¿Cómo afectará la transición económica de China al crecimiento mundial?

¿Cómo afectará la transición económica de China al crecimiento mundial?
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Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

La reciente caída de la moneda china, el renminbi, que ha alimentado la turbulencia en los mercados bursátiles chinos y llevó al Gobierno a suspender la negociación en dos ocasiones la semana pasada, pone de relieve un importante desafío al que se enfrenta el país: cómo equilibrar sus obligaciones económicas internas e internacionales. El enfoque que adopten las autoridades tendrá un impacto considerable en el bienestar de la economía mundial.

La crisis financiera mundial de 2008, junto con la decepcionante recuperación de las economías avanzadas que siguió, dio un nuevo carácter urgente a los esfuerzos de China por cambiar su modelo de crecimiento, basado en la inversión y la demanda externa, por otro sustentado en el consumo interno. Gestionar una transición estructural de este tipo sin provocar una fuerte caída del crecimiento económico sería difícil para cualquier país. El desafío es aún mayor para un país tan grande y complejo como China, sobre todo dado el entorno actual de crecimiento mundial lento.

Durante años, el Gobierno chino trató de ampliar la propiedad de acciones, dando así a más ciudadanos chinos una participación en el éxito de la transición hacia una economía de mercado. Pero, al igual que el esfuerzo de Estados Unidos por ampliar la vivienda en propiedad en los años previos a la crisis de 2008, las políticas chinas fueron demasiado lejos, creando una situación financieramente insostenible que implicaba la posibilidad de caídas bruscas de precios y de trastornos importantes.

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Como resultado, el reto de ajuste se ha agravado de forma notable. Con las empresas chinas ya sin capacidad para vender en el extranjero un volumen de productos que crecía rápidamente y para sostener una mayor expansión de la capacidad productiva, la economía ha perdido algunos motores importantes de crecimiento, empleo y salarios. La desaceleración económica resultante ha debilitado la capacidad del Gobierno para mantener los precios de los activos inflados y evitar focos de tensión crediticia.

Para intentar limitar el impacto negativo de todo ello sobre el bienestar de los ciudadanos, los funcionarios chinos han ido llevando la moneda a la baja. Una devaluación sorpresa el pasado agosto ha ido seguida de una serie de fijaciones diarias más bajas del tipo de cambio en el mercado nacional, todas ellas orientadas a hacer más atractivos los productos chinos en el extranjero, al tiempo que aceleran la sustitución de importaciones en el país. El renminbi se ha depreciado aún más en el mercado extraterritorial.

Las devaluaciones de la moneda china son coherentes con una tendencia más amplia observada tanto en economías emergentes como avanzadas en los últimos años. Poco después de la crisis financiera mundial, Estados Unidos recurrió en gran medida a una política monetaria expansiva, caracterizada por tipos de interés cercanos a cero y compras de activos a gran escala, que debilitó el dólar y, con ello, impulsó las exportaciones. Más recientemente, el Banco Central Europeo ha adoptado un enfoque similar, orientando el euro a la baja con el fin de impulsar la actividad interna.

Pero, al perseguir sus objetivos internos, China corre el riesgo de amplificar sin querer la inestabilidad financiera mundial. En concreto, los mercados temen que la devaluación del renminbi pueda “robar” crecimiento a otros países, incluidos aquellos que tienen una deuda externa mucho mayor y colchones financieros mucho menos sólidos que China, que mantiene amplias reservas internacionales.

Esta preocupación pone de manifiesto el ejercicio de equilibrio aún más difícil que China debe llevar a cabo al tratar de desempeñar el papel en la gobernanza económica mundial que justifica su peso económico. Al fin y al cabo, China es hoy la segunda economía del mundo (y, según algunas medidas no de mercado, la primera).

Y, en efecto, China ha mostrado recientemente un mayor interés por internacionalizar gradualmente su sistema financiero. En particular, logró recientemente persuadir al Fondo Monetario Internacional para que incluyera el renminbi en la cesta de monedas que determina el valor de los Derechos Especiales de Giro, la unidad que el FMI utiliza en sus operaciones con sus 188 países miembros.

Ese paso —que sitúa al renminbi en pie de igualdad con las principales monedas mundiales (el dólar estadounidense, el euro, la libra esterlina y el yen japonés)— reforzará la aceptación de la moneda china por parte de los sectores público y privado en el sistema monetario internacional. Al mismo tiempo, generó la expectativa —aunque no la obligación— de que China se abstenga de agravar la inestabilidad financiera mundial.

Llegará un momento en que las responsabilidades internas e internacionales de China volverán a estar relativamente alineadas. Pero ese momento aún no ha llegado; y, dada la complicada transición estructural en curso del país, probablemente no llegará pronto. Mientras tanto, es probable que China siga sintiéndose obligada a anteponer sus obligaciones internas, pero de manera matizada y con el objetivo de evitar grandes puntos de inflexión disruptivos para la economía mundial. Sin embargo, no está del todo garantizado que eso baste para evitar resultados desordenados.

La publicación no implica el respaldo a las opiniones del Foro Económico Mundial.

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Autor: Mohamed A. El-Erian, asesor económico jefe de Allianz y miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, es presidente del Consejo de Desarrollo Global del presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

Imagen: Una bandera nacional china ondea en la sede de un banco comercial, en una calle financiera cercana a la sede del Banco Popular de China, el banco central del país, en el centro de Pekín. REUTERS/Kim Kyung-Hoon.

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