La resiliencia está pasando de ser un concepto defensivo a un motor estratégico de la creación de valor sostenible a largo plazo y del rendimiento ajustado al riesgo.
Construir carteras resilientes requiere claridad estratégica, adaptabilidad, una preparación disciplinada y un apetito de riesgo explícito para absorber las perturbaciones y aprovechar las oportunidades.
El capital de inversión a largo plazo ayuda a las naciones a crecer y a construir resiliencia, algo esencial ante las probables nuevas turbulencias de la próxima década.
La economía mundial ha sufrido una sucesión de disrupciones en los últimos años: una pandemia, presiones en las cadenas de suministro, conflictos regionales, una inflación persistente, cambios en las políticas monetarias y comerciales, los impactos climáticos y la rápida aceleración de la IA. Estos acontecimientos están creando un entorno de riesgo más complejo, incierto e interconectado.
Para los inversores institucionales a largo plazo, la resiliencia ya no puede considerarse solo una capa de protección. Es esencial para la creación de valor sostenible. La resiliencia puede construirse de forma sistemática, medirse a lo largo del tiempo y reforzarse a lo largo de los ciclos. Fortalece el desempeño financiero y permite a los inversores preservar el valor, aprovechando al mismo tiempo las oportunidades que genera una mayor incertidumbre.
Una institución de inversión resiliente se mantiene ágil y no solo sobrevive bajo presión, sino que prospera. La claridad estratégica, una gobernanza sólida, una toma de decisiones disciplinada, equipos de alto rendimiento, una gestión de riesgos robusta y una comunicación transparente refuerzan la capacidad de un inversor para aprovechar oportunidades, manteniéndose alineado con los objetivos a largo plazo y con el apetito de riesgo a lo largo de los ciclos del mercado.
Características de una institución resiliente
En Mubadala, la resiliencia está integrada en la forma en que definimos y gestionamos nuestra estrategia, nuestra cartera y nuestra institución.
1. Una estrategia resiliente
La resiliencia comienza con la claridad estratégica y una tolerancia al riesgo predefinida. Los equipos de inversión deben mantenerse alineados con los objetivos a largo plazo, siendo al mismo tiempo capaces de aprovechar oportunidades en entornos volátiles a corto plazo. Esto exige contrastar las convicciones de un inversor sobre los temas y tendencias que impulsan la economía mundial frente a escenarios, incluidas las implicaciones de un mundo fragmentado, disrupciones tecnológicas más rápidas, cambios demográficos, un mayor nivel de deuda y una volatilidad climática creciente. Estos cambios estructurales están redefiniendo la creación de valor, la exposición al riesgo y la distribución de los posibles resultados.
Una estrategia resiliente se centra en los fundamentos y en los cambios transformadores a largo plazo en el mundo que siguen siendo válidos aunque las condiciones cambien. Se articula en torno a una construcción de carteras sólida que traduce las fuerzas estructurales en escenarios prospectivos, y a marcos para la asignación de capital que mantienen las opciones del inversor y evitan los bandazos reactivos. Los factores críticos de la estrategia —como el equilibrio entre diversificación y concentración de capital en sectores o geografías prometedores, los presupuestos de riesgo explícitos, una gestión rigurosa de la liquidez y el ritmo de inversión a lo largo del ciclo— permiten al inversor ser a la vez adaptable y estable, capaz de evolucionar con el mundo, pero alineado con los objetivos a largo plazo y con la tolerancia al riesgo.
2. Una cartera resiliente
Una cartera resiliente está diseñada para absorber y recuperarse de las perturbaciones, proteger la liquidez y aprovechar las oportunidades en medio de una incertidumbre persistente. La gestión de la cartera requiere capacidades bien establecidas, incluidas las perspectivas de mercado, para ajustarse de forma dinámica cuando cambian las condiciones del mercado, mejorando la resiliencia y la recuperación tras las perturbaciones.
De manera crucial, una cartera de alto rendimiento considera la resiliencia como una fuente de rentabilidad. Asociarse con gestores de primer nivel e invertir en empresas de alta calidad ayuda no solo a mitigar el impacto de las perturbaciones, sino que también permite a las instituciones salir de una crisis en una posición competitiva más sólida. Sin una cartera resiliente y gestionada con control de riesgos, un inversor no podrá actuar con eficacia cuando los mercados se desestabilicen y no obtendrá el valor óptimo a largo plazo.
