Por qué los mayores riesgos que afrontamos no tienen nada que ver con la caída en picado de las cotizaciones bursátiles

A screen displays the Dow Jones Industrial Average after the closing bell on the floor of the New York Stock Exchange, (NYSE) in New York, U.S., February 8, 2018. REUTERS/Brendan McDermid
The world is facing bigger threats than economic stability, such as the environment and cyberattacksImage: REUTERS/Brendan McDermid
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La agitación que sacudió muchos mercados financieros del mundo en los últimos días es un oportuno recordatorio de los riesgos y las vulnerabilidades. El crecimiento mundial podría haber vuelto a los niveles anteriores a la crisis de 2008, pero los peores riesgos que afrontamos no provienen de la volatilidad bursátil. Más bien, están relacionados con interconexiones cada vez más complejas entre la tecnología, el medio ambiente, los ciberataques y las tendencias políticas, entre ellas la creciente posibilidad de proteccionismo.

Al analizar los resultados de la encuesta anual de percepción de riesgos del Foro Económico Mundial recogidos en el Informe sobre riesgos mundiales, resulta sorprendente observar cómo los riesgos económicos y financieros mundiales han ido perdiendo protagonismo durante los últimos 10 años. Este año apenas se mencionaron. Parte de ese cambio refleja una saludable atención a otros asuntos apremiantes, ahora que afrontar las consecuencias de la crisis financiera requiere menos recursos. Pero, podría decirse que, en parte, también refleja un exceso de confianza en la solidez de todos nuestros sistemas.

Las oscilaciones del mercado de esta semana han sido pronunciadas, pero todavía no constituyen un problema sistémico. Tras fuertes ventas tanto el lunes como el jueves, el Dow Jones Industrial Average, o promedio industrial Dow Jones, DJIA, +1,38 % y el S&P 500, SPX, +1,49 %entraron en territorio de «corrección» al caer más de un 10 % desde sus máximos.

Aunque esto ha puesto nerviosos a muchos participantes del mercado y ha generado la expectativa de que la volatilidad seguirá siendo inevitable, se ha observado una confianza notable en que los acontecimientos de esta semana representan una liquidación «tradicional», y no el tipo de desmoronamiento sistémico que se cernía sobre nosotros cuando se desplomó el mercado hipotecario de alto riesgo hace 10 años. Esto subraya que, desde la crisis, se ha trabajado mucho para reforzar el sistema financiero mundial.

Y, sin embargo, también llamó la atención que la liquidación bursátil se centrara en el ecosistema de ingeniería financiera que se ha desarrollado en torno al VIX VIX, -9,64 % en los últimos años: un indicador de volatilidad, difícilmente una zona oscura del mercado a la que nadie hubiera prestado atención. La ausencia de volatilidad durante buena parte del actual mercado alcista ha sido imposible de pasar por alto y ha dado lugar a innumerables notas y comentarios sobre la inevitabilidad de cierto ajuste cuando vuelva. Así que esta ola de perturbaciones no debería sorprendernos, sobre todo en un momento de inflexión para la política monetaria mundial.

Pero, si no deberían sorprendernos los riesgos que se materializan en torno al VIX, ¿qué hay de otros elefantes en la habitación que podrían desencadenar problemas? En el Informe sobre riesgos mundiales de este año señalamos dos vulnerabilidades de larga data.

5 sencillos pasos para alcanzar 1 millón de dólares

La primera era una posible corrección de los precios de los activos: esta semana hemos visto claramente cómo parte de ese riesgo se propagaba por el sistema financiero, pero tendría que ser muy valiente quien afirmara que ya no quedan áreas donde las valoraciones parecen excesivas. Seguimos en una situación potencialmente volátil.

La segunda señal de alarma que planteamos se refería al endeudamiento, cuyas vulnerabilidades se han agravado en muchos casos desde la crisis financiera de 2008. En los países del G-20, la deuda del sector no financiero aumentó de 80 billones de dólares en 2007 a 135 billones en 2016. La emisión de deuda corporativa se ha disparado en muchos países, y un indicador sugiere que las ratios de deuda sobre capital de las empresas estadounidenses se han duplicado desde la crisis. Mientras tanto, muchas economías emergentes están especialmente expuestas a las subidas de los tipos de interés mundiales. Por ejemplo, en octubre del año pasado, el gobernador del Banco Central de Kenia advirtió que la deuda pública de muchos países africanos había alcanzado niveles en los que un impacto externo «podría hacernos caer».

