Liderazgo en la era de la tecnología

Liderazgo en la era de la tecnología
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El profesor Klaus Schwab es fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial.

Sería un eufemismo decir que nuestro mundo está experimentando un cambio rápido y de gran alcance. La economía global, el panorama geopolítico, el medio ambiente y la tecnología están sujetos a condiciones en constante transformación que se refuerzan y se transforman mutuamente en una red de interacciones complejas. En un entorno tan impredecible e interconectado, el liderazgo eficaz debe basarse en una perspectiva radical, un conjunto de habilidades multifacéticas y una comprensión de la tecnología y el talento.

Las tendencias que configuran el mundo del siglo XXI encierran tanto promesa como peligro. La globalización, por ejemplo, ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas, pero ha contribuido a la fragmentación social y a un aumento masivo de la desigualdad, sin mencionar los graves daños ambientales. Asimismo, los macrodatos ofrecen beneficios incalculables a empresas y consumidores, pero suponen una amenaza real para la privacidad y la libertad personal.

Una dicotomía similar se aplica a otras muchas cuestiones críticas, entre ellas la adaptación al cambio climático, los esfuerzos por mejorar la gestión de los recursos, la urbanización y el auge de las megaciudades, el aumento de la movilidad laboral y la expansión del capital humano.

La escala y la complejidad de los desafíos que se avecinan son sin duda abrumadoras. Pero un cambio rápido y de gran alcance también puede presentar grandes oportunidades. Para aprovecharlas al máximo, el mundo necesita líderes con alfabetización tecnológica —llamémoslos «tecnopolíticos»— que comprendan de forma intuitiva cómo dar forma al progreso en este nuevo entorno impredecible.

En el marco de la tecnopolítica, el crecimiento económico y la innovación tecnológica son los dos factores más importantes que configuran el panorama global. Cómo nos adaptemos a sus trayectorias y las orientemos determinará nuestro futuro colectivo.

En términos económicos, el mundo está entrando en una era de expectativas reducidas. Si, como se prevé, la tasa media anual de crecimiento del PIB asciende al 3% en el futuro previsible, se necesitarán 25 años para que la economía mundial duplique su tamaño, diez años más que antes de la crisis económica mundial, cuando el crecimiento medio del PIB se situaba en el 5%. Aprender a convivir con un crecimiento más lento no será fácil.

Dado que el consumo financiado con deuda ya ha agotado su recorrido, las ganancias de productividad serán un motor cada vez más crítico del crecimiento económico. Pero, en un momento en que la creciente desigualdad está minando la cohesión social, es muy incierto que puedan cumplirse las condiciones necesarias para sustentar dichas ganancias –es decir, una mejor educación y unos incentivos más sólidos para innovar–.

Quizá lo más importante es que, incluso cuando el crecimiento económico se ralentiza, el cambio tecnológico avanza a un ritmo vertiginoso, lo que plantea interrogantes aparentemente irresolubles sobre su posible impacto en la economía mundial. Mientras algunos advierten de que el progreso tecnológico dejará a muchos trabajadores sin empleo, otros siguen convencidos de que los trabajadores desplazados encontrarán nuevos empleos que todavía no existen, como ha ocurrido en el pasado. Lo único seguro es que la tecnología y la innovación están alterando prácticamente todos los aspectos de la vida.

¿Cómo podemos adaptarnos a un mundo así? ¿Qué sustenta el éxito en este entorno nuevo y desafiante?

En una tecnopolidad, dos factores indisolublemente vinculados son fundamentales: el talento y la innovación. El talento es hoy el factor clave que impulsa (o no) la competitividad de empresas y países por igual. De hecho, el «talentismo» será el credo económico predominante, y el capital humano o intelectual se convertirá en el activo más crítico –y el más difícil de adquirir y retener.

La innovación, impulsada por el talento, determinará el éxito. En el futuro, la distinción entre países de ingresos altos y bajos, o entre mercados emergentes y maduros, dejará de importar. La cuestión será si una economía puede innovar o no.

Una tecnopolidad también reconoce el papel fundamental de la cooperación, el pensamiento estratégico y la adaptación. Los mayores desafíos de hoy son de carácter global y, por tanto, solo pueden abordarse involucrando a responsables de la toma de decisiones y grupos de interés de diversos ámbitos. Deben forjarse nuevas alianzas, incluso entre actores con intereses aparentemente dispares. Quienes tienen dificultades para afrontar el cambio deben recibir apoyo, no desprecio.

Pero los tecnopolíticos eficaces deben ir más allá de apagar incendios y pensar en el largo plazo. Deben ser capaces de responder a novedades y acontecimientos inminentes sin demora, experimentando constantemente con nuevas ideas y procesos. Además, deben ser capaces de comprender y reaccionar simultáneamente ante múltiples realidades en competencia.

La función de la tecnopolidad es orientar al mundo hacia resultados positivos. Exigirá que los responsables de la toma de decisiones usen la cabeza y el corazón, y también pondrá a prueba sus nervios.

Imagen: Visitantes caminan por el edificio CaixaForum Madrid, en el centro de Madrid REUTERS/Juan Medina

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