A primera vista, parece que la economía de la eurozona por fin podría estar recuperándose. Los mercados bursátiles repuntan. La confianza de los consumidores ha mejorado. Se espera que los precios más bajos del petróleo, un euro más barato y la expansión cuantitativa del Banco Central Europeo impulsen el crecimiento. El presidente del BCE, Mario Draghi, afirma que «se está afianzando una recuperación sostenida», mientras que los responsables políticos de Berlín y Bruselas se aferran a los indicios de recuperación en España e Irlanda como prueba de que su amarga receta de consolidación fiscal y reformas estructurales funcionó tal como prometía.
Sin embargo, al examinar la situación con más detenimiento, queda claro que la mejora es modesta, probablemente temporal y no se debe a las políticas promovidas por Alemania. Es cierto que, según algunas estimaciones, la economía de la eurozona podría estar creciendo ahora a una tasa anual del 1,6%, frente al 0,9% del año hasta el cuarto trimestre de 2014. Pero el ritmo es mucho más lento que en Estados Unidos y Gran Bretaña. Como la economía de la eurozona es un 2% más pequeña que hace siete años, «recuperación» no parece la palabra adecuada, sobre todo porque es poco probable que el alivio dure.
Para empezar, ya se está desvaneciendo el impulso puntual de los precios más bajos del petróleo. Tras caer más de la mitad entre mediados de junio y mediados de enero, los precios del petróleo en euros han repuntado desde entonces un tercio, en parte debido a la fuerte depreciación del euro, que está encareciendo las importaciones en general. El efecto de esto en los presupuestos de los hogares y los costes de las empresas difícilmente es motivo de celebración.
Los responsables políticos confían en que una moneda más competitiva estimule el crecimiento. Pero es probable que se lleven una decepción. Como las exportaciones de la eurozona dependen cada vez más de las cadenas de suministro mundiales, una moneda más barata ofrece menos impulso que antes. Además, los exportadores pueden optar por embolsarse las ganancias en vez de intentar ampliar su cuota de mercado.
En 2014, las exportaciones de la eurozona ascendieron a casi 2 billones de euros (2,6 billones de dólares en aquel momento), más que las de China. Dada la irregularidad de la demanda mundial, será difícil lograr un rápido crecimiento de las exportaciones. En cualquier caso, como representan apenas una quinta parte de la economía de la eurozona, valorada en 10 billones de euros, es poco probable que impulsen una recuperación sólida mientras la demanda interna siga siendo débil. Según el modelo del BCE, la depreciación del euro del 10% durante el último año (en términos reales y ponderados por el comercio) podría elevar el crecimiento de este año apenas un 0,2%.
También es probable que los beneficios de la expansión cuantitativa resulten efímeros. Es poco probable que la reducción de los costes de endeudamiento de los gobiernos impulse mucho el crecimiento, ya que las normas de la Unión Europea impiden la expansión fiscal. En conjunto, según la Comisión Europea, la orientación fiscal de la eurozona será ampliamente neutral este año, aunque habrá nuevos recortes en Irlanda, Francia e Italia.
La expansión cuantitativa sí mejora las condiciones de financiación para las pocas empresas de la eurozona lo bastante grandes como para recurrir a los mercados de capitales. Pero incluso en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde los mercados de capitales desempeñan un papel mucho más importante en la financiación empresarial, la inflación de los precios de los activos hizo poco por alentar a los consumidores a gastar o a las empresas a invertir. Al contrario, invertir en una economía real débil ha resultado mucho menos atractivo que la perspectiva de obtener dinero fácil mediante la ingeniería financiera.
La mayoría de las empresas de la eurozona dependen de la financiación bancaria y, aunque las condiciones crediticias han mejorado algo, el crédito está estancado (y sigue disminuyendo en el sur de Europa). Mientras los bancos zombis sigan lastrados por préstamos incobrables, es poco probable que la situación cambie mucho.
Tampoco puede atribuirse el pequeño repunte del crecimiento de la eurozona —y mucho menos la expansión relativamente rápida de España e Irlanda— a la receta alemana de consolidación fiscal y medidas para aumentar la competitividad de las exportaciones. De hecho, nada podría estar más lejos de la verdad.
España difícilmente es un ejemplo de ajuste fiscal exitoso. Al contrario, su recuperación coincidió con la flexibilización de la austeridad extrema impuesta en 2011-13, lo que ha animado a los hogares a gastar más pese al estancamiento de los salarios. Aun así, su economía sigue siendo un 5,7% más pequeña que hace siete años. Un enorme 23,7% de los españoles —y uno de cada dos jóvenes— está desempleado, mientras que muchos más han abandonado por completo la población activa.
Mientras tanto, el déficit presupuestario de España fue del 5,7% del PIB el año pasado, el más alto de la UE. Se prevé que su deuda pública, que aumenta rápidamente, supere el 100% del PIB este año. Mientras el país se encamina hacia unas elecciones a finales de este año, la Comisión Europea ha autorizado la ampliación de su déficit estructural. En lugar de prosperar gracias a la austeridad, España está recibiendo, en muchos sentidos, un trato indulgente.
Irlanda —la economía de la UE que más creció el año pasado— tampoco confirma que las recomendaciones de política de Alemania sean adecuadas. Al fin y al cabo, Irlanda es una economía diminuta y muy abierta, cuyo pujante sector exportador se beneficia de fortalezas ya existentes —entre ellas, bajos impuestos empresariales, una fuerza laboral cualificada y una economía flexible— y de condiciones externas favorables, especialmente la fuerte recuperación de sus principales mercados, Estados Unidos y Gran Bretaña. Aun así, la economía es más pequeña que antes de la crisis, la tasa de desempleo está en dos dígitos, la demanda interna sigue deprimida y aún pesa enormemente la factura de 64.000 millones de euros del rescate bancario, impuesta injustamente a 2,2 millones de contribuyentes irlandeses.
Está previsto que la economía de la eurozona lo haga algo mejor en 2015, pero no gracias a las políticas exigidas por Alemania. Y es probable que se trate de un repunte temporal, no del comienzo de una recuperación sostenida. Para superar su recesión de balances, la eurozona necesita sanear sus bancos, reducir el aplastante exceso de deuda, en su mayor parte privada, corregir el enorme déficit de inversión, eliminar los obstáculos a la iniciativa empresarial y abordar el lastre deflacionario del mercantilismo alemán. Por eso la eurozona no saldrá de sus problemas en un futuro próximo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Philippe Legrain, antiguo asesor económico del presidente de la Comisión Europea, es investigador sénior visitante en el Instituto Europeo de la London School of Economics y autor de European Spring: Why Our Economies and Politics are in a Mess – and How to Put Them Right.
Imagen: La escultura del euro se refleja parcialmente en un charco sobre un pavimento de adoquines frente a la sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort. REUTERS/Kai Pfaffenbach


