Si piensa en países que salen de la pobreza, probablemente imagine algo como esto: trabajadores subempleados que abandonan granjas ineficientes para trabajar en fábricas que producen textiles y prendas de vestir para los mercados nacionales y de exportación. Con el tiempo, este cambio eleva la productividad y los salarios en toda la economía, mientras que las cestas de producción y exportación de los países se diversifican hacia bienes y servicios más sofisticados.
Durante las últimas décadas, esta imagen habría sido en gran medida acertada. Corea del Sur es un ejemplo destacado: en la década de 1950, una gran parte de su población todavía trabajaba en el sector agrícola. Diez años después, sus exportaciones manufacturadas consistían principalmente en textiles, prendas de vestir, calzado y pelucas. Dos generaciones más tarde, en 2017, Corea era el quinto mayor exportador de mercancías del mundo y el noveno mayor importador. Incluso si su teléfono móvil y sus electrodomésticos no fueron fabricados por una empresa coreana, casi con toda seguridad contienen circuitos integrados que sí lo fueron.
De diversas maneras y en distinta medida, países desde Bangladés hasta Colombia y China han recorrido este camino. Desde los albores de la Revolución Industrial, a finales del siglo XVIII en Inglaterra, ‘transformación estructural’ –término que los economistas utilizan para describir el proceso de trasladar personas y recursos desde el trabajo de subsistencia hacia actividades más productivas– ha comenzado con la manufactura intensiva en mano de obra. Y, desde la década de 1950, el comercio ha sido un acelerador clave de la transformación estructural en los países en desarrollo, lo que ha permitido un crecimiento y una reducción de la pobreza mucho más rápidos de lo que de otro modo habría sido posible.
Lo bastante bueno para competir
El comercio importa en esta historia porque, en la mayoría de los países en desarrollo, los sectores comerciables a nivel internacional suelen ser mucho más productivos que el resto de la economía. Trasladar más personas y capital de actividades no comerciables a empresas que operan con bienes y servicios comerciables genera, por tanto, mejores empleos y una economía más productiva en su conjunto; después de todo, el mercado mundial ofrece niveles de demanda muy superiores a los de los pequeños mercados nacionales, y es una fuente de ideas, insumos y conocimientos técnicos. Mientras tanto, la disciplina de la competencia en los mercados internacionales sirve como una prueba constante de la eficiencia operativa de las empresas: para tener éxito, deben ser lo bastante buenas para competir.
A partir de la década de 1990, surgió un giro en la manufactura y el comercio: las tecnologías de comunicación mejoradas, combinadas con mercados abiertos y previsibles, impulsaron un aumento drástico de las cadenas de suministro multinacionales. Las empresas podían coordinar con mayor facilidad las operaciones entre instalaciones de producción dispersas, y tener una confianza razonable en las condiciones de acceso que recibirían sus bienes en los mercados de destino. Esto hizo posible desagregar actividades que antes se realizaban dentro de una sola fábrica entre regiones e incluso océanos, ubicando cada etapa de la producción donde pudiera llevarse a cabo con la mejor calidad y al mejor precio.
Esta ‘revolución de la cadena de valor’ no solo redujo los costos para las empresas y los precios para los consumidores, sino que también bajó el listón para que los países en desarrollo accedieran a los mercados mundiales. Los países y las empresas ya no necesitaban producir bienes terminados: podían aprovechar los beneficios del comercio internacional produciendo o procesando componentes dentro de cadenas de valor más amplias.
Dos desafíos graves
La transformación estructural impulsada por el comercio puede redefinir las posibilidades económicas de los países y sus perspectivas para erradicar la pobreza extrema y crear un gran número de empleos, tal como contemplan los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pero hoy enfrenta dos desafíos graves.
En primer lugar, la economía mundial abierta en sí misma está amenazada. Se han impuesto nuevas restricciones comerciales sobre cientos de miles de millones de dólares en mercancías comercializadas, y la noción misma de cooperación basada en normas en materia comercial ha sido objeto de un ataque político sostenido.
