En el discurso político y sobre políticas públicas, la «igualdad de oportunidades» es la nueva panacea. A menudo se la contrapone a la igualdad de resultados, que sale peor parada. La igualdad de resultados se considera, según el caso, utópica, inviable, perjudicial para los incentivos e incluso inequitativa si los resultados obedecen a esfuerzos distintos. La igualdad de oportunidades, por otro lado, es intercambiable con expresiones como «nivelar el terreno de juego», «dar a todos un comienzo igualitario» y «aprovechar al máximo los talentos innatos». En su forma más contundente, esta postura sostiene que la igualdad de resultados debería ser irrelevante para las políticas públicas; lo que importa es la igualdad de oportunidades.
Desigualdad de oportunidades y desigualdad de resultados: por qué importa
La idea detrás de distinguir la desigualdad de oportunidades de la desigualdad de resultados es sencilla, pero poderosa. No toda desigualdad de resultados es moralmente injusta.
La parte negativa de la desigualdad («desigualdad de oportunidades») es la que surge por factores que escapan a nuestro control (nuestras «circunstancias»).
En cambio, la desigualdad que surge de nuestras distintas decisiones y nuestro «esfuerzo» (manteniendo constantes nuestras circunstancias) es aceptable.1
La desigualdad de ingresos debida a diferencias de esfuerzo no debería ser un objetivo de las políticas públicas. En cambio, las diferencias de ingresos debidas a la discriminación por raza o género son objetivos legítimos de reparación: reflejan desigualdad de oportunidades.
Pero, en la práctica, ¿podemos separar claramente la desigualdad de oportunidades de la desigualdad de resultados?2 Por supuesto, nuestros resultados reflejan nuestro propio esfuerzo y nuestras decisiones. Pero también reflejan el esfuerzo y las decisiones de otras personas, sobre los que tenemos poco o ningún control. Los resultados de un bebé reflejan por completo el esfuerzo y las decisiones de sus padres, pero no puede elegir quiénes son. Eso significa que toda desigualdad en la cobertura de inmunización, por ejemplo, es injusta. En el caso de resultados relativos a niños pequeños, no hace falta realizar un ejercicio complicado para determinar qué proporción de la desigualdad total corresponde a la desigualdad de oportunidades: es el 100%.
A medida que un niño pasa de la primera infancia a la niñez, la influencia de sus padres disminuye, pero no desaparece: de hecho, las decisiones y los esfuerzos de nuestros padres moldean nuestra manera de pensar y comportarnos hasta la edad adulta. Además, las acciones de otras personas empiezan a influir en las decisiones y los esfuerzos del niño: sus docentes y compañeros de clase. Como los niños no eligen a sus docentes ni a sus compañeros de clase, sin duda las decisiones y los esfuerzos de estas personas deberían incluirse entre las circunstancias que escapan al control del niño.
La mayoría de los resultados también reflejan la suerte. Es cierto que la suerte estaría junto al esfuerzo si pudiéramos eliminar el riesgo de nuestras vidas y eligiéramos no hacerlo. Pero no podemos. Gran parte del riesgo al que estamos expuestos está vinculado a actividades que debemos realizar para afrontar el día a día, cuando no para sobrevivir.3 A menudo, la comunidad científica no conoce con certeza los riesgos implicados; cuando los conoce, no siempre los comunica de manera accesible, y existen presiones comerciales para ignorarlos. La alimentación es un buen ejemplo. Tenemos que comer para sobrevivir. Sin embargo, los riesgos alimentarios causan más muertes en todo el mundo que el alcohol y el tabaco juntos. Las presiones comerciales fomentan una dieta por defecto que entraña riesgos para la salud, y debemos hacer un esfuerzo consciente y decidido para alimentarnos de una manera que reduzca esos riesgos.
Es cierto que hay casos en que las personas se exponen a riesgos de manera innecesaria y consciente. ¿No deberían clasificarse como justas las desigualdades de salud causadas por decisiones de fumar? No necesariamente. Existe una corriente de pensamiento que sostiene que las personas no deberían ser responsabilizadas por la mala suerte, sino solo por conductas riesgosas innecesarias y plenamente informadas. Eso podría significar gravar el tabaco con una tasa que genere ingresos suficientes para cubrir los costos adicionales esperados de atención de salud, pero asegurándose de que todas las personas —fumadoras y no fumadoras— reciban la atención de salud que necesiten para prolongar su vida y mejorar su calidad.
