Con el regreso del estancamiento económico a Europa y los indicios de una próxima desaceleración del crecimiento en Estados Unidos, las economías avanzadas podrían correr el riesgo de caer en el mismo tipo de estancamiento a largo plazo que ha atrapado a Japón. Para evitar ese desenlace, los responsables políticos deben reconocer y abordar las fuerzas estructurales más profundas que están en juego.
No hace mucho, la opinión predominante sostenía que la «japonización» nunca podría darse en las economías occidentales. Destacados economistas estadounidenses argumentaban que, si llegaba a materializarse la amenaza conjunta de un crecimiento débil, desinflación y tipos de interés permanentemente bajos, los responsables políticos tendrían herramientas para afrontarla. No tenían reparos en aleccionar a los japoneses sobre la necesidad de adoptar medidas audaces para sacar a su país de un estancamiento que duraba décadas. La japonización se consideraba una consecuencia evitable de una mala gestión política, no algo inevitable.
Y, sin embargo, el espectro de la japonización se cierne ahora sobre Occidente. Tras la crisis financiera de 2008, las recuperaciones tanto en Europa como en Estados Unidos fueron más lentas y menos inclusivas de lo que esperaba la mayoría de los responsables políticos, políticos y economistas. Más recientemente, las esperanzas de alcanzar una «velocidad de escape» que permitiera salir de la «nueva normalidad» de bajo crecimiento y persistentes presiones desinflacionarias se han desvanecido en Europa y Japón, y algunos temen que también estén menguando en Estados Unidos.
Europa, en particular, vuelve a estar atrapada en una preocupante desaceleración en toda la región. Las previsiones de crecimiento se han revisado sistemáticamente a la baja, y el Banco Central Europeo ha reconocido que su optimismo inicial sobre el logro de una inflación acorde con el objetivo era infundado. Al caer los rendimientos de los bonos públicos, el volumen mundial de títulos negociados con tipos de interés negativos ha alcanzado cerca de 10 billones de dólares.
Mientras tanto, Japón se acerca a su cuarta década consecutiva de crecimiento nominal, inflación y tipos de interés constantemente bajos. En Estados Unidos, cada vez más economistas se preocupan por una próxima desaceleración: algunos instan a la Reserva Federal a recortar los tipos de interés, mientras que otros piden que adopte un objetivo de inflación más alto para combatir el riesgo de una desinflación excesiva.
¿Fueron demasiado frívolos los economistas occidentales que en el pasado descartaron la amenaza de la japonización? Sí y no.
Los temores actuales a la japonización nacen de preocupaciones legítimas por las fuerzas estructurales desinflacionarias que podrían provocar un crecimiento menor y menos inclusivo, tanto de forma directa como indirecta. Entre esas fuerzas figuran el envejecimiento de la sociedad, el aumento de la desigualdad (en ingresos, riqueza y oportunidades), la inseguridad social y económica de amplios sectores de la población y la pérdida de confianza en las instituciones y en la opinión de los expertos.
Junto con la zombificación de las empresas tras la última burbuja de activos, estos factores estructurales han reducido la demanda y aumentado la aversión al riesgo y el autoaseguramiento, en lugar de promover, en el margen, la distribución colectiva del riesgo que favorece el crecimiento. La innovación, especialmente en inteligencia artificial, macrodatos y movilidad, es otro factor. Aunque el impacto económico de estas tecnologías es ambiguo, no cabe duda de que están reduciendo las barreras de entrada en un número creciente de actividades económicas y presionando los precios a la baja (el «efecto Amazon»), al menos a corto plazo. Sin embargo, aún está por verse qué efectos tendrán a largo plazo sobre el crecimiento y la productividad.
El crecimiento también se ve mermado de formas menos directas. Por ejemplo, los tipos de interés persistentemente bajos —y, en algunos casos, negativos— tienden a erosionar la integridad institucional y la eficacia operativa del sistema financiero, lo que reduce los préstamos bancarios y limita la variedad de productos a largo plazo que las empresas de seguros y pensiones pueden ofrecer a los hogares. Otro efecto indirecto deriva de las expectativas sobre el futuro. Cuanto más tiempo se mantengan bajos el crecimiento y la inflación, más se verán tentados los hogares y las empresas a posponer sus decisiones de consumo e inversión, prolongando así el bajo crecimiento y la baja inflación.
Los economistas occidentales que inicialmente subestimaron la amenaza de la japonización lo hicieron porque restaron importancia a estos factores directos e indirectos o simplemente los ignoraron. En retrospectiva, no debería sorprenderles que las sociedades con poblaciones que envejecen más rápido y menos inmigración sean las que ahora luchan contra la japonización.
Aun así, esos economistas no se equivocaban al sostener que las políticas pueden desempeñar un papel decisivo en los resultados macroeconómicos, sobre todo cuando las fuerzas estructurales se ven amplificadas por un endurecimiento cíclico excesivo, como ocurrió en Japón en 1989. El problema es que han tendido a centrarse demasiado en la política monetaria y a sobreestimar su eficacia. Los países en riesgo de japonización necesitan una combinación mucho más amplia de políticas que aborden tanto la demanda como la oferta de la economía.
Al fin y al cabo, la política monetaria es menos eficaz cuando se está cerca del «límite cero» y en situaciones en las que intervienen otros factores propios de una «trampa de liquidez». Las operaciones de balance a gran escala, como la expansión cuantitativa (QE), pueden ganar tiempo al intentar inyectar más liquidez directamente en el sistema. Pero no abordan los problemas de fondo y conllevan sus propios costes, efectos colaterales y consecuencias imprevistas.
La protección más sólida contra la japonización es, por tanto, combinar medidas del lado de la demanda y de la oferta a escala nacional, regional (en el caso de Europa) y mundial. En los países con suficiente margen fiscal, esto podría implicar presupuestos públicos más expansivos e inversiones que aumenten la productividad (por ejemplo, en infraestructura, educación y formación). Además, en cualquier país que se enfrente a una escasez de competencias, una mayor migración legal y mejores políticas para facilitar la movilidad laboral pueden ayudar a cerrar la brecha.
Además, estas políticas deberían ir acompañadas de protecciones más eficaces para los sectores más vulnerables de la población, sobre todo en materia de salud, formación y reconversión laboral. Nada de esto se hará realidad sin un mejor liderazgo político y una interacción más lúcida entre las políticas mundiales.
La japonización ofrece tres lecciones que los responsables políticos y los políticos occidentales aún no han asimilado lo suficiente. Primero, las presiones estructurales hacen aún más urgente actuar con prontitud para revertir el bajo crecimiento, la desinflación y los tipos de interés de cero o cercanos a cero. Segundo, las medidas monetarias no convencionales pueden ser necesarias, pero desde luego no son suficientes. Y tercero, al diseñar la respuesta integral que se requiere, debemos reconocer que los obstáculos son mucho menos técnicos y mucho más políticos.



