La transformación actual de Arabia Saudí se concentra en tres ejes: económico, diplomático y de transición energética.
Las conversaciones sobre Ucrania, con Arabia Saudí como mediadora, ponen de manifiesto el delicado equilibrio que el país debe mantener en una nueva realidad geopolítica compleja.
Si el país logra sortear los desafíos que tiene por delante, su transformación podría poner de relieve un papel nuevo y dinámico para Oriente Medio.
La Reunión Anual 2025 del Foro Económico Mundial en Davos arrojó luz sobre la transformación que está teniendo lugar en Oriente Medio, en particular en Arabia Saudí. Mientras la comunidad mundial lidia con incertidumbres económicas y tensiones geopolíticas, el país se perfila como un actor clave en lo que solo puede describirse como un delicado equilibrio diplomático y económico. La estrategia del Reino tiene tres vertientes: diversificar su economía para reducir su dependencia del petróleo, posicionarse como puente entre potencias mundiales rivales y mantener su papel como proveedor energético fundamental.
En el centro de esta transformación se encuentra Visión 2030, el ambicioso plan de Arabia Saudí para la diversificación económica. Las estadísticas compartidas en Davos pintan un panorama prometedor de éxito: las actividades no petroleras constituyen ahora el 52 % del PIB saudí, lo que marca un cambio histórico en una economía tradicionalmente dominada por los ingresos de los hidrocarburos. Con previsiones de un crecimiento del 6,2 % en los sectores no petroleros para 2026, el país demuestra que su diversificación económica no es meramente aspiracional, sino que se está convirtiendo en una realidad.
El aspecto más llamativo del equilibrio diplomático de Arabia Saudí es su cuidadosa gestión de dinámicas de poder global cada vez más complejas. Faisal Alibrahim, ministro de Economía y Planificación, declaró: «Queremos estar en el centro; nuestras alianzas deben seguir siendo sólidas con todas las partes interesadas». Este posicionamiento diplomático está dando resultados tangibles, ya que Riad es sede de conversaciones de alto nivel entre funcionarios estadounidenses y rusos sobre el fin de la guerra en Ucrania, un avance que pone de manifiesto el papel emergente de Arabia Saudí como mediador diplomático global.
Las cifras respaldan este posicionamiento estratégico. La inversión de 770 000 millones de dólares de Arabia Saudí en Estados Unidos, con una ampliación potencial hasta 1 billón de dólares, demuestra que el Reino no está renunciando a sus tradicionales alianzas occidentales. Sin embargo, este compromiso con Estados Unidos no se produce a expensas de otras relaciones. El Reino señala claramente que pretende mantener relaciones productivas con todas las grandes potencias.
El contexto geopolítico más amplio hace que este momento sea especialmente significativo. Según el Barómetro de Cooperación Global 2025, presentado en Davos por McKinsey & Company, la cooperación internacional se ha estancado desde 2020. Como señaló Bob Sternfels, socio director global de McKinsey: «Los índices de paz y seguridad se encuentran en sus niveles más bajos desde la Guerra Fría». En este contexto, el surgimiento de Arabia Saudí como posible mediador de paz cobra una importancia aún mayor.
El debate sobre la transición energética en Davos reveló otra dimensión de la evolución de Arabia Saudí. Como destacó Larry Fink, consejero delegado de BlackRock: «Solo los centros de datos de IA en Estados Unidos requerirán 300 GW de potencia en cinco años, seis veces los niveles actuales». Esta previsión sitúa a Arabia Saudí en una posición única, como potencia energética tradicional y, a la vez, como posible impulsora de la revolución de la IA.
Al mismo tiempo, a medida que el país diversifica su economía alejándose de los combustibles fósiles, Arabia Saudí puede posicionarse en el panorama mundial de la financiación climática. El Foro reveló que solo el 10 % de la financiación necesaria para los compromisos de cero emisiones netas se ha asegurado a escala mundial. Más alarmante aún, como señaló Bob Sternfels: «El sector de los seguros afrontó costes de 135 000 millones de dólares por desastres naturales solo en 2024, una cifra récord».
Estos hechos presentan tanto un desafío como una oportunidad para Arabia Saudí. El Fondo de Inversión Pública del país, con 700 000 millones de dólares, podría ayudar a cubrir la enorme brecha mundial de financiación climática, lo que lo posicionaría como socio esencial en las transiciones hacia la energía limpia. El aumento de los costes de los desastres amenaza la infraestructura de combustibles fósiles, pero también genera demanda de conocimientos saudíes en construcción resistente al calor y gestión del agua. Al convertirse en un gran financiador climático, Arabia Saudí podría mantener su influencia global incluso cuando los mercados petroleros decaigan, al tiempo que obtiene un acceso preferente a las tecnologías ecológicas emergentes.
Lo que hace especialmente notable esta transformación es que se produce en un contexto de incertidumbre económica mundial. Mientras la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, informó de proyecciones sólidas de crecimiento del PIB de Estados Unidos del 2,7 % (frente al 2,2 %), también señaló que «los mercados emergentes atraviesan dificultades debido a la caída del crecimiento de la productividad». La capacidad de Arabia Saudí para mantener su transformación pese a estos vientos contrarios mundiales, al tiempo que asume un papel más activo como facilitadora diplomática, resulta notable.
De cara al futuro, Arabia Saudí se enfrenta a desafíos multifacéticos. Su emergente papel de mediadora conlleva riesgos diplomáticos, mientras que las inversiones estadounidenses siguen siendo vulnerables a los cambios de política. Los objetivos de crecimiento no petrolero se enfrentan a la competencia regional, mientras que aumenta la presión de una población mayoritariamente joven que exige empleo. El dilema central del país radica en la energía: los debates de Davos revelaron tanto el aumento de los costes climáticos como el crecimiento de la demanda energética impulsada por la IA. Esto exige a Arabia Saudí gestionar simultáneamente sus activos de combustibles fósiles y, al mismo tiempo, consolidar su liderazgo en energías limpias, un equilibrio cada vez más difícil de mantener.
Si el país logra superar estos problemas, podríamos estar presenciando no solo la transformación de una sola nación, sino potencialmente el surgimiento de un nuevo modelo para que los países ricos en recursos naveguen por la compleja interacción entre la transformación económica, la transición energética y el realineamiento geopolítico.
Como han demostrado los debates de la Reunión Anual 2025, Arabia Saudí y, en términos más generales, Oriente Medio ya no se limitan a reaccionar ante las tendencias mundiales; las están moldeando activamente.



