Desde que la crisis financiera de 2008 sumió a la economía mundial en una espiral descendente, se ha hablado mucho de la necesidad de perseguir una prosperidad inclusiva y sostenible. Sin embargo, tanto los responsables políticos de los países desarrollados como los de los países en desarrollo han seguido recurriendo en gran medida a estrategias reactivas y unidimensionales destinadas a impulsar el crecimiento económico, en lugar de adoptar un enfoque sistémico que dé prioridad a los objetivos sociales y ambientales. Esto podría estar a punto de cambiar.
Un reciente informe titulado New Growth Models – elaborado por el premio Nobel Michael Spence y un grupo de destacados profesionales de la política y de los negocios, y presentado en la reunión de 2014 del Foro Económico Mundial en Davos – pone de relieve las deficiencias del enfoque actual. Más importante aún, insta a los responsables políticos de todo el mundo a comprometerse con nuevos modelos de crecimiento que fomenten la inclusión y la sostenibilidad, junto con la prosperidad.
Los problemas de la trayectoria de crecimiento actual del mundo están bien documentados. El planeta se resiente bajo la carga de una población humana de rápido crecimiento y cada vez más ávida de consumo.
Además, a pesar de los grandes avances en la reducción de la pobreza –logrados en gran medida gracias al auge económico sin precedentes de China en las últimas tres décadas–, la desigualdad aumenta en todo el mundo. La creciente interconexión ha contribuido a una mayor volatilidad, ya que los países individuales luchan por afrontar desafíos que van desde la seguridad alimentaria hasta la reforma financiera. Si los responsables políticos siguen centrándose exclusivamente en el crecimiento de la producción, la estabilidad de la economía mundial –y, en efecto, su viabilidad– se verá seriamente amenazada.
Por supuesto, no se trata de una idea nueva. El controvertido estudio del Club de Roma de 1972, Limits to Growth, sentó un nuevo estándar para la teoría de la catástrofe moderna de inspiración ecológica, al advertir de que el consumo sin control conduciría a «un colapso económico mundial y a un descenso demográfico precipitado».
Descalificado por los economistas convencionales como técnicamente inadecuado, Limits to Growth quedó prácticamente enterrado en las décadas siguientes, a medida que se afianzaban y extendían las políticas proeconomía de mercado impulsadas por el presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher. Más recientemente, los beneficios ampliamente distribuidos del auge de China han confirmado a muchos que un enfoque obsesivo en el crecimiento funciona en la práctica, aunque sea teóricamente defectuoso.
Pero tres acontecimientos recientes han reavivado el debate sobre el crecimiento sin restricciones. Para empezar, la crisis financiera mundial y la recesión posterior pusieron al descubierto las consecuencias del fundamentalismo de libre mercado, socavando así el apoyo popular e ideológico a la visión neoliberal de que los mercados son los más aptos para determinar los resultados sociales.
Además, China –encarnación del movimiento a favor del crecimiento a cualquier precio– ha señalado un cambio de política hacia la búsqueda de mejores resultados sociales y ambientales, junto con avances del PIB más moderados. Se trata en gran medida de una virtud nacida de la necesidad: el crecimiento impulsado por las exportaciones se ha ralentizado, lo que ha aumentado el riesgo de malestar social por cuestiones como la contaminación atmosférica, la toxicidad de los alimentos y la corrupción. Pero el nuevo enfoque también se basa en el reconocimiento de que el desarrollo continuado de China depende de un equilibrio saludable entre ecología y economía.
Este cambio está vinculado a un tercer desarrollo, más amplio: la creciente comprensión mundial de hacia dónde se dirige el planeta en materia ambiental, especialmente en lo que respecta al cambio climático. Si bien la ciencia mejora constantemente, las pruebas son abundantes y claras. Es la economía de la acción ambiental la que ahora constituye el núcleo del debate político, a diferencia de lo que ocurría en 1972.
La buena noticia es que cada vez son menos los economistas que cuestionan la necesidad de avanzar hacia una economía verde, aunque este consenso emergente aún no se refleja en la retórica económica pro-crecimiento ni en la política y las políticas públicas fuera de China y de casos atípicos como Bután. La cuestión ahora es cómo cambiar las reglas económicas del juego para incentivar a los posibles ganadores a impulsar el progreso o, al menos, neutralizar la capacidad de los probables perdedores para obstaculizarlo.
New Growth Models sostiene que los mercados no deberían decidir por sí solos nuestro destino colectivo; también son necesarios objetivos y métricas no económicos –tanto sociales como ambientales– que orienten las aspiraciones y las políticas económicas de los países. Se trata de una visión radical: si se aplicara a la elaboración de la política económica convencional, los resultados serían nada menos que revolucionarios.
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Autor: Simon Zadek es investigador principal del Global Green Growth Institute, Suiza, y miembro del Global Agenda Council on New Growth Models.
Imagen: Vehículo circulando junto a un agente de tráfico en Pekín, el 10 de febrero de 2014. REUTERS/Jason Lee



