Claves de la competitividad en un mundo interdependiente

Claves de la competitividad en un mundo interdependiente
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Antes de la Gran Recesión, la necesidad de reequilibrar la economía mundial preocupaba a muchos. Ahora que ya no nos sentimos al borde del desastre, esta cuestión fundamental debe plantearse de nuevo. Occidente tendrá que empezar a ahorrar más, y las economías emergentes deberán avanzar hacia un crecimiento impulsado por la demanda interna en lugar de por las exportaciones. Sin embargo, el panorama ha cambiado desde la Gran Recesión de una manera profundamente importante, como lo ilustra el hecho de que los precios de las distintas clases de activos se mueven ahora mucho más al unísono que nunca.

Esto refleja la percepción de que no hay refugio seguro en la economía mundial actual, a medida que aceptamos cada vez más el grado de interdependencia entre las grandes economías del mundo. Ya no hay forma de escapar del hecho de que una crisis en una zona geográfica —como vimos con el estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense— puede tener profundas repercusiones en todo el planeta. Por ejemplo, China tendría mucho que temer de las consecuencias si la eurozona se desintegrara, dado que Europa es su mayor mercado de exportación.

Aunque la sensación de peligro inmediato ha pasado, todavía no vemos un camino rápido hacia el crecimiento. La interdependencia significa que un motor de crecimiento puede elevar a todos; pero alguien, en algún lugar, tendrá que empezar a asumir riesgos. Si nadie lo hace, el peligro es que entre en juego la paradoja del ahorro: todos en la economía mundial priorizan con cautela el ahorro, lo que crea un círculo vicioso autorrealizado de baja demanda y confianza deprimida.

Por otra parte, la toma de conciencia de la interdependencia puede impulsar la determinación de trabajar juntos. Aunque hay mucha incertidumbre política, dada la próxima transición de poder en China y las elecciones en EE. UU., existe, no obstante, motivo para un optimismo cauto: los responsables políticos son cada vez más conscientes de los peligros del nacionalismo y el proteccionismo. Debemos reconocer que ofrecer apoyo a otras economías para que realicen las transiciones estructurales que necesitan también responde a un interés propio. Y las transiciones estructurales, como abordar la brecha de competitividad entre los países del norte y del sur de la eurozona, son mucho más difíciles que las cíclicas.

¿En qué posición estará China en el mundo en el futuro? Esto depende en gran medida de la capacidad de China para gestionar su propia transición estructural, que ahora parece urgente. La última edición del Global Competitiveness Report muestra un descenso en la clasificación de China, del puesto 26 al 29, en el Global Competitiveness Index, la primera vez desde 2005 en que China no ha mejorado su posición respecto al año anterior.

Durante los últimos años, China ha logrado mantener en marcha su motor de crecimiento pese a la Gran Recesión, al seguir impulsando la demanda mediante la inversión. Sin embargo, recientemente han surgido temores de que se ha invertido en exceso, creando capacidad excesiva en el sector inmobiliario y en infraestructuras. Una economía solo puede crecer mediante la inversión durante cierto tiempo. Tarde o temprano, es necesario desplazar el equilibrio hacia un mayor énfasis en el consumo. El resto del mundo observa con atención los cambios políticos, el sentimiento de los consumidores y las orientaciones de la inversión en China, con la esperanza de ver señales de una transición fluida del modo inversión al modo consumo.

El factor crítico para mejorar la competitividad es comprender que los recursos naturales y la inversión de capital solo confieren una ventaja temporal en competitividad, además de impredecible. Podemos ver esta imprevisibilidad con la revolución del petróleo de esquisto en EE. UU., que ha llevado a Estados Unidos a volver a ser sorprendentemente competitivo en el sector manufacturero, algo que los países de menor coste y orientados a la exportación no esperaban.

Podemos suponer que, en el mundo futuro, el capital y los recursos fluirán aún más fácilmente a través de las fronteras que antes. Por ello, los países deben buscar fuentes de competitividad que no puedan trasladarse tan fácilmente al extranjero, y en primer lugar figura una cultura del emprendimiento. La competencia global real en la economía futura se basará en el talento y la innovación. Hay que dotar a los trabajadores de las competencias necesarias para encontrar empleo, y dar a los emprendedores el margen que necesitan para asumir riesgos que puedan crear los puestos de trabajo que la gente ocupe.

Lo que esto significa para China es que debe analizar la educación, el empleo y el emprendimiento de forma mucho más holística. Los hallazgos del Global Competitiveness Report señalan específicamente una puntuación relativamente baja en la variable que consulta a la comunidad empresarial sobre su percepción de hasta qué punto el sistema educativo del país satisface las necesidades de una economía competitiva. China ocupa el puesto 57 de 144 economías, con una puntuación de 3,94 en una escala de 1 a 7. Si logra abordar esta desconexión y, al mismo tiempo, fomentar el emprendimiento, creando un ecosistema en el que las pymes y el Estado desempeñen funciones de apoyo mutuo, podrá crear un círculo de competitividad que se refuerce a sí mismo.

Lee Howell es director gerente y jefe de la Red de Respuesta al Riesgo del Foro Económico Mundial

Este artículo se ha publicado en el número de septiembre de HBRC. Está disponible aquí.

Foto: Una madre prepara a su hija para la ceremonia de graduación universitaria en la Universidad Fudan de Shanghái. REUTERS/Carlos Barria

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