¿Sabemos cómo se desarrollan las economías? Evidentemente no, al parecer; de lo contrario, todos los países estarían logrando mejores resultados de los que obtienen actualmente en estos tiempos de bajo crecimiento. De hecho, los casos de crecimiento rápido y sostenido, como el de Japón a partir de la década de 1960, o el de otros países del sudeste asiático una década después, son tan raros que a menudo se describen como «milagros económicos».
Sin embargo, cuando Patrick Collison, de la empresa de infraestructura de software Stripe, y Tyler Cowen, de la Universidad George Mason, publicaron recientemente un artículo en The Atlantic en el que pedían una nueva «ciencia del progreso» audaz e interdisciplinaria, desataron una oleada de indignación justificada entre el mundo académico.
Muchos señalaron la enorme cantidad de investigación académica y aplicada que ya aborda lo que Collison y Cowen proponen incluir en una nueva disciplina de «Estudios sobre el Progreso». Hoy en día, legiones de economistas investigan cuestiones como qué explica la ubicación de los grupos tecnológicos como Silicon Valley, por qué la Revolución Industrial se produjo cuando lo hizo o por qué algunas organizaciones son mucho más productivas e innovadoras que otras. Como señaló recientemente Gina Neff, de la Universidad de Oxford, en un comentario en Twitter, la Revolución Industrial dio incluso origen a la sociología, o lo que ella denominó «Estudios sobre el Progreso 1.0».
Todo esto es cierto, y sin embargo Collison y Cowen tienen razón en algo. Es evidente que a los investigadores académicos les cuesta trabajar juntos más allá de las fronteras disciplinarias, a pesar de las reiteradas peticiones para que lo hagan con más frecuencia. Esto se debe en gran medida a los incentivos que animan a los académicos a especializarse en ámbitos cada vez más estrechos, de modo que puedan producir las publicaciones que les permitirán ascender y obtener reconocimiento profesional. El mundo tiene problemas, como reza el viejo refrán, pero las universidades tienen departamentos. Por ello, los institutos de investigación interdisciplinaria, como el mío y el de Neff, deben considerar cuidadosamente la mejor manera de impulsar las carreras de los colegas más jóvenes. El mismo problema de compartimentación surge en el gobierno, que también se organiza por departamentos.
Además, las modas en la investigación pueden provocar esfuerzos intelectuales enormemente desproporcionados en ámbitos específicos. Por poner un ejemplo, la ética de la inteligencia artificial es sin duda un tema importante, pero ¿es realmente el principal desafío de investigación actual, incluso en los campos de la IA o de la ética? Los incentivos financieros inherentes a los modelos de negocio de las empresas tecnológicas me parecen al menos tan importantes como la moral a la hora de explicar el comportamiento de estas empresas.
Al mismo tiempo, algunas cuestiones económicas importantes están sorprendentemente poco exploradas. Por ejemplo, en su reciente libro The Technology Trap, Carl Freyamplía su visión pesimista sobre lo que significará la automatización para los empleos del futuro, señalando los efectos adversos que la Revolución Industrial original tuvo sobre el trabajador típico. Sin embargo, Frey también señala que un período posterior de automatización, la era de la producción en masa a mediados del siglo XX, fue una época de alto empleo y prosperidad cada vez más extendida. ¿Qué explica la gran diferencia entre esas dos eras?
En términos más generales, los investigadores deben destilar sus conclusiones de forma accesible para los responsables políticos –especialmente cuando existen importantes desacuerdos académicos– y persuadir a los responsables de la toma de decisiones para que actúen en consecuencia. Sin embargo, aunque el público confía en líneas generales en la investigación académica, la mayoría de los académicos son malos comunicadores (lo cual, de nuevo, refleja sus incentivos profesionales). Además, lo último que algunos políticos quieren es una prueba que desmienta una creencia muy arraigada. E incluso los funcionarios de mente abierta a menudo tienen dificultades para encontrar conocimientos académicos fácilmente comprensibles sobre el estado del saber, en particular en cuestiones relacionadas con la ciencia y la tecnología novedosas.
Hoy en día, el papel de la investigación en el cambio de comportamiento –ya sea de los responsables gubernamentales o de las empresas y los ciudadanos– forma parte de la crisis más amplia de legitimidad en las democracias occidentales. A principios de la década de 2000, los tecnócratas –y los economistas en particular– dominaban la escena, y los gobiernos delegaron amplias parcelas de la política en organismos de expertos independientes, como los bancos centrales y los reguladores de los servicios públicos. Pero entonces llegó la crisis financiera mundial de 2008. Con unos ingresos reales estancados para muchos y un aumento de las «muertes por desesperación», no es sorprendente que la experiencia haya perdido su prestigio para gran parte del público.muertes por desesperación en aumento, no es sorprendente que la experiencia haya perdido su prestigio para gran parte del público.
Esto nos lleva a un último punto sobre la necesidad de una ciencia del progreso: ¿qué entendemos realmente por «progreso»? ¿Cómo debe medirse y supervisarse, y quién lo experimenta? Por muchas razones, el indicador habitual del crecimiento real del PIB, que deja fuera gran parte de lo que la gente valora, ya no será suficiente.
El debate sobre el progreso plantea, por tanto, profundas cuestiones políticas y filosóficas sobre el tipo de sociedades que queremos. Si la economía mundial entra en recesión, como parece probable en este momento, las divisiones sociales y la polarización política se intensificarán aún más. Y el mensaje claro desde el cambio de milenio es que, si la mayoría de la gente no experimenta el progreso, entonces la sociedad en realidad no está progresando en absoluto.
La investigación académica actual –sobre el impacto de las nuevas tecnologías, la economía de la innovación y la calidad de la gestión, por ejemplo– puede estar aportando cada vez más piezas del rompecabezas. Pero muchas cuestiones cruciales sobre el progreso económico siguen sin respuesta, y otras ni siquiera se han planteado correctamente.



