Las mejoras en la salud pueden tener un efecto tremendamente positivo en el bienestar de la sociedad y en el nivel de actividad económica. De hecho, el informe pionero de 2013 de la Comisión de The Lancet indica que alrededor del 11 por ciento del crecimiento económico de las últimas décadas puede atribuirse a estas mejoras. Por ello, tiene mucho sentido que los macroeconomistas presten atención a los indicadores de salud y a los factores que los influyen, como el gasto público en salud.
En este contexto, no sorprende que el impacto de los programas respaldados por el FMI en el gasto público en salud haya generado considerable atención. Las investigaciones anteriores, centradas en períodos previos a la crisis financiera mundial, indican que los programas respaldados por el Fondo tienen un efecto positivo en el gasto público en salud (Martin y Segura, 2004; Center for Global Development, 2007; Clements, Gupta y Nozaki, 2013). Pero ¿se mantiene este patrón si ampliamos el análisis a años más recientes? En este blog, volvemos a examinar estas pruebas en las economías en desarrollo.
Según nuestra evaluación de la evolución entre 2003 y 2012, constatamos que los patrones generales identificados en nuestro análisis empírico revisado por pares anterior siguen vigentes: el gasto aumentó a un ritmo más acelerado en los países con programas respaldados por el Fondo que en los que no los tenían (Figura 1). Por ejemplo, observamos que el gasto en salud ha aumentado, como proporción del PIB, a un ritmo anual más rápido en los países con programas respaldados por el Fondo. Esto ocurre especialmente en los países de bajos ingresos (que pagan cero intereses en el marco de los programas respaldados por el Fondo), así como en los del África subsahariana. Durante un período de 10 años, la diferencia acumulada entre los países de bajos ingresos con programas y aquellos sin programas es considerable: alrededor de 0,6 puntos porcentuales del PIB. Nuestro análisis econométrico de 2013 indica que, si controlamos los factores macroeconómicos que afectan al gasto en salud, el impacto casi se duplica.
La misma imagen del efecto de los programas respaldados por el Fondo se observa al centrarnos en otras medidas del aumento del gasto. Por ejemplo, el gasto real en salud por persona creció a un promedio anual de alrededor del 6½ por ciento en los países de bajos ingresos con programas; en cambio, los que no tenían programas registraron aumentos del gasto de un promedio del 4½ por ciento. Al examinar la evolución entre el inicio de la crisis financiera mundial, en 2008, y 2012, encontramos una historia similar. Los países afectados negativamente por el virus del Ébola también muestran mayores aumentos del gasto (como porcentaje del PIB) durante los períodos con programas respaldados por el Fondo: Guinea lo aumentó en 0,7 puntos porcentuales, Liberia en 1,6 y Sierra Leona en 0,24 puntos (entre 2010 y 2013).
¿Por qué tienen un efecto positivo en el gasto en salud los programas respaldados por el Fondo? Como se sugiere en nuestro trabajo anterior, una razón es el énfasis de estos programas en reformas tributarias que aumentan los ingresos, lo que puede ayudar a los países a incrementar el gasto social de manera fiscalmente sostenible. Además, en la medida en que los programas conduzcan a un mayor crecimiento económico, los programas respaldados por el FMI pueden contribuir a generar el margen fiscal (incluso mediante un crecimiento más sólido de los ingresos) para financiar estos desembolsos. Otro canal es el efecto catalizador de los programas respaldados por el FMI en la financiación de los donantes, que también puede ampliar los recursos disponibles para financiar el gasto prioritario tanto en salud como en otros programas. Más recientemente, la incorporación de pisos mínimos de gasto social en los programas respaldados por el Fondo también ha alentado a los países a aumentar el gasto en salud. La Oficina de Evaluación Independiente del FMI constató que 29 de los 30 programas recientes incorporaban estos pisos mínimos (IEO, 2014).
En suma, las pruebas recientes siguen indicando que los programas respaldados por el Fondo son compatibles con los planes de los países para ampliar el gasto público en salud. Aumentar el gasto en salud, por supuesto, es solo una pieza del rompecabezas para lograr mejores resultados sanitarios. En particular, los países también deberían centrarse en las reformas que mejoren la eficiencia de este gasto, ámbito en el que hay un margen significativo de mejora (Coady, Francese y Shang, 2014).

Este artículo se publica en colaboración con IMF Direct. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Benedict Clements es jefe de División de la División de Política de Gasto del Departamento de Finanzas Públicas del FMI. Sanjeev Gupta es director interino del Departamento de Finanzas Públicas del Fondo Monetario Internacional (FMI). Masahiro Nozaki es director de contenidos y responsable de medios.
Imagen: Una enfermera posa para una foto en un centro de traumatología del University of Mississippi Medical Center, en Jackson, Mississippi, el 4 de octubre de 2013. REUTERS/Jonathan Bachman.