Nuevas fracturas y fragilidades

Los precios de los activos y los niveles de deuda representan posibles desencadenantes de perturbaciones a corto plazo, pero también hay que considerar riesgos más profundos. El mundo está experimentando varias transformaciones simultáneas que han introducido fracturas y fragilidades en los modelos económicos dominantes.

La tecnología es el ejemplo más evidente. La profundidad y el ritmo de los cambios en curso podrían trastocar muchos de nuestros supuestos económicos básicos, sobre todo en lo que respecta al funcionamiento de los mercados laborales.

La creciente posibilidad de un resurgimiento del proteccionismo es otra posible fuente de inestabilidad económica y financiera a largo plazo. Se ha roto el consenso entre las principales potencias mundiales sobre las reglas vigentes de la globalización, y los efectos indirectos en la formulación de políticas económicas nacionales podrían empujarnos hacia un enfoque precario del comercio de suma cero. Todo esto está estrechamente relacionado con la evolución de las desigualdades en muchos países; una vez más este año, las disparidades de riqueza e ingresos ocuparon uno de los tres primeros puestos de nuestra encuesta como factor impulsor de los riesgos mundiales durante los próximos 10 años.

Otra transformación con potencial para desatar el caos tiene que ver con el medio ambiente y con los profundos cambios que probablemente tendremos que realizar para mitigar el cambio climático y adaptarnos a él. En el ámbito financiero, cada vez son más las voces de los sectores público y privado que reclaman medidas frente a los posibles «riesgos de transición», que se materializarán si nuestra transición hacia un futuro con bajas emisiones de carbono y ambientalmente sostenible cobra impulso.

Pero la preocupación por el potencial de perturbación financiera de los activos de combustibles fósiles que podrían quedar varados es solo la punta del iceberg. Los cambios estructurales que afrontan los países y regiones más afectados por las transiciones energéticas y ambientales —como Oriente Medio, donde las tensiones ya son elevadas— no solo provocarán desajustes económicos y financieros, sino también profundos desafíos y perturbaciones sociales y geopolíticos.

El potencial de un colapso descontrolado, más allá de los daños graduales

Y aquí empezamos a considerar los riesgos complejos o sistémicos, capaces de causarnos no solo daños graduales, sino también un colapso descontrolado o un cambio abrupto hacia un nuevo statu quo subóptimo del que resulte difícil salir. Vivimos en un mundo caracterizado por redes de interconexión cada vez más densas. Se han multiplicado las posibles vías por las que pueden propagarse en cascada los riesgos, y el ritmo se ha acelerado. La tecnología ha sido un potente canal para estas vulnerabilidades sistémicas.

Pensemos en el salto que dieron los ciberriesgos en 2017, cuando ataques antes extraordinarios se volvieron cada vez más habituales. Un ataque como WannaCry hizo que las tensiones geopolíticas desembocaran en una brecha tecnológica que, a su vez, tuvo un impacto social y económico inmediato; se registraron interrupciones en bancos, hospitales, ministerios, proveedores de energía y redes de transporte. Si no se hubiera encontrado un «interruptor de emergencia» para detener el ataque, los daños y las perturbaciones podrían haber sido mucho, mucho peores.

Hay motivos de sobra para evitar la complacencia ante los riesgos puramente financieros, pero cada vez debemos preocuparnos más por los riesgos sistémicos complejos. La humanidad ha adquirido una notable capacidad para aprender a gestionar los riesgos convencionales, que son relativamente fáciles de aislar y abordar con técnicas estándar de gestión de riesgos. Sin embargo, tenemos mucho menos éxito frente a los riesgos complejos de los sistemas mundiales de los que dependemos, caracterizados por ciclos de retroalimentación, puntos de inflexión y relaciones opacas de causa y efecto que dificultan la evaluación y la intervención.

Debemos estar alerta ante nuevos episodios de volatilidad como el que esta semana borró billones de dólares de los mercados de renta variable.

Algunas de las vulnerabilidades frente a las que debemos protegernos están claras. Pero también debemos explorar el horizonte en busca de perturbaciones inesperadas y redoblar nuestros esfuerzos para dotar de la mayor resiliencia y capacidad de adaptación posibles a todos los sistemas mundiales de los que dependemos.

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