Los mercados agrícolas y alimentarios están plagados de ineficiencias que tienen consecuencias dramáticas para el bienestar de las poblaciones más vulnerables del mundo. A escala mundial, las subvenciones agrícolasascienden a más de 560.000 millones de dólares al año, una cifra equivalente a casi cuatro veces la ayuda que los países más ricos conceden a los países en desarrollo. Las principales economías emergentes han aumentado rápidamente sus subvenciones, mientras que los países ricos las han reducido drásticamente. Entretanto, los aranceles a los productos agrícolas siguen siendo un importante punto de fricción en las negociaciones comerciales mundiales.
Un tercio de la producción mundial de alimentos se convierte en desperdicio, mientras que la inseguridad alimentaria sigue muy extendida en los países en desarrollo. A pesar del extraordinario aumento de la productividad agrícola desde mediados del siglo XX, la seguridad alimentaria sigue siendo un desafío para gran parte del mundo en desarrollo. La producción de calorías alimentarias tendrá que aumentar un 70 % para 2050 a fin de seguir el ritmo de una población mundial que, según las previsiones, crecerá hasta alcanzar los 9.700 millones de personas, frente a los 7.300 millones del año pasado. La inseguridad alimentaria puede provocar violencia y conflictos que se extiendan mucho más allá de las fronteras.
¿Cómo pueden los responsables políticos afrontar este desafío? Eliminar las distorsiones del mercado, aunque no sea la solución completa, contribuiría en gran medida a reducir la inseguridad alimentaria en los países en desarrollo. En primer lugar, todos los países deben esforzarse de forma coordinada por desmantelar las barreras directas e indirectas al comercio, lo que ayudará a los países de bajos ingresos a desarrollar sus sectores agrícolas. Al mismo tiempo, estos países también deben actuar para aumentar la productividad eliminando los obstáculos a la inversión y atrayendo así el capital extranjero que tanto necesitan.
Tierra, productividad y potencial
Destinar a la producción todas las tierras sin uso del mundo, suponiendo que todo lo demás permanezca igual, solo bastaría para alimentar a 9.000 millones de personas. Por supuesto, este cálculo aproximado no tiene en cuenta los avances tecnológicos ni la reducción del desperdicio de alimentos y la degradación de las tierras, pero sí ilustra la magnitud del problema.
La respuesta, entonces, es mejorar la productividad. Hay un amplio margen para aumentar la producción en las tierras agrícolas existentes: por ejemplo, en el África subsahariana, los rendimientos actuales están un 50 % por debajo de su potencial. Sin embargo, las barreras a la inversión transfronteriza dificultan la financiación de la adopción de nuevas tecnologías que podrían aumentar los rendimientos. Entre estas barreras figuran la infraestructura inadecuada, los riesgos de expropiación y las dudas sobre la tenencia de la tierra o, en términos más generales, la opacidad de los derechos de propiedad. Una oleada de acuerdos transfronterizos sobre tierras en los países en desarrollo tras la crisis alimentaria de 2007‒08 ha remitido desde entonces, lo que plantea dudas sobre la sostenibilidad de esas inversiones.
Así, aunque la demanda de alimentos se ha desplazado de Occidente a Oriente debido a los distintos ritmos de crecimiento demográfico, las economías avanzadas siguen concentrando la mayor parte de las exportaciones.
Desafíos futuros
La rápida urbanización y el acelerado crecimiento demográfico, especialmente en Asia y el África subsahariana, no han ido acompañados de aumentos en el suministro interno de alimentos, lo que ha generado una dependencia cada vez mayor de las importaciones. Desde 1990, 27 países han pasado de ser exportadores netos de alimentos a importadores netos, entre ellos Honduras, Filipinas, Zimbabue y Vietnam.
Los alimentos llevan mucho tiempo siendo un escollo en las negociaciones comerciales internacionales, pese a representar apenas el 8 % del valor del comercio mundial. Por ejemplo, los desacuerdos sobre agricultura hicieron fracasar la Ronda de Doha de negociaciones comerciales mundiales en 2008. Todos los países siguen mostrando un marcado sesgo contrario al comercio en la estructura de las ayudas a sus agricultores y recurren a instrumentos de política —como aranceles y cuotas— que tienen graves consecuencias para los consumidores. Entre los mercados más distorsionados figuran los de la soja, el azúcar, el arroz, el trigo y la carne de vacuno.
Eliminar las barreras ayudaría a integrar a los países de bajos ingresos en el comercio mundial. Paradójicamente, las políticas destinadas a estabilizar los precios y la disponibilidad de alimentos pueden tener el efecto contrario. Por ejemplo, en 2008, el rápido aumento de los precios llevó a los países exportadores a imponer restricciones a los envíos de alimentos al extranjero para aumentar el suministro interno. Entretanto, los importadores de alimentos redujeron las barreras a las compras en el exterior. En conjunto, estas dos políticas agravaron el repunte de los precios de los alimentos.
Hay formas más eficaces de reducir la volatilidad de los precios en los países de bajos ingresos, donde los alimentos representan más de la mitad del consumo total. Los repuntes de los precios de los alimentos pueden moderarse con medidas que incluyan garantizar una mayor productividad agrícola, mejorar las cadenas de suministro y coordinarse a escala regional para mantener y gestionar las reservas de cereales.
El cambio climático plantea otro desafío para la seguridad alimentaria. En algunas regiones, los cambios en las temperaturas medias y los patrones de precipitación, junto con fenómenos meteorológicos extremos como las olas de calor, reducen el rendimiento de los cultivos y la productividad ganadera. En otras regiones, en cambio, un aumento moderado de las temperaturas medias podría elevar los rendimientos. Los países menos desarrollados situados cerca del ecuador son los más vulnerables. Etiopía, donde las dos principales temporadas de lluvias aportan más del 80 % de la producción agrícola, sufrió recientemente algunas de las peores sequías en décadas.
Se prevé que estos fenómenos meteorológicos extremos se agraven y sean más frecuentes. Medidas como la agricultura climáticamente inteligente pueden mitigar el impacto del cambio climático al ofrecer a los pequeños agricultores oportunidades para producir cultivos más nutritivos de forma sostenible y eficiente. Aun así, los desafíos que plantea el cambio climático no harán sino aumentar la presión sobre los responsables políticos para que desmantelen las barreras al comercio y la inversión que frenan los aumentos de productividad agrícola.



