Nuestra capacidad para crear y sostener el crecimiento económico es el asunto que define nuestro tiempo.
Más que las pandemias, el cambio climático, los grupos terroristas militantes y otros riesgos geopolíticos, el crecimiento económico es posiblemente el asunto más crucial para ayudar a resolver los desafíos a largo plazo que amenazan con trastocar la economía mundial y desestabilizar el orden político global.
De hecho, a menos que situemos el crecimiento económico mundial en una senda firme, sostenible y acelerada, no podremos abordar los desafíos aparentemente más difíciles de resolver de nuestro mundo actual, ya sean en materia de salud, educación, medio ambiente o desarrollo económico, ni mejorar los niveles de vida.
En este sentido, la pregunta fundamental que tenemos ante nosotros es: ¿cómo crearemos un crecimiento económico sostenido?

Las economías desarrolladas todavía luchan por salir de la sombra de la crisis financiera. Cargan con elevados niveles de deuda y déficit, mientras cambian la calidad y la cantidad de la fuerza laboral. El envejecimiento de la población implica un aumento de los costos de las pensiones y la salud, en un momento de descenso de la productividad. El capital, el trabajo y la productividad son los tres motores clave del crecimiento económico, y están fallando.
Y en las economías en desarrollo o emergentes, donde vive el 90 % de la población mundial y donde, en promedio, entre el 60 % y el 70 % de la población tiene menos de 25 años, tanto ahora como en el futuro previsible, el crecimiento económico ha retrocedido por debajo del 7 % necesario para duplicar los ingresos per cápita en una generación y seguir reduciendo significativamente la pobreza.
Con crecimiento económico, las sociedades avanzan hacia un círculo virtuoso de oportunidades económicas, movilidad social ascendente y mejores niveles de vida.
Sin él, las comunidades se contraen y se deterioran, no solo en los anales de los índices económicos, sino, de manera más significativa, en la experiencia cotidiana de las personas y sus comunidades.
El crecimiento importa, y mucho, para la gente común. Si el crecimiento económico decae, todos sufren, y se agravan muchos otros problemas sociales, sanitarios, ambientales y políticos.
Es fundamental recalcar, ante los cuestionamientos a la búsqueda ciega del crecimiento económico, que lo que se necesita es un crecimiento económico estable pero no tenemos por qué perseguirlo de la misma manera que en el pasado.
Recuperar el capitalismo
A lo largo de los últimos siglos, el crecimiento económico ha transformado la vida de cientos de millones de personas. Y el motor de este éxito ha sido, en gran medida, el sistema capitalista: un sistema económico en el que los factores de producción —el capital, el trabajo, el comercio y la industria— son de propiedad privada, y no estatal.
Más que cualquier otro sistema económico a lo largo del tiempo, el capitalismo ha demostrado ser, hasta ahora, la mejor manera de aumentar el crecimiento (un excedente) y reducir la pobreza.
Aun así, la confianza en el capitalismo ha disminuido y, pese a sus éxitos documentados, crece la preocupación de que, en sus formas más puras, fomente la corrupción y contribuya a ampliar la desigualdad de ingresos. En esencia, se considera que los beneficios del crecimiento favorecen a unos pocos, a expensas de la mayoría.
Por supuesto, en la práctica, la definición de capitalismo tiene muchos más matices, de modo que el desafío que tenemos ante nosotros es cómo mejorarlo y aprovechar sus mejores aspectos para que la economía mundial retome una senda que genere oportunidades económicas para más personas y nos permita abordar los graves males sociales que aquejan hoy a las sociedades.
Más allá de la izquierda y la derecha
El renovado intento del capitalismo por generar crecimiento económico y abordar estos males debe apoyarse en una vía política innovadora, menos dogmática y que difumine las fronteras de un simplista espectro político de izquierda a derecha.
Desde una perspectiva de «derecha», esto podría requerir incorporar a los programas sociales principios del capitalismo de mercado, como los sistemas de recompensas y la responsabilidad individual.
Las transferencias condicionadas, un sistema en el que se otorgan bonificaciones o recompensas económicas a las personas por su buen comportamiento, son un ejemplo. En esencia, el gobierno paga a las personas para que hagan cosas que benefician a la sociedad en su conjunto, como enviar a sus hijos a la escuela o asegurarse de que su familia esté vacunada contra las enfermedades.
Más allá del debate sobre si la sociedad debería recompensar a las personas por cosas que muchos creemos que deberíamos hacer de todos modos, las transferencias condicionadas son un guiño a los ideales de «derecha» de «pago por desempeño», que ya han dado resultados notables en México, Brasil e incluso Nueva York.

Cada vez más, las ideas de «izquierda» difuminan las fronteras entre las funciones y responsabilidades públicas y privadas. Estas propuestas buscan ampliar las atribuciones del gobierno, de modo que el Estado asuma un papel más importante como árbitro y asignador de los factores productivos de una economía; es decir, que asigne el capital y el trabajo, en lugar de dejar esta responsabilidad exclusivamente en manos del sector privado.
Mientras tanto, hay iniciativas del sector privado (como los programas de responsabilidad social corporativa, o RSC) en las que las empresas asumen un papel más importante en las causas sociales. En este caso, el mandato de las empresas privadas va más allá de limitarse a maximizar los rendimientos de los accionistas inversores: consiste en maximizar esos rendimientos teniendo debidamente en cuenta cuestiones sociales, como la equidad salarial, y preocupaciones ambientales. En esencia, esto impone a las empresas privadas una mayor responsabilidad de ser buenos ciudadanos por iniciativa propia.
Las asociaciones público-privadas, como las que se observaron en la construcción de la infraestructura estadounidense en el siglo XIX y, más recientemente, en el desarrollo de Internet, son solo algunos ejemplos de lo que es posible cuando se difuminan las fronteras.
Abandonar la ideología obstinada debería significar que vayamos más allá de entender la economía y las políticas públicas únicamente dentro de los límites del sistema capitalista de mercado.
De hecho, en la búsqueda del crecimiento económico, tener una mentalidad más abierta y ser menos ideológicos implica considerar algunos aspectos de las iniciativas a largo plazo aplicadas en países como China, que son abiertamente no democráticos y capitalistas de Estado. Al fin y al cabo, su marco de políticas y sus enfoques económicos han producido un crecimiento económico legendario y sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en apenas unas décadas.
En pocas palabras, nuestra capacidad para abordar los desafíos sociales del mundo y, en última instancia, crear crecimiento económico que impulse el progreso humano depende, de manera crucial, de reconocer este hecho: la ideología es enemiga del crecimiento.
El último libro de Dambisa Moyo es Edge of Chaos: Por qué la democracia no logra generar crecimiento económico y cómo solucionarlo



