Aunque la creencia en el globalismo (una conspiración de arriba abajo para imponer un sistema internacional que se sobrepone a la soberanía nacional) pueda estar muerta, la globalización goza de excelente salud. Por ello, sigue siendo esencial un orden internacional eficaz y resiliente, formado por Estados nacionales sólidos.
¿Surgirá por fin la cooperación mundial del estancamiento en 2019? El reciente acuerdo de la comunidad internacional sobre un “libro de normas” para aplicar el Acuerdo de París sobre el clima parece ofrecer cierta esperanza. Pero las encuestas de opinión sugieren que muchos siguen preocupados por que una recesión económica mundial o una crisis geopolítica importante ponga a prueba la resiliencia del sistema internacional. Y no está nada claro que el sistema vaya a superar esa prueba.
Tal como están las cosas, quizá las mayores barreras para la cooperación internacional sean políticas. En los últimos años se ha intensificado la reacción contraria a la cooperación internacional, arraigada en parte en temores (alimentados por líderes políticos populistas en muchos países) de que las “élites” transnacionales traten de imponer “globalismo”: una “ideología que antepone el orden mundial neoliberal a los intereses nacionales.”
Pero las perspectivas que refutan esta narrativa parecen ganar terreno. Muchos líderes mundiales creen que los países occidentales desaprovecharon su influencia sobre el sistema internacional al intervenir política y militarmente en los asuntos de otros sin un objetivo final claro. Algunos también sostienen que la élite mundial solo ha fingido perseguir un cambio socioeconómico, mientras que en realidad ha mantenido un statu quo que le ha beneficiado.
Muchos creen que, sin embargo, las jerarquías verticales que durante mucho tiempo han sostenido el orden mundial se están viendo alteradas por la creciente influencia política y económica de las redes horizontales. Incluso Estados Unidos, según se afirma a menudo, ha pasado de apoyar el sistema multilateral a socavarlo.
Pero, aunque la creencia en el globalismo (una conspiración de arriba abajo para imponer un sistema internacional que se sobrepone a la soberanía nacional) pueda estar muerta, la globalización goza de excelente salud. Como expuso el historiador Yuval Harari en su libro Sapiens, la historia sigue avanzando “lentamente en la dirección de la unidad global”. Por ello, sigue siendo esencial un orden internacional eficaz y resiliente, formado por Estados nacionales sólidos.
Los líderes mundiales no cuestionan la necesidad de un orden de este tipo. Más bien, el principal desafío político para la cooperación mundial consiste en gestionar nuestro mundo diversificado y pluralista dentro de la arquitectura institucional establecida, al tiempo que se supera la tendencia de algunos a asociar cualquier esfuerzo por dar forma a la globalización con el globalismo, el internacionalismo o el imperialismo.
¿Qué se necesitaría para construir un sistema más resiliente, capaz de resistir perturbaciones repentinas y mantener al mismo tiempo sus funciones básicas? La respuesta no es sencilla. Aunque se ha realizado una importante investigación reciente sobre lo que hace resiliente a una persona, no existe una explicación global clara de lo que hace resiliente a un país o a un sistema internacional.
No obstante, los seres humanos parecen tener una predisposición a construir sistemas organizativos amplios. En Sapiens, Harari recoge las iniciativas de comerciantes, profetas y conquistadores, a lo largo de milenios, para “establecer un orden aplicable a todos en todas partes”. Esto le lleva a observar que los seres humanos son el único animal social “guiado por los intereses de toda la especie a la que pertenece”.
En términos prácticos, un orden internacional actualizado debe tener en cuenta los cuatro desarrollos distintos que caracterizan la encarnación más reciente de la globalización. Para empezar, el mundo avanza hacia un sistema multipolar, en el que Estados Unidos ya no es la fuerza internacional dominante. Además, hemos entrado en la época del Antropoceno, en la que la actividad humana es la principal influencia sobre el clima y el medio ambiente. Ahora tenemos la capacidad de destruir otras especies de forma tan eficaz que, según Edward O. Wilson advierte, podríamos “eliminar más de la mitad de todas las especies a finales de este siglo”.
Tercero, la desigualdad, que aumenta de forma acusada, ha convertido la inclusión económica y la equidad en una prioridad para muchos votantes. Esto dará forma a la política nacional en un futuro previsible y, por tanto, contribuirá a determinar el destino del orden liberal actual.
Por último, lo que el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial Klaus Schwab denomina la Cuarta Revolución Industrial nos obliga a considerar “cómo la tecnología está afectando a nuestras vidas y remodelando nuestros entornos económicos, sociales, culturales y humanos”. Por ejemplo, el economista Richard Baldwin prevé un arbitraje de los salarios en el sector servicios, posibilitado por las plataformas digitales. Como resultado, advierte: “cientos de millones de trabajadores de servicios y profesionales de las economías avanzadas se verán expuestos, por primera vez en la historia, a los desafíos y oportunidades de la globalización”.
Dada la naturaleza cambiante de la globalización, quizá se entienda mejor en términos conceptuales que como fenómeno histórico. Esta es la razón de ser del tema de la próxima reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos (Suiza): “Globalización 4.0: configurar una arquitectura mundial en la era de la Cuarta Revolución Industrial”.

Averiguar cómo influir mejor en el curso de la globalización no será fácil. Pero también aquí los seres humanos parecen tener una inclinación natural. De hecho, muchos científicos creen ahora que pensar en el futuro es la característica definitoria de los humanos, y sostienen que “mirar hacia el futuro, de forma consciente e inconsciente, es una función central de nuestro gran cerebro”, y que planificarlo reduce el estrés y aumenta la felicidad.
Estamos programados para pensar en el futuro de nuestro planeta, y ese futuro exige una arquitectura institucional más robusta y resiliente que tenga en cuenta las cuatro fuerzas clave que dan forma a la Globalización 4.0. Deberíamos ponernos manos a la obra para construirla.



