por Shadi Hamid*
Acabo de regresar de El Cairo, donde me reuní con activistas de la oposición. La transición ha dado un giro brusco a peor. La frustración y la pérdida de impulso se sienten por todas partes, sobre todo tras los acontecimientos de Maspero, donde murieron más de 20 manifestantes cristianos, muchos de ellos aplastados por vehículos militares. En toda la región, ya sea en Baréin, Siria o Yemen, la situación parece aún peor, en marcado contraste con el optimismo inicial de febrero y marzo de 2011.
Cuando los participantes en la reunión del Foro Económico Mundial se congreguen la próxima semana, tendrán que abordar esta cuestión. Lo que está en juego siempre es mucho. Pero este año es aún más.
Los especialistas y analistas de Oriente Medio suelen centrarse en la dimensión económica o en la política de los cambios en el mundo árabe. Por eso, a veces, la perspectiva general parece más limitada de lo que debería. La Primavera Árabe nos ha demostrado que ambas dimensiones están estrechamente vinculadas: la economía influye en la política, y la política, en la economía. El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi, un vendedor de fruta, se prendió fuego en Sidi Bouzid, Túnez. En la historia de Bouazizi confluyeron todos estos factores: agravios económicos, un régimen que no rendía cuentas y un ataque a la dignidad de los tunecinos comunes.
Retrocedamos un año. Túnez y Egipto eran aclamados como historias de éxito económico, con un impresionante crecimiento anual del PIB de alrededor del 5 al 7 por ciento. En 2008, el entonces director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, calificó la economía tunecina de «ejemplo para los países emergentes», mientras que el Banco Mundial la consideró una «líder en reformas» regulatorias. Sin embargo, el crecimiento económico vino acompañado de desigualdad económica y de crecientes disparidades regionales entre las ciudades costeras, como Túnez, y las zonas interiores más pobres, incluida la localidad de Sidi Bouzid.
Egipto y Túnez, pese a todo su aparente éxito económico, fueron los primeros países en experimentar revoluciones. No fue casualidad. Y, mientras los gobiernos de Egipto y Túnez emprenden la difícil tarea de reconstruir sus países, maltrechos, su capacidad y voluntad de llevar a cabo reformas estructurales se verán determinadas y limitadas —por primera vez— por lo que quieran los votantes. Los nuevos partidos políticos y gobiernos necesitarán tantas ideas prácticas e innovadoras como puedan obtener para combatir la pobreza, reformar el sistema tributario y transformar la educación. Para bien o para mal, esas ideas también deben ser viables políticamente y estar en sintonía con el sentir popular. Las ideas y recomendaciones que surjan de la reunión del Foro Económico Mundial de la próxima semana pueden ayudar a impulsar esos debates en un momento crítico e incierto.
*Shadi Hamid es director de investigación del Brookings Doha Center y miembro del Saban Center for Middle East Policy de la Brookings Institution. Asistirá a la Reunión Especial del Foro Económico Mundial sobre Crecimiento Económico y Creación de Empleo.

