La era de la duda: cómo podemos aprender a volver a confiar

A man looks out over the area from the roof of a building inside the perimeter at the APEC Summit in Yokohama November 14, 2010. REUTERS/Jim Young (JAPAN - Tags: POLITICS IMAGES OF THE DAY)
"Where trust exists and is reciprocated—where there is “confidence” in policies, institutions and systems—economies will achieve more."Image: REUTERS/Jim Young
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Vivimos en una era de dudas y preguntas sobre el orden mundial. Hemos sido testigos de una erosión de la confianza en las instituciones fundamentales: los partidos políticos, los gobiernos nacionales, las autoridades regionales y los socios internacionales de comercio e inversión.

A menudo utilizamos la palabra confianza con bastante ligereza. Sin embargo, el trabajo serio y riguroso de Luigi Zingales y de otros investigadores la ha definido como «capital cívico», es decir, «aquellas creencias y valores persistentes y compartidos que ayudan a un grupo a superar el problema del gorrón en la búsqueda de actividades socialmente valiosas».

Concluyen que, allí donde existe confianza y esta es recíproca, donde hay «confianza» en las políticas, las instituciones y los sistemas, las economías logran más.

Pero cuando la confianza se agota, cuando las personas llegan a creer que el «sistema» no refleja sus valores, no está bajo su control y ya no funciona en su beneficio, las economías tienen un rendimiento inferior.

Image: Statista

Hay tres razones generales que explican la erosión de la confianza:

La primera, es la reacción a la globalización, o, más concretamente, las disrupciones que se han producido en nuestra economía mundial interconectada. Muchas personas creen que no ha generado resultados justos y que faltan mecanismos de rendición de cuentas para los líderes y para quienes más se han beneficiado.

La segunda, la crisis financiera mundial y la lenta recuperación de una década que le siguió agravaron esta tendencia. Se culpó a los gobiernos por no prevenir la crisis y luego por agravar las dificultades al no lograr una recuperación rápida. Para muchos, la última década solo demostró que los intereses especiales habían secuestrado las instituciones, que la corrupción es endémica y que los trabajadores son quienes cargan con las consecuencias.

La indignación fue profunda y se dirigió contra los banqueros; sin embargo, irónicamente, las encuestas recientes muestran que la confianza en los bancos está volviendo. Sin duda, esto refleja la reforma que siguió a la crisis, lo que subraya una lección clave: la confianza puede reconstruirse.

El tercer factor es la tecnología. El auge de la automatización, la IA, los macrodatos, el comercio electrónico y las fintech tiene un enorme potencial. Pero también intensifican las preocupaciones sobre el futuro del trabajo, la sostenibilidad de las empresas consolidadas, la propagación de la ciberdelincuencia y el uso de los datos como arma. No sorprende que estemos presenciando una pérdida de confianza en los grandes gigantes de internet.

El auge de los movimientos y partidos políticos populistas y de los sentimientos proteccionistas puede ser la consecuencia más evidente de la recesión de la confianza, junto con la indignación que existe en muchos países por la desigualdad de ingresos. Pero existe una tendencia más profunda en juego: un cambio en el que las personas depositan su confianza en entidades locales o en entidades centradas en una sola cuestión, donde los ciudadanos sienten que pueden recuperar una sensación de control. Esto incluye a las organizaciones de la sociedad civil, los movimientos sociales y políticos, y las comunidades que se forman en línea.

Si bien la descentralización da a las personas un sentido de pertenencia e impacto local, esta fragmentación tiene una consecuencia fundamental negativa. Cuanto más confianza reside en los niveles locales y descentralizados, menos poder y autoridad tendrán quienes gozan de confianza para abordar y resolver problemas que, por su naturaleza, requieren una autoridad centralizada y, en un número cada vez mayor de casos, una cooperación regional y mundial.

Por ejemplo, la confianza en algunas instituciones europeas se ha visto afectada por preocupaciones sobre un exceso de injerencia. El descontento y la desconfianza hacia los organismos supranacionales y la regulación han generado una reacción adversa en las elecciones recientes.

Europa se enfrenta a vulnerabilidades adicionales mientras los elementos de la estructura regional sigan incompletos. Con la unión bancaria y la armonización de las normativas y prácticas nacionales en el sector financiero todavía pendientes, el riesgo es una mayor erosión de la confianza. Por el lado positivo, el avance en una integración más profunda podría restablecer la confianza. Lo que resulta difícil es conciliar la reducción de riesgos (los legados de la crisis y la indisciplina de las políticas nacionales) con la construcción de mecanismos de reparto de riesgos. Si ese equilibrio no se logra adecuadamente, la confianza podría ser difícil de mantener si los ciudadanos de algunos países se perciben como contribuyentes y los de otros como beneficiarios.

A nivel mundial, la desconfianza hacia los acuerdos e instituciones globales es más evidente en el ámbito del comercio y la inversión extranjera directa, como lo demuestra el giro hacia las negociaciones y los tratados bilaterales y las conversaciones sobre acciones unilaterales. La cooperación para el beneficio mutuo es la única forma segura de evitar el riesgo de una escalada perjudicial en las tensiones comerciales. Pero, por esa misma razón, la globalización no recibirá un apoyo sostenido y amplio a menos que se base en prácticas de comercio e inversión libres y justas. Esto implica estar dispuestos a actualizar las normas y las instituciones en consonancia con la creciente sofisticación y complejidad de la economía mundial y a medida que la tecnología transforma el panorama económico. Todos los países deben trabajar para mejorar sus propias políticas y colaborar para tener en cuenta las disrupciones causadas por la globalización y la tecnología.

El FMI no es ajeno a la desconfianza. Hemos estado en el centro de crisis y polémicas. Hemos enfrentado presiones una y otra vez para reformarnos y atender las necesidades y expectativas cambiantes de la comunidad internacional. Volvemos a sentirlas ahora en los debates sobre la red global de seguridad financiera, que es necesaria como baluarte frente a futuras crisis.

Durante la última década, el Fondo ha dado pasos importantes para que nuestro proceso de toma de decisiones refleje mejor los cambios en la economía mundial, y los países de mercados emergentes han ganado más voz.

Nuestro trabajo debe continuar. Debemos estar mejor sintonizados con las ideas y los agravios que surgen de todos los rincones del planeta, lo que incluye abordar las preocupaciones sobre la corrupción. Debemos demostrar que somos una institución que aprende, evoluciona y es competente. Pero, lo que es más importante, debemos demostrar que todavía hay razones para trabajar juntos en bienes públicos mundiales que beneficien a todas las personas y que trasciendan las fronteras nacionales y los localismos.

Es fundamental preparar el multilateralismo para un mundo en el que la confianza y la autoridad estén más descentralizadas. Nuestras instituciones multilaterales son más importantes que nunca. La forma de reconstruir la confianza es asegurarnos de que la cooperación genere avances concretos que beneficien a todas las personas y que dichos avances se compartan ampliamente. Podemos restablecer la confianza en las instituciones y en los objetivos colectivos si nos proponemos recuperar la sensación de que, trabajando juntos, se puede lograr algo concreto.

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