En segundo lugar, la automatización ahorradora de mano de obra, cada vez más sofisticada, significa que la manufactura ya no requiere tantos trabajadores como antes. Esto reduce la importancia de los costos laborales como factor a la hora de decidir dónde ubicar la producción.
Incluso en industrias intensivas en mano de obra, como la confección de prendas, los modelos de negocio cambiantes están ‘relocalizando' algunas inversiones hacia las economías avanzadas. Por ejemplo, en la moda rápida, la proximidad geográfica a los grandes mercados se ha vuelto fundamental: una vez que un vestido se vuelve viral en Instagram, las empresas necesitan apresurar la nueva producción hacia las tiendas, una realidad comercial que contrasta con los plazos de envío de tres semanas desde las fábricas del sur y el este de Asia.
La respuesta al primer desafío es sencilla: debemos defender el comercio abierto. Los gobiernos dispuestos deberían actuar para reforzar la cooperación basada en normas con el fin de mantener los mercados abiertos, en el ámbito nacional, regional y mundial.
El segundo desafío exige una respuesta más matizada. Para países que van desde India hasta Etiopía, y desde Nigeria hasta Honduras, la manufactura seguirá formando parte de la historia del desarrollo. Pero el objetivo para los países en desarrollo debe ser ahora lograr una mayor generación de valor añadido y competitividad internacional en todos los sectores: agricultura, industria y servicios.
Cuando los productores de aguacate de Kenia logran obtener certificaciones internacionales de salud y seguridad y conectarse con minoristas extranjeros, puede traducirse en cuatro veces más ingresos por cada aguacate que venden. Para los productores de piña en Benín, una mejor marca, comercialización y envasado, junto con una infraestructura física mejorada, abre las puertas a ventas regionales e internacionales mucho más lucrativas que la venta de fruta sin procesar en los mercados locales.
En cuanto a los servicios, la revolución digital ha hecho viable el comercio transfronterizo para todo, desde la programación hasta los servicios de contabilidad y jurídicos. Pero la generación de valor añadido y el comercio de servicios no se limitan a los parques tecnológicos de Bangalore o a los centros de llamadas de Dakar. También se trata de hoteles en la República Democrática Popular Lao que establecen vínculos comerciales con granjas locales y operadores turísticos. Se trata de jóvenes en campamentos de refugiados en Kenia que utilizan plataformas de trabajo autónomo como Upwork y Fiverr para diseñar anuncios digitales para clientes de otros países.
La próxima reunión del Foro Económico Mundial sobre África, en Ciudad del Cabo, analizará cómo maximizar la contribución del comercio digital al crecimiento y la creación de empleo en el África subsahariana. Las conversaciones en curso sobre comercio electrónico en la Organización Mundial del Comercio ofrecen la perspectiva de establecer reglas internacionales del juego para el comercio digital, lo que mejorará la previsibilidad y reducirá los costos de transacción para las empresas de todos los tamaños.
Garantizar que los beneficios del crecimiento y del comercio se compartan ampliamente en la sociedad será fundamental para alcanzar los objetivos de desarrollo, así como para mantener el apoyo público a las políticas que respaldan el crecimiento y la sostenibilidad. Una política social nacional eficaz deberá proteger a los trabajadores frente al desplazamiento causado por la tecnología o la competencia de las importaciones, al tiempo que dotará a todos los trabajadores —mujeres y hombres— de las capacidades necesarias para participar plenamente en la economía. Serán necesarias inversiones del lado de la oferta para asegurar que las empresas de todos los tamaños estén en condiciones de añadir valor y conectarse con los mercados internacionales.
Permitir que los mercados mundiales se cierren de golpe reducirá las oportunidades de crecimiento en todo el mundo, especialmente para las personas y los lugares que más lo necesitan. Sin embargo, independientemente de lo que ocurra con el comercio, los sectores manufactureros sólidos serán ya solo un componente del crecimiento y el desarrollo económicos. Para generar mejores empleos en la cantidad necesaria, los países en desarrollo deberán ampliar sus estrategias de crecimiento.
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