3. Una institución resiliente
Una institución resiliente es la base sobre la que pueden tener éxito las decisiones de estrategia y de cartera. Surge de una cultura de gobernanza disciplinada y de una gestión eficaz del riesgo, de una fuerte confianza en el juicio analítico e imparcial, y de una rendición de cuentas transparente. Esto protege las capacidades operativas y permite una gobernanza ágil. Las instituciones resilientes invierten por anticipado en capital humano, tecnología y datos para reforzar la toma de decisiones rápida y bien fundamentada. Incorporan marcos de riesgo sólidos y modelos de colaboración estrechos para garantizar que la institución pueda soportar las crisis, aprender y adaptarse con rapidez y salir fortalecida. En un mundo definido por la complejidad y el aumento de los riesgos, la resiliencia institucional se convierte en una ventaja competitiva duradera.
El capital a largo plazo respalda a las naciones resilientes
Hoy en día, las naciones están repensando la resiliencia económica para adaptarse, competir y prosperar. Los gobiernos buscan fortalecer los cimientos de sus economías. La importancia de la resiliencia se hace más evidente al considerar sistemas específicos.
Un suministro diversificado y fiable de energía y recursos sustenta la competitividad nacional y reduce la vulnerabilidad ante perturbaciones externas. Las inversiones tempranas en infraestructuras críticas garantizan el acceso y la estabilidad en periodos de volatilidad. Hoy en día, la electrificación, la modernización industrial y la demanda digital, que crece rápidamente, están transformando los sistemas energéticos mundiales. Las redes modernas, el almacenamiento, las energías renovables y las soluciones bajas en carbono contribuyen todas a un futuro más resiliente y seguro.
La soberanía tecnológica, la digitalización y la IA están generando una demanda sin precedentes de datos, capacidad de cómputo y conectividad, al tiempo que amplifican los riesgos cibernéticos, de privacidad y operativos. Los centros de datos, las redes avanzadas, las plataformas en la nube, los ecosistemas de semiconductores, las aplicaciones de software y las empresas nativas de IA son esenciales para la resiliencia nacional moderna. Las economías que invierten en estos sistemas están en mejores condiciones de aprovechar las ganancias de productividad de la IA y de la transformación digital de forma segura y responsable.
Las cadenas de suministro se están adaptando a una economía mundial más regionalizada. Los centros industriales y logísticos se están convirtiendo en activos necesarios que ayudan a las naciones a impulsar el desarrollo industrial.
La atención sanitaria y las ciencias de la vida son pilares esenciales de la resiliencia social y de la bioseguridad. Unos sistemas sanitarios sólidos y la innovación en diagnóstico, terapias y fabricación avanzada ayudan a los países a mantener la estabilidad y la productividad.
Los sistemas financieros se están transformando a medida que las cargas de deuda siguen siendo elevadas. Los nuevos activos digitales y las finanzas descentralizadas están ampliando las formas en que se crea y transfiere el valor. La IA está mejorando la rapidez y la precisión de la toma de decisiones financieras, lo que favorece mercados más resilientes y adaptables cuando se combina con controles de riesgo sólidos.
Mubadala lleva décadas invirtiendo en estos sectores, que constituyen la columna vertebral del crecimiento futuro: ya sea directamente, como accionista de empresas dirigidas por equipos directivos sólidos a los que apoyamos para competir y crecer; o indirectamente, a través de gestores de fondos del cuartil superior.
El capital institucional a largo plazo desempeña un papel fundamental y facilitador: aporta paciencia, escala y estabilidad, en consonancia con los horizontes de varias décadas necesarios para modernizar las industrias, acelerar la transición climática y la adaptación, profundizar la innovación y fortalecer las empresas. Al asociarse con empresas, partes interesadas y comunidades, el capital a largo plazo cataliza la formación de capital, respalda la participación del sector privado y permite a las empresas crecer, innovar, expandirse y competir. Se convierte en una fuerza vital que ayuda a las naciones a construir economías resilientes, más dinámicas, competitivas y preparadas para el futuro.
Una década de resiliencia
La década que se avecina probablemente será aún más volátil que la anterior, marcada por los cambios geopolíticos, las disrupciones tecnológicas y la aceleración de las presiones climáticas. La resiliencia será un motor del rendimiento a largo plazo, que permitirá a las empresas y economías adaptarse con rapidez y aprovechar las oportunidades.
Para los inversores a largo plazo, la resiliencia fortalece los cimientos del crecimiento, impulsa la innovación y garantiza que el capital pueda desplegarse con confianza. Se está convirtiendo en una ventaja competitiva decisiva y en una vía esencial para generar valor duradero para las generaciones futuras.
