La COVID-19 está exacerbando los desafíos que enfrentan los Estados frágiles y en conflicto: países atrapados en ciclos de baja capacidad administrativa, inestabilidad política, conflicto y débil desempeño económico.
Un documento de trabajo del personal del FMI analiza las experiencias de 196 países entre 1979 y 2018, para mostrar cómo los países pueden evitar esta trampa o salir de ella.
Las estrategias incluyen mejorar las instituciones y fortalecer la inclusión política y social.
Ya enfrentada a enormes necesidades de desarrollo, la pandemia de COVID-19 está exacerbando los desafíos que afrontan los Estados frágiles y en conflicto, un grupo de unos 40 países atrapados actualmente en ciclos de baja capacidad administrativa, inestabilidad política, conflicto y débil desempeño económico. Nuestro nuevo documento de trabajo del personal del FMI, que analiza las experiencias de 196 países entre 1979 y 2018, arroja luz sobre cómo los países pueden evitar esta trampa o salir de ella.
Como muestra nuestro gráfico de la semana, un menor crecimiento aumenta la probabilidad de caer en la fragilidad, en particular en los países con una efectividad gubernamental de rango medio (medida, por ejemplo, por la capacidad para recaudar impuestos y hacer cumplir los contratos). El gráfico superior mide el cambio en la probabilidad de entrar en la fragilidad o salir de ella cuando el crecimiento disminuye 2 puntos porcentuales en distintos niveles de efectividad gubernamental. Un menor crecimiento aumenta la probabilidad de entrar en la fragilidad, con un impacto considerablemente mayor en los países situados en el rango medio de efectividad gubernamental (línea azul), mientras que el efecto sobre la probabilidad de salida es menos pronunciado (línea roja punteada). Una implicación es que los países cercanos a la fragilidad deben aplicar políticas anticíclicas, como un estímulo fiscal, para evitar contracciones bruscas de la producción económica. Las políticas anticíclicas podrían contar con el respaldo de financiamiento externo de socios internacionales, pero también se necesitan políticas macroeconómicas sólidas, apoyadas por una gobernanza firme y medidas anticorrupción que garanticen el uso adecuado de los recursos para contribuir a mantener una economía estable.
Para ayudar a iniciar una estrategia de salida, los países deben mejorar las instituciones y fortalecer la inclusión política y social (por ejemplo, menos barreras a la participación política, mayor acceso a los sistemas jurídicos, menos corrupción y discriminación en los organismos gubernamentales, y protección del gasto social). De hecho, como también muestra nuestro gráfico, mejorar la efectividad gubernamental aumenta la probabilidad de salir de la fragilidad.
El gráfico inferior mide el cambio en la probabilidad de entrar en la fragilidad o salir de ella a distintas tasas de crecimiento cuando la efectividad gubernamental mejora moderadamente desde un nivel bajo. Curiosamente, su impacto es más uniforme (es decir, menos en forma de campana) que el del gráfico superior (línea roja punteada), lo que indica una menor sensibilidad a los cambios en el crecimiento. Una mejor efectividad gubernamental ayudaría a evitar que los países recaigan en la fragilidad en un amplio rango de tasas de crecimiento (línea azul).
Nuestro estudio también constata que los países que logran salir con éxito de la fragilidad gastan más en salud y educación que aquellos que no lo consiguen. Estas observaciones podrían implicar un posible círculo virtuoso para salir de la fragilidad. Proteger el gasto social ayuda a fortalecer la inclusión política y social. Esto, a su vez, presiona al gobierno para que mejore su efectividad mediante una acumulación constante de capacidades fiscales, jurídicas y de la función pública. Las instituciones eficaces, a su vez, sientan las bases de una economía sólida. Por ejemplo, en Uganda, la mejora de la estabilidad política fue la base para aprobar reformas que fortalecieron las instituciones y políticas económicas, lo que ha contribuido a generar resiliencia y a aumentar la inclusión social (aunque parte de los avances se revirtieron después de 2017).
Por último, los países pueden salir de la fragilidad aprovechando un momento decisivo: una coyuntura crítica que presenta una oportunidad excepcional de cambio (por ejemplo, tras una crisis o un cambio de liderazgo). Hemos constatado que los países con un momento decisivo tienen más probabilidades de salir de la fragilidad, aplicar reformas fundamentales para fortalecer sus instituciones y su marco de políticas, y disfrutar de mayor resiliencia económica tras su salida. Por ejemplo, después de que Ruanda recuperó la estabilidad política a comienzos de la década de 2000, los esfuerzos de reforma (respaldados por el apoyo de la comunidad internacional) han contribuido a mejorar la resiliencia, la gobernanza y las instituciones, así como la inclusión social.
Allí donde los gobiernos no funcionan bien, la paz, la estabilidad y la prosperidad son escasas. Con un mayor énfasis en algunas acciones y medidas clave, los países pueden salir por sí mismos de la trampa de la fragilidad.



