¿Está cumpliendo las finanzas con su cometido?

¿Está cumpliendo las finanzas con su cometido?
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Siete años después de la crisis financiera y cinco años después del inicio de la era Dodd-Frank, marcada por una mejor supervisión de la industria de servicios financieros, ¿por qué las finanzas siguen siendo controvertidas? Pese a los avances significativos en la reducción del riesgo de quiebra de las grandes instituciones financieras y a que se han limitado algunos abusos financieros, hay abundantes pruebas de que gran parte del sector financiero sigue menoscabando, en vez de contribuir al bienestar económico.

¿Cómo lo sabemos? Porque, mientras la oferta mundial de capital alcanza nuevas cotas gracias tanto a las políticas monetarias expansivas como al exceso de ahorro privado, los beneficios empresariales, en particular los del sector financiero,alcanzaron niveles récord, mientras que la gente corriente sigue pagando un alto precio por los préstamos. Esta paradójica confluencia de abundante capital para quienes tienen buenos contactos y elevados beneficios empresariales implica que las empresas se enfrentan a poca competencia, porque, en teoría, la abundancia de capital facilitaría que los competidores o las empresas ya establecidas ampliaran sus operaciones rentables, reduciendo los márgenes. Estos mismos hechos también sugieren que aquello que los economistas a veces llaman la «economía real» no ha podido beneficiarse del trato favorable disponible para los bancos, los cuasibancos y otros con acceso al privilegio del dinero barato. El resultado es una profusión de rentas económicas: extracción de recursos no ganados por parte de agentes económicos afortunados, en posición de sacar provecho de su ventaja.

Estas fueron algunas de las conclusiones de los actos celebrados el miércoles pasado por el Roosevelt Institute para presentar un informe titulado «Reescribir las reglas» y, la semana anterior, por el Institute for New Economic Thinking sobre «Finanzas y sociedad». Ambos ofrecieron interpretaciones alternativas de la actividad del sector financiero, de por qué ha crecido tanto y se ha vuelto tan poderoso y rentable, y de qué se puede o se debe hacer para reformarlo sin perjudicar a la economía en su conjunto.

Desde Janet Yellen, presidenta de la Junta de la Reserva Federal, y Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, hasta los economistas galardonados con el Premio Nobel Joseph Stiglitz y Robert Solow (así como algunos asistentes que despotricaban sin ton ni son) señalaron que las finanzas son un componente necesario de la economía. El sector proporciona liquidez y canaliza el capital de los ahorradores a los prestatarios. Entonces, ¿por qué se celebraron dos grandes conferencias partiendo de la premisa de que algo falla en un sector cuya existencia nos beneficia a todos?

Porque, como sostuvieron la mayoría de los participantes en ambos actos, las finanzas no están cumpliendo esa función. El proceso de trasladar capital de los ahorradores a los prestatarios es ineficiente y, en realidad, los fondos fluyen en sentido contrario: salen de las empresas y de la economía real y van a parar a manos de los ricos, a quienes proporcionan un rendimiento considerable por sus ahorros, a costa de todos los que pagan precios elevados por los préstamos, por las telecomunicaciones, la vivienda, la educación y otros productos y servicios importantes. Es posible que las finanzas incluso estén reduciendo el pastel al desviar recursos humanos de actividades productivas y orientarlos a idear nuevas formas de desviar el flujo de dinero en beneficio privado de unos pocos.

Toda esta reestructuración de la economía es el factor fundamental que impulsa el aumento de la desigualdad en los estratos más altos de la escala de riqueza e ingresos, mientras todos los demás luchan por ganarse la vida en un mercado laboral poco dinámico.

En el acto del Institute for New Economic Thinking, tanto Esther George, presidenta del Banco de la Reserva Federal de Kansas City, como Claudia Buch, vicepresidenta del Bundesbank alemán, coincidieron en que, al proporcionar tanta liquidez, los bancos centrales habían hecho, en efecto, todo lo que podían por la sociedad. Pero las reglas de la economía, tanto las escritas como las no escritas, no convierten automáticamente el capital abundante y de bajo costo para las instituciones financieras en beneficios para la economía real.

La idea de que la abundancia de capital beneficiaría automáticamente al resto de la economía forma parte de la mitología económica de la «mano invisible»: la idea de que el libre mercado asignará los recursos —en este caso, el capital— de la manera más productiva, en beneficio de todos. Es una teoría útil para rebatir cualquier cuestionamiento del statu quo, pero en realidad no es cierta. Como dijo Robert Solow en el acto del Roosevelt Institute, a estas alturas tenemos pruebas suficientes para añadir un quinto elemento universal a los cuatro de la Grecia clásica: «Mierda».

El informe del Roosevelt Institute es un buen punto de partida para reformar el sector financiero y la economía en su conjunto. Pero, por importantes que sean las propuestas concretas, está surgiendo una nueva narrativa que rechaza la falsa promesa de una economía autorregulada y que promueve el bienestar de manera natural, con sus engranajes engrasados por un sector financiero grande y poderoso. Nada hay de natural ni predeterminado en la economía en la que vivimos, y la experiencia pasada demuestra que las políticas progresistas significativas no destruyen los cimientos del bienestar económico, sino que los crean. Eso no significa que tales reformas sean fáciles de aprobar, pero sí que ha llegado la hora de derribar los muros ideológicos que protegen una desigualdad cada vez mayor.

Este artículo se publica en colaboración con The Washington Centre for Equitable Growth. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Marshall Steinbaum es economista investigador en el Center for Equitable Growth.

Imagen: Un empleado cuenta billetes de rupias indias. REUTERS/Adnan Abidi.

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