápidamente para que puedan ajustar la siembra, el uso de fertilizantes y las decisiones de producción antes de que se vean afectados los próximos ciclos de cultivo. Esta crisis también es una oportunidad para formalizar a los agricultores informales mediante cooperativas y otros grupos de agricultores que puedan facilitar el acceso al financiamiento.

Los países que afrontan un aumento de las facturas de importación de fertilizantes y alimentos necesitan apoyo rápido para la balanza de pagos de instituciones financieras internacionales como el FMI. Mecanismo de Financiación de las Importaciones de Alimentos, diseñado específicamente para ayudar a los países más pobres a gestionar los aumentos repentinos de los costos de importación de alimentos durante las crisis, y la Ventana para Crisis Alimentarias, creada en 2022, deberían reactivarse. En el caso de los países que afrontan dificultades de deuda, deben ponerse a disposición donaciones.

Además de las medidas inmediatas, los países deben mejorar la eficiencia en el uso de fertilizantes mediante el mapeo de suelos, la transición a cultivos que requieren menos fertilizantes, como las legumbres, y la promoción de sistemas de cultivos intercalados que combinen cereales con cultivos fijadores de nitrógeno. Es necesario diversificar los sistemas energéticos de la agricultura, sustituyendo el riego y el bombeo con diésel por alternativas eléctricas y solares.

Un bloqueo prolongado en Ormuz podría hacer que la producción de biocombustibles fuera mucho más rentable y desviar tierras, agua y fertilizantes de la producción de alimentos. Por eso, quienes formulan políticas deben evitar estimular artificialmente la demanda de biocombustibles.

A largo plazo, los países deben centrarse en desarrollar resiliencia estructural. Esto implica invertir en puertos, carreteras, ferrocarriles, almacenes y centros logísticos diversificados, así como en corredores comerciales alternativos, para reducir la dependencia de los cuellos de botella. Los países también deberían establecer reservas estratégicas de fertilizantes, mejorar la conectividad regional e interna e invertir en sistemas energéticos más limpios y resilientes para la agricultura.

Los sistemas de alerta temprana que vigilan las perturbaciones climáticas, de los mercados y del comercio pueden ayudar a los gobiernos a prever los riesgos y actuar antes de que las crisis se conviertan en catástrofes.

Algunos podrían sostener que estas medidas son excesivas, porque quizá no llegue a materializarse una grave crisis alimentaria mundial. Pero estas recomendaciones no buscan predecir una catástrofe, sino gestionar el riesgo. Aunque no se produzca el peor escenario, aplazar la creación de resiliencia es un riesgo que el mundo no puede permitirse, especialmente cuando miles de millones de personas padecen inseguridad alimentaria y otras crisis siguen intensificándose.

Mediante una combinación de eficiencia, diversificación, innovación y pensamiento sistémico —tratando por fin la energía, los fertilizantes, los alimentos, el comercio y el clima como el sistema interconectado que son—, el mundo puede desenvolverse mejor en esta nueva era de crisis.

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