Europa necesita una Francia orgullosa, próspera y capaz de superar sus sombrías desconfianzas. Necesitamos al gran país que fue y que será –la Francia que inspiró al mundo entero con su revolución, su cultura y sus valores. Alain Peyrefitte, el académico, político y confidente de Charles de Gaulle, afirmó que «sin Europa, Francia no será nada»; pero, sin Francia, Europa también sería nada.
En este año de aniversarios, merece la pena reflexionar sobre el futuro de Francia. El 14 de julio, fiesta nacional francesa, que este año marcó el 225.º aniversario de la toma de la Bastilla, soldados argelinos desfilaron por los Campos Elíseos por primera vez desde la guerra de independencia de Argelia hace medio siglo, un símbolo conmovedor de trascendencia histórica. También han transcurrido 100 años desde el estallido de la Primera Guerra Mundial, y 25 años desde que la caída del Muro de Berlín condujo rápidamente a la reunificación alemana.
Europa ha cambiado mucho desde entonces. Hace 25 años, Francia y la República Federal de Alemania tenían poblaciones similares, de unos 60 millones de habitantes (al igual que Italia y el Reino Unido). La reunificación alemana añadió más de 16 millones de nuevos ciudadanos procedentes de la antigua Alemania Oriental, lo que convirtió a la República Federal ampliada en el país más poblado de la Unión Europea, con gran diferencia.
Esto alteró el equilibrio del eje franco-alemán en torno al cual había girado durante mucho tiempo la UE en su conjunto. Para evitar consecuencias políticas negativas, Alemania aceptó tener una representación inferior en la votación ponderada sobre asuntos de la UE, un desequilibrio en sí mismo que no se corrigió de forma sustancial hasta que el Tratado de Lisboa entró en vigor en 2009.
Con el tiempo, y en un proceso acentuado por la reciente crisis económica, el tamaño y el poder económico llevaron a Alemania a marcar el ritmo de los asuntos europeos. Hoy, Alemania se ha convertido claramente en el punto de referencia para dar forma a las políticas en las cuestiones más importantes a las que se enfrenta la UE.
Pero la lógica de la construcción europea exige que Francia complemente a Alemania. Lo mismo ocurre con otros grandes países de la UE, entre ellos Italia, España, el Reino Unido y Polonia. De hecho, la Europa de hoy ya no puede ser un asunto de dos países –si alguna vez lo fue‒ como hace 30 años.
Pero, para muchos de los Estados miembros de la UE, Francia sigue siendo un modelo. Por eso, cuando Francia sufre, Europa sufre. Sanar Europa y sanar Francia son dos partes de la misma ecuación, con las mismas incógnitas en juego.
Por su propia relevancia, peso histórico y bagaje cultural, Francia desconfía de los cambios que se producen a su alrededor, como si el peso de su identidad nacional le impidiera alzar el vuelo y estrechara sus horizontes. Pero hoy ningún país puede permanecer aislado de la globalización, domarla ni liderarla en solitario. Por ello, Francia debe volver a mirar a Europa, que a su vez necesita tanto a Francia como a Alemania para ser equilibrada y exitosa.
Francia sigue lastrada por las consecuencias de su voto “no” de 2005 sobre la propuesta de Constitución Europea – sin duda, no fue su mejor momento. Diez años después, Francia no debería tener miedo de ceder parte de su soberanía a cambio de una unión política en Europa. Al contrario, Francia debería ser una de las líderes de ese esfuerzo, aportando su voz y su posición central como país situado a medio camino entre el norte y el sur de Europa, y actuando como modelo para muchos otros países en cuestiones sociales.
Del mismo modo que Alemania dio un paso adelante al renunciar a su moneda, el marco alemán, en favor del euro, Francia debe evolucionar más allá del marco clásico del Estado-nación. Dado que la preponderancia económica de Alemania se traduce en un mayor poder político, es cada vez más importante complementarlo con el punto de vista único de Francia. Esto es especialmente cierto ante el imparable avance actual hacia una integración económica más estrecha, que conducirá, por suerte o por azar, a una mayor integración política.
La sólida base económica de Francia le proporciona los medios para afrontar las reformas que necesita con urgencia. Su renta per cápita supera los 30.000 € (40.000 $) al año, y cuenta con un sólido estado de bienestar y una sociedad formada. Sin embargo, su crecimiento del PIB está estancado.
Europa y el mundo no pueden permitirse que la Francia dinámica sucumba ante la Francia estática, la que se resiste a todo cambio. Por ejemplo, la cooperación de Francia en la construcción de un mercado energético europeo común es crucial para España; de hecho, esta relación podría ser enormemente beneficiosa tanto para Francia como para toda Europa.
Francia debería considerar Europa como propia. Los valores republicanos franceses encuentran su expresión en la UE. La libertad, la igualdad y la fraternidad son enemigas de las visiones nacionalistas, extremistas y eurofóbicas presentes hoy en Europa. Estas oscuras visiones deben ser contrarrestadas con el compromiso de Francia con la integración, el Estado de derecho y el laicismo.
Francia ha asumido recientemente importantes compromisos internacionales que todos deben valorar, con la esperanza de que continúe el renacimiento político, económico y social de Francia. No debe haber ningún giro de 180 grados en el rumbo hacia la modernización, sobre todo ahora, cuando las fuerzas políticas que explotan el miedo y el odio están en auge, traicionando los valores republicanos. Este es el momento para que Francia, junto con el resto de Europa, supere su pesimismo, sus dudas y su desconfianza.
Publicado en colaboración con Project Syndicate
Autor: Javier Solana fue Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Secretario General de la OTAN y ministro de Asuntos Exteriores de España. Actualmente es presidente del Centro ESADE de Economía y Geopolítica Global y Distinguished Fellow de la Brookings Institution.
Imagen: El presidente francés Francois Hollande habla en una rueda de prensa al final de una cumbre de líderes de la Unión Europea en Bruselas, a primera hora del 17 de julio de 2014. REUTERS/Pascal Rossignol

