¿Cómo evolucionará la economía colaborativa?

¿Cómo evolucionará la economía colaborativa?
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Este artículo apareció originalmente en GE LookAhead.

En junio, fotografías de taxistas parisinos contrarios a Uber, de pie con aire triunfal sobre coches volcados, ocuparon las portadas de los periódicos. En cuestión de días, la policía francesa había detenido a dos de los directivos de la empresa en el país. Mientras tanto, Airbnb se enfrentaba a demandas en Estados Unidos, Europa, India y América Latina, algunas todavía en curso. ¿Es este el fin de la economía colaborativa tal como la conocemos?

“Los problemas regulatorios son un pequeño bache en el radar si lo miramos a largo plazo”, afirma Chelsea Rustrum, autora y consultora de estrategia especializada en la economía colaborativa. “El reto es que las propias empresas se alejan de los principios sobre los que se fundaron, en aras de estar a la altura de sus valoraciones y de generar rentabilidad para los inversores.”

Para muchos, la economía colaborativa empezó como una forma de que personas con un poco de tiempo libre o activos infrautilizados obtuvieran dinero extra. Hoy, sin embargo, los contratistas independientes trabajan habitualmente más de 40 horas semanales, y algunos ganan más de 90.000 dólares al año en ciudades como Nueva York. Las empresas de la economía colaborativa también figuran ahora entre los «unicornios» más frecuentes de Silicon Valley, es decir, start-ups con valoraciones de más de mil millones de dólares. Fundada hace solo seis años, Uber está entre las start-ups de crecimiento más rápido en la historia de Silicon Valley, con una valoración de 50.000 millones de dólares en su última ronda de financiación. Facebook tardó un año más en alcanzar esa cifra.

Estas empresas no ofrecen beneficios como seguro médico o planes de jubilación, lo que lleva a muchos a preguntarse si las cifras detrás de sus valoraciones disparadas se deben a la explotación de su plantilla de contratistas independientes.

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“El valor no viene de la aplicación. Viene de las personas que participan en ella. Viene de sus activos. Viene de su tiempo”, afirma la señora Rustrum. Organizaciones como la Asociación de Conductores de Aplicaciones de California, una organización sin ánimo de lucro que defiende los derechos de los conductores de la economía colaborativa, están tomando posición. Y, lo que es más importante, sus partidarios están ganando en los tribunales. En junio, una conductora de Uber en California ganó un pleito contra la empresa; la sentencia obligaba a clasificarla como empleada y no como contratista independiente. Salvo que se revierta durante el proceso de apelación actualmente en curso, el fallo podría afectar a millones de conductores que trabajan en la economía de viajes compartidos, y a los trabajadores de la economía colaborativa en general.

En parte como respuesta a estas preocupaciones, algunos emprendedores se embarcan en un camino aparentemente distinto: los modelos de cooperativas de trabajadores. Mucho más cercanos a las raíces de la economía colaborativa que el modelo actual de crecer a cualquier precio, estos modelos ofrecen a los trabajadores una parte de los beneficios de la empresa, en lugar de limitarse a cobrar un pago por cada trabajo realizado. Green Taxi, que abrió en Denver en 2015, representa, por ejemplo, una alternativa cooperativa a los servicios de Uber. Otras, como la cooperativa canadiense Incipe Coworkers’ Cooperative, intentan ofrecer alternativas a WeWork con espacios de coworking cooperativos en Vancouver.

Aunque hay pocos datos sobre el número de cooperativas de trabajadores o su ritmo de crecimiento, investigadores de la Universidad de Wisconsin calculan que entre 300 y 400 cooperativas de trabajadores se han establecido solo en Estados Unidos, con más de 3.500 empleados y unos ingresos anuales superiores a 400 millones de dólares.

Muchas de ellas son locales y relativamente pequeñas (el tamaño medio es de 50 empleados frente a los 3000 de Airbnb), por lo que suponen una amenaza insignificante para gigantes globales como Uber a corto plazo. Aun así, la propuesta de valor que ofrecen resulta atractiva; por tanto, puede que solo sea cuestión de tiempo que alguna logre descifrar la clave para escalar.

Sumado a esto, las exigencias cada vez mayores —y legítimas— de los trabajadores y del público en general hacen evidente que los gigantes de la economía colaborativa no tendrán más remedio que evolucionar. La señora Rustrum propone cuatro estrategias clave: «Primero, distribuir el valor entre los creadores de valor de tu plataforma. Segundo, situar los intereses humanos en el centro de la toma de decisiones. Tercero, pagar una tarifa que refleje, como mínimo, un salario digno local y sostenible. Por último, escuchar y actuar en función de las necesidades de la multitud: los clientes, proveedores y trabajadores de la empresa.»

Al recurrir a sus raíces, la economía colaborativa no solo podría repartir mejor la riqueza que genera, sino también seguir aumentándola.

La publicación no implica el respaldo de las opiniones del Foro Económico Mundial.

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Autor: Andrew Trabulsi es consultor, autor y emprendedor, con formación en previsión tecnológica, geopolítica y política de desarrollo económico.

Imagen: Un empleado cuenta billetes de rupia india. REUTERS/Adnan Abidi.

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