La inflación sigue siendo una preocupación importante en todo el mundo, mientras que la inflación salarial no logra seguirle el ritmo.
Aunque los salarios de una minoría de trabajadores se han mantenido a la par de la inflación o la han superado, la mayoría está viendo cómo se reduce su poder adquisitivo.
Algunos creen que serán necesarias reformas radicales que den más voz a los trabajadores para restablecer el equilibrio.
En los últimos meses ha habido una enorme preocupación por el aumento de la inflación, agravada por el hecho de que la inflación salarial no ha logrado seguirle el ritmo. Algunos trabajadores con empleos bien remunerados han disfrutado de bonificaciones más altas y aumentos salariales que superan la inflación; se acaba de informar, por ejemplo, de que la remuneración de los directores ejecutivos se ha recuperado hasta alcanzar los niveles anteriores a la pandemia. Pero para la mayoría de los trabajadores, la inflación más elevada está erosionando el valor real de sus ingresos.
Más de una quinta parte de los trabajadores tiene dificultades para pagar las cosas que necesita para vivir. Para ellos, la crisis del coste de la vida no es un eslogan político manido, sino una realidad cotidiana. Supone verdaderas penurias. Resolverla exige replantear las políticas sobre la inflación y, de hecho, sobre la economía en general.
Los libros de texto de economía nos enseñan que el menor desempleo causa una mayor inflación salarial: la relación negativa entre desempleo y crecimiento salarial es la base de la llamada curva de Phillips. Los libros de texto también aluden a la posibilidad de espirales de precios y salarios, en las que el aumento de los precios impulsa el de los salarios. Esta forma de pensar cobró fuerza con la experiencia de la década de 1970, cuando coexistieron precios y salarios más altos y se produjo un periodo de estanflación.
Pero la situación actual muestra cómo la inflación de los precios y la de los salarios pueden desacoplarse. Como desafío a la teoría económica, los trabajadores se enfrentan a recortes de sus salarios reales y aparentemente no hay perspectivas de que estos alcancen la inflación general. Esto ocurre pese a que el desempleo es bajo. Un nivel de vida real más bajo representa ahora el precio de tener un empleo remunerado y el coste de una economía con abundancia de puestos de trabajo.
¿Por qué es baja la inflación salarial?
En realidad, los salarios están estancados desde la crisis financiera mundial de 2007-08. Los salarios reales se desplomaron en los años inmediatamente posteriores a esa crisis y, aunque volvieron a aumentar gracias a la inflación muy baja a partir de 2012, solo hace muy poco recuperaron los niveles de 2008.
Que esto sea todo lo que han conseguido en un periodo de bajo desempleo resulta algo paradójico. No está del todo claro cómo explicarlo, pero varios factores podrían ser importantes.
En primer lugar, está el declive del poder sindical, junto con el aumento del poder de las empresas. A diferencia de lo que ocurría en la década de 1970, los trabajadores británicos no pueden exigir y conseguir colectivamente aumentos salariales mediante la organización sindical. Negocian individualmente, y la mejor manera de obtener un salario más alto suele ser encontrar un nuevo empleo. El aumento del poder de mercado de las empresas también ayuda a explicar por qué han aumentado los beneficios: han subido alrededor de un 60% en términos reales en 20 años, frente a un crecimiento de alrededor del 14% de los salarios reales de los trabajadores.
En segundo lugar, hay otras formas de medir el desempleo. Aunque el desempleo registrado ha disminuido, el nivel real de desempleo es mayor: si hubiera empleos adecuados, los trabajadores que reciben prestaciones por incapacidad —cuyo número es relativamente alto en algunas zonas, como Gales y Escocia— estarían trabajando, pero no figuran en las estadísticas oficiales de desempleo.
El reciente aumento de la inactividad económica, con trabajadores —en particular, los de más edad— que abandonan la población activa, también apunta a cierto desempleo oculto. Esto importa porque implica que el poder de negociación de los trabajadores podría ser menor de lo que indican las cifras generales de desempleo.
En tercer lugar, influye el desfase temporal. Aunque ahora la inflación salarial quizá no esté aumentando tanto como la inflación de los precios, algunos sostienen que en los próximos meses empezará a subir y quizá incluso supere a esta última. El gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, ha defendido este argumento y, por ello, ha pedido moderación salarial.
Aunque no se puede descartar la posibilidad de aumentos salariales superiores a la inflación, parece descabellado pensar que los trabajadores —de todos los sectores y regiones— podrán hacer valer su poder de manera que protejan sus salarios reales. De hecho, antes de que se materialice cualquier desfase, el aumento del desempleo en respuesta a la contracción de la economía podría frenar la posibilidad de que la inflación salarial alcance la inflación general.
Es hora de adoptar nuevas políticas
Actualmente, los bancos centrales del Reino Unido y de otros países combaten la inflación subiendo los tipos de interés y revirtiendo la «creación de dinero» que llevaron a cabo mediante la expansión cuantitativa. El Banco de Inglaterra prevé que la inflación alcance un máximo de alrededor del 10% en los próximos meses, por lo que este enfoque político resulta cada vez menos convincente. Se necesitan, en cambio, nuevas políticas para garantizar que los salarios alcancen la inflación general, especialmente si se quiere evitar que los trabajadores sufran daños económicos.
Es una medida bienvenida que el Gobierno esté ofreciendo (aunque tardíamente) apoyo financiero directo a los sectores más desfavorecidos de la sociedad para ayudarles a afrontar las desorbitadas facturas energéticas. Hace tiempo, el Gobierno anunció que planeaba elevar el impuesto de sociedades del 19% al 25% para la mayoría de las empresas a partir de 2023, pero solo ahora ha decidido aplicar un impuesto extraordinario a las compañías de petróleo y gas para ayudar a financiar este apoyo, tras haberse resistido antes a la presión para hacerlo. La lección más amplia de este cambio de postura es que el Estado tiene la responsabilidad de proteger a las personas en situación de desventaja económica, y eso incluye redistribuir los ingresos de esta manera.
Sin embargo, preocupa que estos pagos de apoyo sean puntuales. ¿Ofrecerá el Gobierno nuevas transferencias de dinero en el futuro si los precios de la energía siguen subiendo? Es probable que sus instintos de conservadurismo fiscal lo impidan.
En cualquier caso, los pagos de apoyo no contribuyen a elevar la inflación salarial hasta niveles que igualen la inflación general. Sería más fácil lograrlo si los trabajadores tuvieran mayor poder de negociación.
Restablecer el poder de negociación de los trabajadores exige reformas radicales. Implica replantear las estructuras de gobierno corporativo y dar a los trabajadores más voz en las empresas. También supone fortalecer el poder sindical y ampliar las formas de propiedad pública y de los trabajadores.
Solo cuando abordemos los desequilibrios de poder que perpetúan los bajos salarios reales lograremos una economía sostenible y gestionada en beneficio de todos, no solo de unos pocos.




