El océano puede contribuir a reducir las emisiones de carbono, al tiempo que respalda la seguridad alimentaria y los medios de vida de las comunidades de primera línea e indígenas, que soportan los mayores costes de la crisis climática.
Las nuevas tecnologías, los marcos internacionales y las estructuras de financiación mixta están acelerando la transición regenerativa, pero el debilitamiento del multilateralismo, los puntos de inflexión ecológicos y una brecha de financiación amenazan con frenar el progreso.
En el informe del Foro Económico Mundial La economía azul regenerativa: caminos hacia la prosperidad se describe cómo podemos restaurar los ecosistemas, reforzar la resiliencia y apoyar una prosperidad equitativa dentro de los límites planetarios.
El océano es nuestro aliado más poderoso y, al mismo tiempo, el menos valorado en la lucha contra el cambio climático. Además, nunca ha sido tan políticamente disputado. El deshielo del Ártico está redibujando las rutas marítimas y abriendo nuevos escenarios de competencia entre grandes potencias, y amenaza los medios de vida y las culturas de las comunidades indígenas que han cuidado esas aguas durante milenios.
La energía offshore está transformando la geopolítica de la seguridad europea. Los acuerdos pesqueros se negocian ahora junto con los acuerdos comerciales y las alianzas en materia de defensa. Antes competencia exclusiva de los ministerios de medio ambiente, el océano ha adquirido una presencia más destacada en el escenario global, aunque las comunidades que viven en primera línea de la sobrepesca, el calentamiento oceánico y el aumento del nivel del mar siguen en gran medida ausentes de esos debates.
Al mismo tiempo, está cambiando la forma en que entendemos la economía oceánica. Durante años, el enfoque dominante fue la sostenibilidad: causar menos daño, gestionar los recursos con más cuidado y frenar el ritmo del deterioro. Ese enfoque está dando paso a algo más ambicioso.
La economía azul regenerativa va más allá de mantener lo que queda. Plantea cómo las industrias oceánicas pueden restaurar activamente los ecosistemas, reconstruir las poblaciones de peces, fortalecer las comunidades costeras y generar valor económico a largo plazo en el proceso. De manera fundamental, también se pregunta quién gobierna esa transición y quién capta sus beneficios.
La economía azul regenerativa, moldeada por fuerzas más allá del océano
Pero la economía azul regenerativa no surge en el vacío. La configuran, impulsan y, en algunos casos, obstaculizan activamente fuerzas que operan mucho más allá del propio sector oceánico.
Algunas de esas fuerzas abren nuevas posibilidades: la caída de los costes tecnológicos, la consolidación de instrumentos financieros y el creciente reconocimiento por parte de los gobiernos de que la salud de los océanos y la seguridad humana son inseparables.
Otras empujan en sentido contrario: la fragmentación de la cooperación internacional, la aceleración del deterioro ecológico y una desalineación persistente entre los tipos de capital necesarios para sanar el océano.
Fijar el nivel adecuado de ambición, dirigir la inversión de forma eficaz y diseñar intervenciones que funcionen en la práctica exigen una evaluación rigurosa de ambas fuerzas.
6 factores que guían la transición regenerativa de la economía azul
Estas son las tres corrientes favorables más significativas que aceleran la transición regenerativa, y los tres obstáculos con más probabilidades de frenarla.
Corrientes favorables que aceleran la transición regenerativa
1. El océano se está convirtiendo en una prioridad geopolítica
Crece el reconocimiento del océano como aliado climático: no solo como víctima pasiva del calentamiento, sino como parte esencial de la solución. Desde los trópicos hasta el Ártico, la gobernanza oceánica atrae ya la atención de los ministerios de energía, defensa y asuntos exteriores, y no solo de las agencias ambientales.
Las preocupaciones por la seguridad energética están acelerando el despliegue de energías renovables marinas en Europa y Asia de un modo que la política climática por sí sola no habría logrado. Sin embargo, la mayor atención estratégica prestada al océano aún no se ha traducido en una mayor preocupación por las comunidades más vulnerables a su cambiante estado.
A nivel internacional, el Acuerdo en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar relativo a la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica marina en las zonas situadas fuera de la jurisdicción nacional (Acuerdo BBNJ) establece el primer marco mundial para la gobernanza de la biodiversidad marina fuera de la jurisdicción nacional. Mientras tanto, el Acuerdo de la Organización Mundial del Comercio (OMC) sobre Subvenciones a la Pesca ha sentado un precedente al prohibir las subvenciones vinculadas a la pesca ilegal y a las poblaciones de peces sobreexplotadas.
2. La tecnología de seguimiento llega a las comunidades que más la necesitan
El coste de la observación oceánica ha caído drásticamente. El seguimiento satelital de embarcaciones, la vigilancia con drones, el muestreo de ADN ambiental y el análisis de poblaciones de peces asistido por inteligencia artificial se están volviendo accesibles a precios que hace una década eran inconcebibles.
