Al comenzar 2018 y mirar hacia la Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos, muchos de los mayores desafíos del mundo siguen sin resolverse y sin recibir atención por parte de los líderes de los gobiernos y las empresas.
No cabe duda de que el mundo está en transición y la incertidumbre se ha convertido en la nueva normalidad.
Las instituciones, las reglas de interacción y las normas sociales que nos han regido durante mucho tiempo están siendo atacadas y atraviesan un período de disrupción. Tan solo en los últimos tres años, hemos visto el rápido auge del populismo y el nativismo en muchos países. Esto ha incluido la aparición de liderazgos de «hombres fuertes» y el aumento de los partidos políticos de derecha en todo el mundo occidental. En este período, hemos oído innumerables promesas de «recuperar» antiguas formas de hacer las cosas; por ejemplo, devolver la manufactura y otros empleos tradicionales de baja cualificación a los países de origen, revitalizar industrias anticuadas y obsoletas, renegar de los compromisos contra el cambio climático y exigir que se detenga la globalización.
La tecnología sigue avanzando a una velocidad vertiginosa. No hace tanto, trabajábamos con la tecnología: entendíamos cómo funcionaba, estaba a nuestro alrededor y la controlábamos. Hoy, comentaristas de todo el espectro nos dicen constantemente que imaginemos un futuro en el que casi todas las profesiones y carreras acabarán quedando relegadas por esta misma tecnología. La realidad es que las máquinas ya pueden realizar muchas funciones humanas básicas y que se están desarrollando tecnologías para asumir tareas muy sofisticadas y que algún día podrían llegar a ser conscientes.
Las sociedades impulsadas por la tecnología deben centrarse en la igualdad social
Pero la tecnología no es lo único que pone a prueba nuestra forma de pensar. También importa lo que ocurre en la sociedad: cómo compartimos la riqueza, abordamos las desigualdades y damos voz a todas las personas.
Un ejemplo es que, pese a años de investigación, promoción y debate público y privado, la brecha de género mundial no está mejorando. El último Informe Global sobre la Brecha de Género del Foro Económico Mundial concluyó que se necesitarán 100 años para cerrar la brecha de género mundial en general y 217 años para lograr la paridad económica entre mujeres y hombres.

Los estudios muestran que el mundo en su conjunto podría aumentar el PIB mundial en 5,3 billones de dólares estadounidenses para 2025 si redujera la brecha de género en la participación económica siquiera un 25 % durante ese mismo período. Sin embargo, aparentemente no podemos lograr avances reales y duraderos en este tema. En la era digital, esto es esencialmente un «error» de nuestra sociedad mundial, y creemos que ha llegado el momento de corregirlo.
Toda esta incertidumbre y complejidad ha dado lugar a la ansiedad en torno a cómo será el futuro. Hoy, en las empresas, muchos se centran únicamente en agendas de eficiencia a corto plazo, y en el gobierno puede parecer que gobernar de verdad queda en segundo plano frente a ganar las próximas elecciones. Estos estilos de liderazgo anticuados no nos prepararán para el futuro.
¿Quién puede abordar mejor estos problemas: el gobierno o las empresas?
Muchas personas quieren un debate público sincero sobre cómo podría ser el futuro y cómo podrán lograr mayor igualdad, equidad, orgullo personal, dignidad, empleo e ingresos. La forma en que nuestras sociedades aborden estas cuestiones dependerá de cómo gestionemos la transición a un nuevo mundo. En un mundo fragmentado, donde las viejas formas ya no funcionan, tenemos que poder cuestionar los supuestos y contar con el valor y la determinación para hacer cambios potencialmente radicales. Pero lo que ha faltado en gran medida hasta ahora es una participación verdaderamente significativa entre la ciudadanía y los líderes empresariales y políticos que nos conduzca a resolver problemas en conjunto, colaborar de verdad y actuar cuando más lo necesitamos.
Ahora es esencial que la ciudadanía y los líderes empresariales y políticos trabajen juntos, escuchando con sinceridad puntos de vista diversos. Debemos trazar juntos una imagen del futuro que contemple todos los detalles y desafíos del camino para alcanzarlo, sin pasar por alto la letra pequeña. Esto exigirá comportamientos distintos —de los líderes políticos, los líderes empresariales y la ciudadanía—: preocuparse por el conjunto, y no solo por los intereses individuales, y tener el valor de hacer lo necesario para crear un futuro compartido.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de la organización global EY ni de sus firmas miembro.



