Durante miles de años, los seres humanos recurrieron a la naturaleza para curar y aliviar sus dolencias. La ciencia moderna se apoyó en estos antiguos cimientos, y los programas de «descubrimiento de productos naturales» establecidos por las empresas farmacéuticas nos proporcionaron medicamentos capaces de tratar el cáncer, las infecciones y otras enfermedades.
Sin embargo, descubrir medicamentos presentes en la naturaleza está lejos de ser sencillo. Ya es bastante difícil reunir suficientes ejemplares del organismo útil, ya sea una raíz de árbol o una serpiente venenosa, y aún más difícil es aislar el compuesto medicinal exacto y producirlo después en grandes cantidades.
Con todos estos obstáculos, no sorprende que las empresas farmacéuticas desviaran su atención de la naturaleza al laboratorio y empezaran a diseñar compuestos desde cero, muchos de los cuales podían luego seranalizados para detectar una actividad prometedora. A partir de la década de 1990, las empresas farmacéuticaspusieron fin a sus programas de descubrimiento en la naturalezay vendieron o disolvieron las enormes colecciones de extractos de cribado que habían reunido.
Sin embargo, los recientes avances en genética han impulsado un regreso a los productos naturales. Ahora, los científicos pueden analizar todo el ADN de un organismo en busca de compuestos útiles, y cada vez resulta más evidente que apenas hemos empezado a explorar la diversidad molecular de la naturaleza, forjada a lo largo de más de tres mil millones de años de ensayo y error. Aún quedan muchos medicamentos por descubrir, ocultos en plantas, animales, hongos y bacterias. Esta constatación, junto con crisis sanitarias inminentes como el aumento de la resistencia a los antibióticos, ha renovado el interés por buscar compuestos útiles en la naturaleza, una práctica conocida como bioprospección.
Hoy en día, la mayoría de los medicamentos derivados de la naturaleza se obtienen de plantas, hongos y bacterias. Los medicamentos extraídos de animales proceden en su mayoría de unas pocas fuentes:vertebrados venenososcomo el lagarto monstruo de Gila o las serpientes yararás,la saliva de las sanguijuelas, o los venenos y secreciones deorganismoscomo las esponjas o losmoluscos. Sin embargo, los animales son increíblemente diversos, y apenas hemos explorado el potencial farmacéutico del grupo más diverso de todos: los insectos.
Los insectos están llenos de compuestos útiles
Los insectos ocupan todos los nichos terrestres y de agua dulce imaginables de la Tierra. Por consiguiente, interactúan de formas muy variadas con otros organismos, lo que ha propiciado que evolucionen una enorme diversidad de compuestos para protegerse o para capturar a otros.
De la pequeña proporción de insectos que se ha investigado, se han identificado varios compuestos interesantes. Por ejemplo, la aloferona, un compuesto antimicrobiano producido por laslarvas de mosca azul, se utiliza como agente antiviral y antitumoral en Corea del Sur y Rusia. Se están investigando las larvas deotras pocas especies de insectosen busca de potentes antimicrobianos. Más allá de las moscas, un compuesto obtenido del veneno de la avispaPolybia paulistapuedematar células cancerosas sin dañar las células normales.
Entonces, ¿por qué los bioprospectores han prestado relativamente poca atención a los insectos? En parte, la culpa es de su enorme variedad: con millones de especies por explorar, encontrar un insecto útil es como buscar una aguja en un pajar. Y aunque pensamos que los insectos están en todas partes, esa ubicuidad se traduce, en realidad, en cantidades ingentes de unas pocas especies extremadamente comunes. La mayoría de los insectos son difíciles de encontrar y muy difíciles de criar en cautividad.
Incluso cuando se ha identificado una especie útil y se ha logrado criarla, sigue siendo increíblemente difícil obtener cantidades suficientes del material pertinente. Por lo general, los insectos son muy pequeños, y las glándulas que contienen y que secretan compuestos interesantes y potencialmente útiles son aún más pequeñas.
La búsqueda de insectos beneficiosos
La buena noticia es que podemos superar algunas de estas dificultades si orientamos nuestros esfuerzos con conocimientos de historia natural. David Wilcockson y yo,David Wilcocksonde la Universidad de Aberystwyth, llamamos a este enfoque «descubrimiento de fármacos guiado por la ecología».
Muchos insectos revelan que producen compuestos potencialmente útiles por su modo de vida y los lugares donde viven. Algunos producen venenos potentes y complejos para someter a sus presas y mantenerlas frescas para sus crías. Otros son expertos en aprovechar microhábitats insalubres, como las heces y los cadáveres, donde se enfrentan con frecuencia a una miríada de microorganismos. Los insectos de ambos ejemplos cuentan con un arsenal de compuestos antimicrobianos para combatir bacterias patógenas y hongos que podrían servir como nuevos antibióticos para los seres humanos o inspirar su desarrollo.
Aunque los conocimientos de historia natural nos indican la dirección adecuada, no resuelven los problemas asociados al pequeño tamaño de los insectos y a las ínfimas cantidades de compuestos interesantes que producen. Por suerte, ahora es posible identificar y recortar los segmentos del ADN del insecto que contienen los códigos de esos compuestos interesantes e insertarlos en líneas celulares que permiten producirlos en mayores cantidades.
Aunque me encantaría contribuir al desarrollo de un medicamento superventas derivado de insectos, mi principal motivación para estudiarlos de este modo es la conservación: quiero que los medicamentos obtenidos de insectos generen fondos para la exploración básica, el descubrimiento de especies y la historia natural. Todas las especies, por pequeñas e insignificantes que parezcan, tienen derecho a existir por sí mismas, pero este sentimiento carece del peso político necesario para luchar por la preservación urgente de la naturaleza. Necesitamos algo más tangible, algo que sea directamente relevante para las personas, y cuesta encontrar algo que se valore tanto como la salud.
Si logramos iluminar los rincones más oscuros del botiquín de la naturaleza y explorar la química útil de los animales más diversos del planeta, creo que podemos hacer que la gente piense de otra manera sobre el valor de la naturaleza.