Los guardaparques comunitarios de archipiélagos remotos pueden ahora documentar la pesca ilegal con la misma rapidez y precisión que los guardacostas nacionales. Más allá de la vigilancia, la reducción de los costes de la energía fotovoltaica, las cadenas de frío alimentadas por energía solar y las embarcaciones de pesca eléctricas están transformando lo que es posible para los pequeños operadores.
Tecnologías que antes eran exclusivas de los actores industriales se están volviendo accesibles a la escala de la aldea pesquera, eliminando barreras que durante mucho tiempo han excluido a las comunidades costeras e indígenas de la gobernanza y de los beneficios económicos del mar que custodian.
3. La financiación mixta empieza a cubrir la brecha
La financiación filantrópica destinada a la acción climático-oceánica ha crecido considerablemente en los últimos años. El mercado de bonos azules está madurando, los canjes de deuda por naturaleza permiten a los Estados costeros reorientar recursos hacia la conservación oceánica, y las estructuras de financiación mixta empiezan a atraer capital privado hacia proyectos de restauración que, de otro modo, no atraerían inversión.
También crece el reconocimiento de que la gestión oceánica liderada por las comunidades supera sistemáticamente a la conservación de arriba abajo. Pero ese reconocimiento aún no se ha traducido en la práctica: las decisiones sobre quién gobierna el océano y quién se beneficia de él siguen tomándose en gran medida sin las comunidades que más dependen de él.
Obstáculos que probablemente frenarán la economía azul regenerativa
4. El multilateralismo se fragmenta en el peor momento posible
La economía azul regenerativa depende de la cooperación internacional, y esa arquitectura está sometida a una presión seria. La oposición política de Estados Unidos a la regulación ambiental está debilitando los marcos normativos de los que depende la transición, mientras que las iniciativas activas en la Organización Marítima Internacional amenazan con deshacer procesos de descarbonización que requirieron años de esfuerzo diplomático para construirse.
El Ártico se está convirtiendo en un escenario de competencia entre grandes potencias, a medida que el deshielo abre nuevas rutas marítimas y oportunidades de extracción de recursos. La minería en aguas profundas amenaza con fracturar algunas de las coaliciones más eficaces en favor de la protección oceánica. Para cientos de millones de pescadores a pequeña escala del Sur Global, el océano no es una abstracción económica: es alimento, identidad y sustento. Para los gobiernos que los representan, los ingresos pesqueros y las tasas de licencia son contribuciones significativas a la renta nacional. La argumentación económica a favor de la moderación sigue siendo difícil de sostener sin alternativas creíbles.
5. Los puntos de inflexión ecológicos no pueden evitarse mediante la gestión
El océano se acerca a umbrales climáticos más allá de los cuales ni siquiera los ecosistemas bien gobernados pueden soportar la presión. Con dos grados de calentamiento, se proyecta que la mayoría de los arrecifes de coral del mundo experimentarán episodios anuales de blanqueamiento incompatibles con la recuperación. Se proyecta que el océano Ártico experimente su primer verano sin hielo ya en la década de 2030.
Ninguna cantidad de conservación local, por bien diseñada o financiada que esté, puede proteger un arrecife o una plataforma de hielo de temperaturas que superan su tolerancia biológica. Las poblaciones de peces se desplazan hacia los polos a medida que suben las temperaturas oceánicas, lo que altera los regímenes de gobernanza y las economías comunitarias construidas en torno a sus distribuciones históricas.
En muchos ecosistemas, la ventana para una regeneración dirigida por la gestión ya se ha cerrado. La conservación sigue siendo esencial, pero no puede sustituir las reducciones de emisiones que colectivamente no hemos logrado realizar, ni la eliminación de carbono que ya no podemos evitar.
Aquí también, el océano será un aliado vital. La eliminación de carbono a escala de gigatoneladas que el IPCC indica que necesitamos está casi con certeza fuera de nuestro alcance sin aprovechar el mayor sumidero de carbono del planeta. No podemos limpiar el desastre que hemos causado sin él.
6. El capital fluye en la dirección equivocada
A pesar del creciente impulso, el capital que fluye hacia la actividad oceánica regenerativa sigue siendo solo una fracción de lo necesario. Los bonos azules se han utilizado con demasiada frecuencia para refinanciar deuda existente o apoyar infraestructuras convencionales bajo una etiqueta azul, lo que da la apariencia de ambición ambiental sin una base creíble.
La oleada de salidas de la Alianza Bancaria Cero Neta por parte de algunos de los mayores bancos del mundo en 2024 y 2025, lo que llevó a su cierre, refleja un patrón más amplio en el que las instituciones financieras priorizan el riesgo político a corto plazo sobre los objetivos climáticos a largo plazo. Los inversores de impacto, por su parte, tienen dificultades con los plazos pausados y los rendimientos modestos a corto plazo que conlleva la recuperación ecológica.
Cerrar la brecha de financiación exige no solo más capital, sino un capital fundamentalmente distinto, que incluya financiación filantrópica, estructuras de financiación mixta e inversión alineada con la misión, dispuesta a operar en los plazos que exige la recuperación del océano. Lo que está en juego, que abarca la seguridad alimentaria, la estabilidad climática y los medios de vida de cientos de millones de personas, no podría ser más alto.



