¿Ha llegado el momento de introducir una moneda global?

¿Ha llegado el momento de introducir una moneda global?
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Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

El mundo actual está más integrado económica y financieramente que en cualquier otro momento desde la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, la elaboración de políticas –en particular la de la banca central– sigue siendo anacrónicamente nacional y localista. ¿No es hora de repensar el (no) sistema monetario mundial? En concreto, ¿no tendría más sentido un único banco central mundial y una moneda mundial que nuestro confuso, ineficiente y obsoleto conjunto de políticas monetarias y monedas nacionales?

La tecnología está llegando ya al punto en que una moneda digital común, posibilitada por la adopción casi universal del teléfono móvil, hace sin duda posible esta opción. Y por inverosímil que pueda sonar una moneda global, recuerde que, antes de la Primera Guerra Mundial, abandonar el patrón oro también parecía igual de inverosímil.

El sistema actual es a la vez arriesgado e ineficiente. Las distintas monedas no solo son un engorro para los turistas que regresan a casa con los bolsillos llenos de monedas extranjeras que no pueden gastar. Las empresas globales malgastan tiempo y recursos en esfuerzos en gran medida inútiles por cubrir el riesgo de tipo de cambio (que solo benefician a los bancos que actúan como intermediarios).

Los beneficios de deshacerse de las monedas nacionales serían enormes. De un solo golpe, se eliminaría el riesgo de las guerras de divisas y el daño que pueden causar a la economía mundial. La fijación de precios sería más transparente, y los consumidores podrían detectar anomalías (desde sus teléfonos) y buscar las mejores ofertas. Y, al eliminar las operaciones de cambio de divisas y los costes de cobertura, una moneda única revitalizaría el comercio mundial estancado y mejoraría la eficiencia de la asignación global de capital.

En definitiva, la situación actual es producto de la era del Estado-nación, ya superada. La globalización ha reducido las dimensiones de la economía mundial, y ha llegado el momento de un banco central mundial.

Siga soñando. En realidad, una moneda mundial única no es ni probable ni deseable.

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Los bancos centrales, aunque idealmente independientes de la influencia política, son no obstante responsables ante el cuerpo político. Su legitimidad procede del proceso político que los creó, arraigada en la voluntad de la ciudadanía a la que están destinados a servir (y de la que derivan su autoridad).

La historia de la banca central, aunque relativamente breve, sugiere que la legitimidad de origen democrático solo es posible a escala del Estado-nación. A nivel supranacional, la legitimidad sigue siendo muy cuestionable, como demuestra con claridad la experiencia de la eurozona. Solo si la soberanía de la Unión Europea eclipsa, por elección democrática, la de los Estados nacionales que la integran, el Banco Central Europeo tendrá la legitimidad que necesita para seguir siendo la única autoridad monetaria de la eurozona.

Pero esa misma legitimidad política no puede concebirse para ninguna autoridad monetaria transatlántica o transpacífica, y mucho menos para una autoridad global. Los tratados entre países pueden armonizar las normas que rigen el comercio y otros ámbitos. Pero no pueden transferir la soberanía sobre una institución tan poderosa como un banco central, ni sobre un símbolo tan atractivo como el papel moneda.

La legitimidad de los bancos centrales importa más cuando están en juego los intereses más elevados. Las decisiones cotidianas de política monetaria, por decirlo suavemente, difícilmente despertarán las pasiones de las masas. Lo mismo no puede decirse de la necesidad, menos frecuente (eso se espera), de que la autoridad monetaria actúe como prestamista de última instancia de los bancos comerciales e incluso del gobierno. Como hemos comprobado en los últimos años, tales intervenciones pueden marcar la diferencia entre el caos financiero y el colapso, y una mera contracción y una recesión. Y solo los bancos centrales, con su capacidad para crear libremente sus propios pasivos, pueden desempeñar este papel.

Sin embargo, las difíciles decisiones que los bancos centrales deben tomar en tales circunstancias –evitar corridas desestabilizadoras frente a fomentar el riesgo moral– son al mismo tiempo tecnocráticas y políticas. Ante todo, la legitimidad de sus decisiones se fundamenta en la ley, que a su vez es expresión de la voluntad democrática. ¿Rescatar a un banco y no a otro? ¿Comprar deuda soberana pero no deuda estatal ni de un estado libre asociado (por ejemplo, el de Puerto Rico)? Aunque decidir tales cuestiones a nivel supranacional no es teóricamente imposible, resulta totalmente impracticable en la era moderna. La legitimidad, no la tecnología, es la moneda de los bancos centrales.

Pero el hecho de que un banco central y una moneda únicos a escala mundial fracasarían estrepitosamente (independientemente de lo sólido que sea el argumento económico a su favor) no exime a los responsables políticos de su obligación de hacer frente a los desafíos que plantea un sistema monetario mundial fragmentado. Y eso significa reforzar las instituciones multilaterales mundiales.

Conviene reforzar el papel del Fondo Monetario Internacional como árbitro independiente de una política macroeconómica sólida y como guardián frente a las devaluaciones competitivas de las monedas. Los ministros de Finanzas y los gobernadores de los bancos centrales de las grandes economías deberían subrayar, en un protocolo común, su compromiso con los tipos de cambio determinados por el mercado. Y, como sugirió recientemente Raghuram Rajan, gobernador del Banco de la Reserva de la India, el FMI debería respaldar a las economías emergentes que podrían enfrentarse a crisis de liquidez como consecuencia de la normalización de la política monetaria estadounidense.

Del mismo modo, un mundo más globalizado exige el compromiso de todos los agentes para mejorar las infraestructuras, con el fin de garantizar el flujo eficiente de recursos en toda la economía mundial. Con este fin, debería aumentarse el capital base del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, integrado en el Banco Mundial, en la línea de los 253.000 millones de dólares solicitados, para ayudar a financiar las inversiones de las economías emergentes en autopistas, aeropuertos y mucho más.

El apoyo multilateral a la inversión en infraestructuras no es la única forma de reactivar el comercio mundial con los acuerdos monetarios actuales. Como se demostró ampliamente en las últimas siete décadas, la reducción de los aranceles y de las barreras no arancelarias también ayudaría, sobre todo en la agricultura y los servicios, tal como contempla la Ronda de Doha.

La estabilidad financiera mundial también puede reforzarse dentro del marco existente. Solo se requiere una regulación y una supervisión armonizadas, transparentes y fáciles de entender.

En el caso del sistema monetario internacional actual, no debe convertirse lo perfecto –un banco central y una moneda únicos, inalcanzables– en enemigo de lo bueno. Trabajando con los medios de que disponemos, es sin duda posible mejorar nuestras herramientas de política y reforzar el crecimiento y la prosperidad mundiales.

La publicación no implica el respaldo de los puntos de vista expresados por el Foro Económico Mundial.

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Autores: Larry Hatheway es economista jefe de GAM Holding. Alexander Friedman es director ejecutivo del grupo GAM Holding.

Imagen: Un hombre camina frente a edificios del distrito financiero central de Singapur. REUTERS/Nicky Loh.

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