«¿Qué pasaría si pudiéramos enviar un SMS literalmente desde cualquier lugar de la Tierra a cualquier otro punto del planeta?». Ese es el mejor marco de impacto que se me ocurre para las comunicaciones por satélite aplicadas al desarrollo. No retransmisiones de vídeo, ni más redes sociales, ni una conexión rápida a internet. Una conexión sencilla y fiable —especialmente fiable— para enviar y recibir datos.
Una estación meteorológica en cualquier lugar podría transmitir sus datos de forma fiable para que las aseguradoras agrícolas puedan fijar el precio de sus productos. Un terminal de punto de venta en cualquier lugar podría realizar pagos electrónicos. Un vecino podría solicitar y pagar servicios gubernamentales. Se podría aconsejar a un agricultor que empezara la cosecha antes debido a un cambio meteorológico inminente. Una aldea podría recibir asesoramiento fundamental e información sobre cómo responder ante una emergencia, ya fuera antes de un fenómeno meteorológico, durante un brote de una enfermedad o después de un terremoto.
Las capacidades descritas anteriormente son el desafío. ¿Cómo hacemos que se conviertan en realidad? Es importante guiar la innovación tecnológica a partir del desafío, y no de un tipo de solución concreto. Las soluciones pueden adoptar muchas formas. Podríamos, por ejemplo, utilizar una red en malla de wifi en zonas de mayor densidad de población, enlaces de radio por microondas, redes GSM para enviar SMS propiamente dichos, drones de gran altitud en zonas menos densamente pobladas o, por supuesto, satélites en las zonas más dispersas. Probablemente utilizaríamos una combinación de todas estas opciones en distintos momentos.
Lo que hace especialmente interesantes a los satélites es que el wifi, GSM y los drones requieren grandes inversiones iniciales para financiar infraestructura local (torres, antenas, equipos y dispositivos distribuidos en la zona donde se necesita la comunicación). Los satélites distribuyen el coste en una zona mucho más amplia y utilizan una infraestructura mayoritariamente no local. Un solo satélite puede cubrir y prestar servicio a varios países a la vez. Además, son extremadamente fiables y se puede confiar en que transmitan datos fundamentales. Esto, a su vez, abre la puerta a compartir los costes operativos con empresas que dependen de esa comunicación. Por ejemplo, una aseguradora agrícola o un comerciante de materias primas estaría dispuesto a pagar por un servicio satelital, un canal prémium que garantice la entrega de los datos.
Este enfoque es lo que significa la «ciencia del impacto» aplicada al desarrollo: utilizar el método científico para asegurarnos de que entendemos los desafíos y las soluciones. El proceso científico requiere una observación, una hipótesis y un método para poner a prueba nuestras suposiciones y conocer el impacto, de modo que podamos hacer ajustes si es necesario o ampliar la solución si funciona. Nuestra hipótesis es que aspirar a ofrecer acceso de banda ancha puede dejar atrás a muchas personas y agravar la brecha digital. En cambio, un enfoque que aspire a proporcionar una conexión básica resiliente establecería un umbral mínimo a partir del cual podrían desarrollarse otros casos de uso. Esta garantía de conectividad reduce la brecha digital incluso en los lugares más aislados (quinientos millones de personas viven fuera de la cobertura de las redes móviles) y garantizaría que los dividendos digitales lleguen de forma fiable a más personas y a más lugares, lo que permitiría a estas comunidades beneficiarse de otras innovaciones tecnológicas que dependen de la conectividad.

Sin embargo, al consultar los últimos informes de mercado (por ejemplo, los de SIA), parece que los mayores incentivos para los proveedores de comunicaciones por satélite provienen de otros ámbitos. Por ejemplo, hay un gran impulso para ofrecer wifi rápido en aviones transoceánicos y, gracias a algunos inversores tecnológicos entusiastas con mucho capital y casos de uso muy definidos, surgen iniciativas como Internet.org de Facebook, donde algunos sitios web y usos son gratuitos y otros no. También hay proyectos ambiciosos como la propuesta de SpaceX o OneWeb, cuyos costes iniciales y operativos continuos requieren un crecimiento extremadamente rápido de la demanda para que las cuentas cuadren.
Sin embargo, sostendría que aprovechar los dividendos digitales no solo ayuda al mayor número de personas, sino que también supera con creces el tamaño de los mercados que buscan estos principales impulsores. Se prevé que el mercado del wifi a bordo alcance los 33.000 millones de dólares en 2020. El mercado de las transferencias electrónicas de dinero en los países en desarrollo ya asciende hoy a 138.000 millones de dólares y el 10 % del mundo sigue sin acceso a la comunicación de datos (SMS o superior).
Básico no significa sencillo
Una conexión básica no significa que solo sean posibles casos de uso sencillos. De hecho, este enfoque está vinculado a muchas de las revoluciones más recientes de la Cuarta Revolución Industrial. Podemos hablar, por ejemplo, de la conducción autónoma (que empieza con el transporte por carretera y también por mar) y de los objetos inteligentes (dispositivos del Internet de las cosas). En ambos casos, una de las técnicas necesarias serán los servicios de difusión «de uno a muchos». Esto significa enviar los mismos datos a muchos usuarios, por ejemplo, una actualización de software, cambios en la red vial o las tarifas de peaje. Como el dispositivo solo necesita descargar datos, no hace falta que el receptor sea complejo y potente para emitir una señal de vuelta al espacio. Así, el receptor es más sencillo y barato.
Lo interesante para el desarrollo es que muchos casos de uso pueden aprovechar este «mercado de señales difundidas». De hecho, esto se aplica a muchos de los ejemplos anteriores, que consistían en informar a lugares sobre emergencias o pandemias, o sobre el mejor momento para cosechar o los precios del mercado: en todos ellos solo hace falta recibir información.
La cadena de bloques es otra tecnología incipiente que espera transmitirse a través de satélites de comunicaciones. En esencia y en este contexto, la cadena de bloques es un mecanismo de confianza. Entre las aplicaciones que empiezan a surgir, cabe mencionar dos: la trazabilidad de los alimentos y la transparencia de los servicios bancarios gubernamentales. No se trata de una investigación especulativa: la empresa Blockstream ya está emitiendo por satélite.
Este mercado creciente de comunicaciones por satélite muy innovadoras en el sector del desarrollo no se limita a casos aislados. También hay alianzas público-privadas más amplias, como las colaboraciones en aplicaciones sanitarias en Nigeria, respuesta ante desastres en Filipinas y pesca sostenible en Indonesia.
En los últimos años ha quedado claro que existe un enorme potencial no solo para ayudar a reducir la brecha digital, sino también para crear las condiciones necesarias para obtener dividendos digitales básicos. Como ocurre en otros ámbitos de la Cuarta Revolución Industrial, estos beneficios coinciden con las últimas innovaciones en software y procesamiento de datos, y con otros sectores en auge, como los vehículos autónomos o la cadena de bloques. Sin embargo, es crucial reducir una brecha mucho más común: la que existe entre quienes entienden los desafíos del desarrollo y quienes comprenden las oportunidades que ofrecen todas estas nuevas tecnologías tan complejas. Las soluciones verdaderamente innovadoras surgirán de la combinación de esos elementos.
Este blog forma parte de una serie de publicaciones del Consejo Global del Futuro sobre Tecnologías Espaciales del Foro Económico Mundial. La serie se centrará en el futuro y la importancia del espacio para los gobiernos, las empresas, la sociedad y las personas.