Al igual que la suerte, los talentos desempeñan un papel importante en la configuración de los resultados. Podemos pensar que comenzamos la vida con talentos innatos que podemos cultivar a lo largo de ella. Los talentos con los que iniciamos nuestra vida influyen en dónde acabamos. Es poco probable que lleguemos a ser pianistas de concierto consumados si empezamos la vida sin talento musical. Como no tenemos control sobre nuestros talentos innatos, agrupar todos los talentos junto con el esfuerzo nos lleva a subestimar la verdadera magnitud de la desigualdad de oportunidades.
Observaciones finales
Todo intento de separar las circunstancias del esfuerzo —para identificar qué parte de la desigualdad de resultados constituye un objetivo legítimo de redistribución— está plagado de dificultades empíricas y conceptuales.4 Las distinciones minuciosas entre la desigualdad de oportunidades y la desigualdad de resultados no se sostienen en la práctica, y es probable que subestimemos considerablemente la desigualdad de oportunidades y, por ende, la necesidad de intervención.
Además, ¿qué ocurre si el esfuerzo de una persona se convierte en la circunstancia de otra, como cuando los ingresos generados por el esfuerzo de los padres brindan a algunos niños un mejor comienzo en la vida? ¿O cuando las decisiones libres de un grupo de compradores de viviendas de ingresos altos elevan los precios para otras personas que quizá tengan ingresos menores? ¿Es legítimo intervenir en este caso o no?
Estos argumentos respaldan la protección social generalizada en dimensiones como los ingresos, la salud y la educación, con independencia de que los resultados puedan atribuirse específicamente a las circunstancias o al esfuerzo.
Las preguntas importantes, entonces, se refieren a cuáles son los mejores instrumentos de política disponibles para brindar esta protección social, qué efectos tienen en los incentivos y cuál es la mejor manera de aplicarlos. Es cierto que, al hacerlo, podemos cometer algunos errores de tipo I y de tipo II: podemos penalizar el esfuerzo cuando no deberíamos y quizá no compensar plenamente las circunstancias cuando deberíamos. Pero esto es preferible a quedar paralizados y subestimar perpetuamente la necesidad de intervención por centrarnos en ese espejismo que es la desigualdad de oportunidades.
Referencias
Dworkin, R (1981a) «¿Qué es la igualdad? Parte 1: Igualdad de bienestar», Philosophy and Public Affairs, 10: 185-246.
Dworkin, R (1981b) «¿Qué es la igualdad? Parte 2: Igualdad de recursos», Philosophy and Public Affairs, 10: 283-345.
Ferreira, Francisco y Vito Peragine (2015) «Responsabilidad individual e igualdad de oportunidades», en M Adler y M Fleurbaey (eds.), Handbook of Well Being and Public Policy, Oxford University Press.
Kanbur, R y A Wagstaff (2015) «¿Qué utilidad tiene la desigualdad de oportunidades como concepto de política pública?», CEPR Discussion Paper 10508, marzo.
Paes de Barros, R, F H G Ferreira, J R M Vega, J C Saavedra, M De Carvalho, S Franco, S Freije-Rodriguez y J Gignoux (2009), Measuring Inequality of Opportunities in Latin America and the Caribbean, Washington DC, World Bank.
Roemer, J E (1998) Equality of Opportunity, Cambridge, MA, Harvard University Press.
Notas al pie
1 La terminología de «circunstancia» y «esfuerzo» fue introducida por Roemer (1998). Entre los escritos anteriores se encuentra la contribución seminal del filósofo Ronald Dworkin (1981a, b).
2 Los argumentos de esta publicación se desarrollan con mayor detalle en Kanbur y Wagstaff (2015).
3 «Suerte bruta» y «suerte opcional» son términos introducidos por Dworkin (1981) para distinguir entre los riesgos sobre los que no tenemos ningún control y aquellos sobre los que tenemos cierto control.
4 El estudio de Paes de Barros et al. (2009) es un ejemplo de este tipo de estudio cuantitativo, que ha adquirido influencia y ha servido de modelo para estudios posteriores. Para una revisión reciente, véase Ferreira y Gignoux (2015).
Este artículo se publica en colaboración con Vox EU. La publicación no implica que el World Economic Forum respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Ravi Kanbur es T. H. Lee Professor of World Affairs, International Professor of Applied Economics and Management y Professor of Economics en Cornell University, además de CEPR Research Fellow. Adam Wagstaff es Research Manager del equipo de Desarrollo Humano y Servicios Públicos en el Grupo de Investigación sobre el Desarrollo del World Bank.
Imagen: La gente entra en la tienda Apple de la Quinta Avenida durante el Black Friday en Nueva York. REUTERS/Carlo Allegri

